Alfa y Omega > Nº 763 / 8-XII-2011 > Contraportada
El Ángel Custodio de España, co-Patrono de nuestro país, con la Inmaculada Concepción
Contra los demonios de España
¿Se imagina que el Rey y el Presidente del Gobierno, para paliar los efectos de la crisis, acometiesen las necesarias reformas y, además, elevasen su oración al Ángel Custodio de España, pidiéndole protección? Pues eso fue lo que hicieron, hace 80 años, Alfonso XIII y Eduardo Dato, cuando nuestro país atravesaba una situación política, económica y social que guarda sorprendentes paralelismos con la actual. Imploraban así el auxilio divino, a través de esta devoción que hunde sus raíces en los orígenes de la nación. No en vano, el Ángel de España es co-Patrono de nuestro país, junto a la Inmaculada
Una mujer reza ante la imagen
del Ángel de España, en la iglesia
de San José (Madrid)
La Historia, ya se sabe, parece repetirse. En 1920, España atravesaba una situación que guarda notables paralelismos con la actual: cambio en el Gobierno, deslegitimación de las instituciones del Estado, precariedad económica, irrelevancia en el plano internacional, el Ejército en campañas de guerra en países musulmanes, algaradas callejeras de anarquistas indignados...
Con este escenario, el rey Alfonso XIII, toda la familia real y representantes del Gobierno que presidía el conservador Eduardo Dato, asistieron en Madrid a la entronización de una imagen del Ángel Custodio de España, en un altar de la iglesia de San José, en Madrid. La imagen había sido trasladada desde el Cerro de los Ángeles, y se había proyectado como modelo para un gran monumento nacional, que extendiese esta devoción, hoy casi olvidada. Cuando, diez años después, estalló la persecución religiosa, las imágenes del Cerro fueron profanadas por los republicanos, y la del Ángel Custodio -que porta en su mano una corona, un escudo con blasones de los reinos de Castilla, León, Navarra y Aragón, y que luce más de cien borbónicas flores de lis en su capa; o sea, todo un desafío para los fieles de la República- se salvó de las llamas porque los milicianos respetaron la iglesia al estar dedicada a san José, «que era un obrero».
Pero la devoción al Ángel de España no nació el siglo pasado, sino que hunde sus raíces en las del nacimiento de la nación. Ya hay mención de ella durante la invasión de las tropas francas de Carlomagno, en el siglo VIII, y también en la victoria de Las Navas de Tolosa, en 1212, con la que comenzó el principio del fin de la Reconquista, y en la que un misterioso pastor guió a las tropas cristianas para emboscar a los moros, y luego desapareció. En 1624, la obra El Bernardo, que canta la Victoria de Roncesvalles, contra Carlomagno y los musulmanes, dice así: «Los demonios, que tratan de destruir a España, muestran la insaciable sed que tienen de nuestra perdición, y con qué gusto y facilidad la harían, si el freno de la potencia divina no los detuviese, significada por el Ángel Custodio de España, que descubre cúan cortas fuerzas son las del infierno para ofender a los que el cielo tiene por amigos».
Tal era la confianza que nuestros antepasados tenían en su fiel protección, que Fernando VII, tras la guerra contra Napoleón y con el país desvencijado por la contienda, solicitó -y consiguió- que el Papa León XII nombrase a tan celestial protector co-patrón de España, junto a la Inmaculada Concepción y a Santiago Apóstol, y aprobase una fiesta litúrgica con oficio propio.
En 1917, monseñor Leopoldo Eijo y Garay le escribió una Novena, en la que destaca esta oración: «Hoy, el ángel rebelde pretende seducir a la nación con los halagadores desenfrenos de la impiedad, para que renuncie a su histórica religiosidad, se aparte de Dios, apostate en su vida de nación de las creencias de nuestros mayores, y, laica y atea, busque sólo sus medros temporales, olvidando fines más altos. No permitas, Ángel bendito, que nuestra España caiga en tan funesta tentación; ilumina a todos tus protegidos, desbarata las intrigas de los impíos (...); alcanza del Señor la conversión de todos los que, por error o por depravación, quieren acarrear a España tan graves males y obtennos a todos la eterna salvación». Ya sólo resta decir: Amén.
José Antonio Méndez