Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Desde la fe
Una nota sobre la recuperación de la Inmaculada, de Murillo
La Patrona, a su Patria
El profesor Juan Velarde, miembro del Tribunal de Cuentas, expone, en la revista Altar Mayor, la poco conocida historia de la recuperación de La Inmaculada, de Murillo
La Inmaculada, de Murillo
En España es bastante conocido lo sucedido con La Inmaculada, de Murillo, en el Museo del Prado, pero quizás no esté de más dar noticia de la publicación de un libro, de Cédric Gruat y Lucía Martínez, L'Echange (Armand Colin, 2011), que trata de la devolución de La Inmaculada, de Murillo, que llegó junto con unas coronas visigóticas al Museo del Prado en 1941, como consecuencia de las negociaciones entre Franco y Petain. Démonos cuenta que eran momentos en que las tropas alemanas habían llegado a Hendaya, y que la capital francesa había pasado a Vichy bajo la jefatura del Mariscal Petain, una realidad política que había contado, de momento, con el apoyo de multitud de franceses, entre los que, muy explícitamente, como acaba de mostrarse en unas fotografías en Le Monde, se encontraba, por ejemplo, Fran¨ois Mitterrand. Se trataba de una Francia que temía algún tipo de intervención militar española, ya en su territorio metropolitano, ya en el norte de África. La Francia libre del General de Gaulle daba la impresión de tener entonces muy poco poder.
Según este libro, se estudian las circunstancias de esa entrega, edulcorado con el envío a Francia de unas pocas obras artísticas: un Velázquez de los menos destacados y un trozo de la tienda de campaña de Francisco I. Indudablemente, no existía equivalencia con lo que se recibía en España. Vichy pretendía evitar así, ya la entrada de España en la Segunda Guerra Mundial, o ya alguna otra acción contra sus intereses.
La Inmaculada de Murillo había sido robada por las tropas napoleónicas, y llevada a Francia en la retirada flanqueada por la famosa batalla de Vitoria. Se convirtió pronto en una referencia obligada, no ya en las visitas al Museo del Louvre, a partir de su adquisición en 1852, sino en obras tan conocidas como La piel de Zapa, de Balzac, o L'Assommoir, de Zola.
Este libro, pues, documenta un éxito diplomático español, recuperando una obra de arte extraordinaria, que además se vincula con la Patrona de España. Por eso creo que conviene dar noticia de ello. En Francia aún se siente esto -véase, por ejemplo, la nota de Jér™me Dupuis, en Le Point- como el resultado de una partida de póker con trampas. De la llegada en el equipaje del rey José Bonaparte de este cuadro y, naturalmente, de la depredación original, se prefiere en el país vecino pasar de puntillas.
Juan Velarde Fuertes