Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Desde la fe > Punto de vista
Punto de vista
La Inmaculada y la pureza
La Virgen Inmaculada, la Purísima Concepción, sin mancha, de María, está íntimamente vinculada con las ideas de amor, pureza y castidad, por lo que considero obligado hablar de ellas. No se me oculta que la pureza y la castidad se encuentran hoy un tanto depreciadas y no son moneda de uso corriente en esta sociedad materialista y hedonista en la que vivimos. Sin embargo, son virtudes vigentes, están vivas en la doctrina de la Iglesia católica y en las enseñanzas del Magisterio, de los últimos Papas.
Vivimos en una sociedad acosada continuamente por el cine y la televisión, que nos presentan obsesivamente el uso y el abuso del sexo como la máxima expresión del amor, prostituyendo esta bella palabra mediante la desafortunada expresión hacer el amor. Me rebelo ante esta bastarda utilización de la palabra amor. Porque el verdadero amor humano es más bello, más noble y más duradero. El amor entre un hombre y una mujer, que entre los cristianos se santifica y se fortalece con la gracia del Sacramento, es el fundamento del matrimonio y de la familia, y no puede basarse en el sexo, que es caprichoso, voluble y pasajero.
El verdadero amor es perdurable y se mide por la entrega desinteresada, por la atención delicada y constante, por el sacrificio generoso por el cónyuge o persona amada. Jesucristo nos dio la suprema medida del amor. El sacrificio de Jesucristo que se conmemora perpetuamente en la Eucaristía es la suprema expresión del amor divino, que es ejemplo y referencia para la medida del amor humano.
No pretendo negar la importancia que el sexo tienen en el amor conyugal, en la entrega generosa y recíproca de los esposos ordenada a la procreación, que el Creador quiso hacer grata mediante la atracción y el placer. Pero nunca la pasión sexual debe ser considerada como elemento fundamental para el amor perdurable.
Con esta utilización bastarda de la palabra amor, están también robando a los jóvenes esa bella, entrañable y feliz época de la juventud que es el noviazgo vivido en castidad; tejedor de bellas esperanzas, armador de proyectos para construir, juntos, un hogar feliz y perdurable. En esta sociedad materialista y hedonista, hay jóvenes que, fortalecidos por la fe, remando contra corriente, son capaces de vivir su noviazgo en castidad, calladamente, sin publicidad. Podrán decir que son una minoría, pero serán una minoría limpia, ilusionada y ejemplar, que inicia su camino hacia el matrimonio con las mejores credenciales para fundar una familia cristiana, duradera y ejemplar.
Supliquemos con perseverancia y fervor la maternal intercesión de María Inmaculada por esa juventud, promesa de futuro; para que la ayude a avanzar por la vida, liberada de la esclavitud del sexo, del alcohol y de la droga, caminando ilusionada y alegre, dando valiente testimonio de un amor puro y casto, perseverante en su amor a Jesucristo y a su Madre, la Inmaculada María.
José Jardón Méndez-Vigo