Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Desde la fe > Con ojos de mujer
Con ojos de mujer
El belén napolitano
Al llegar diciembre, un estallido de luces enciende los rincones más oscuros de la tierra. La iconografía navideña es de una riqueza abrumadora, y tiene su fuente en la representación del Misterio. La relación de artistas es interminable: Giotto, Fra Angélico, Durero, El Greco, Tiziano, Velázquez, Zurbarán o Murillo. También son singulares los llamados belenes napolitanos. El más antiguo del que tenemos noticias es el de los Duques de Amalfi, de finales del siglo XVI. La característica más importante es la aparición de cabello y ojos de vidrio en las figuras que componen el belén, así como la vestimenta, para hacerlos más próximos al espectador. En general, eran figuras completas, pero también se realizaron algunas con la cabeza y el cuello en terracota, y el cuerpo de alambre, mientras que los dedos eran de madera. Poco a poco, se fueron enriqueciendo con escenas callejeras, ropajes y colores. En la actualidad, es bello contemplar el centro de Nápoles convertido en una eterna exposición de belenes en los días de Navidad.
Por doquier, se extienden las tradiciones en una noche santa que cambió la historia del mundo. En Centroeuropa, en las zonas montañosas, se deja el rescoldo de una cepa durante toda la Navidad. En ciertos lugares de Italia, la puerta de la casa se abre para que entre la Sagrada Familia, errante por el mundo.
En nuestra mirada, aquel niño que colocó en el belén, junto al Niño Jesús, otro niño, era la representación de sí mismo, que triste y solo buscaba, como Jesús en esa noche, un poco de amor. No esperemos, en estos días, a que nos miren, nos comprendan o nos quieran; seamos nosotros los primeros en hacerlo. Hagamos que todos estén acompañados, que sean queridos y felices. Detengámonos a contemplar la ternura del musgo, del río de cristal o del gracioso zagal. Caminemos hacia Belén, toquemos la zambomba y adoremos al Niño que su Madre acuna, mientras el aliento del buey y de la mula lo duermen, y José escucha jubiloso los ecos de las campanas, en una noche de amor y alegría, mientras recordamos los versos de Lope de Vega: No lloréis, mi Niño, que si llora el Cielo ¿quién podrá cantar? Oh rey del mundo, que bajas del cielo y naces en la tierra, en una gruta en medio del frío. Mil querubines cantan en el cielo. Venid, adorémosle.
Junto al pesebre, entonamos un villancico acompañados de los pastores de los campos de Belén y de la estrella que guió a los Reyes Magos, mientras el rocío de la noche lo convertimos en una dulce nana: Maran atha: Ven, Señor.
En los cinco continentes, los pueblos cristianos celebran la Navidad. En África, las representaciones navideñas tienen trazos coloristas y vigorosos. Son belenes vivientes también, porque a la mayoría de los pueblos africanos les encanta el teatro, que en el fondo no es sino una catequesis. En el Tirol y Baviera, son característicos los belenes de cera. En Suecia y Dinamarca, los de paja. Miniaturas de vidrio de Murano, en Italia. Figuras hechas con hojas de maíz, en Méjico y Estados Unidos.
La Navidad es encuentro con el Niño Dios, es paz, reconciliación y amor. Navidad es Dios con nosotros.
Soledad Porras Castro