Alfa y Omega > Nº 764 / 15-XII-2011 > Criterios
Esa forma de amor
Jesús carga con la Cruz, de Sieger Köder
Dios ha querido «que llevéis el testimonio personal y vivo de la heroica adhesión a la fe de vuestros padres, que a centenares y millares ha unido confesores y mártires al ya tan glorioso martirologio de la Iglesia en España». Hace unos meses, traíamos a esta misma página estas palabras de Pío XI, el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, de 1936, a los obispos, sacerdotes y fieles llegados a Roma, una vez que estalló la Guerra Civil. Eran palabras que hallaban armoniosa continuidad al referirse el Papa a los perseguidores: «Nunca hemos podido ni podemos dudar un instante sobre aquello que nos resta por hacer: amar a estos queridos hijos y hermanos vuestros, amarlos con un amor particular hecho de compasión y de misericordia; amarlos y, no pudiendo hacer otra cosa, orar por ellos; orar para que vuelvan al Padre que anhelosamente los espera».
Ante la beatificación, el próximo domingo, de 22 oblatos y de un cristiano seglar mártires durante la persecución ya en los comienzos de la Guerra Civil, estas palabras, sin duda, adquieren una vivísima actualidad: hoy, como ayer, no hay testimonio más grande que haga justicia a la auténtica estatura humana, la que nos mostró en la Cruz el Hombre por antonomasia, que el amor a los enemigos. Nuestros mártires, todos ellos, murieron perdonando a sus verdugos. Éste es «el misterio de la Cruz -dice Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est-: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre Él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor». Parecen resonar aquí las palabras de su predecesor, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de 2002: «No se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando entre sí justicia y perdón. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón».
«El perdón -afirma Juan Pablo II en su Mensaje del primero de enero de 2002- podría parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón la lleva hacia una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador». Antes, el Papa observa cómo «se tiende a pensar en la justicia y en el perdón en términos alternativos. Pero el perdón se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia». Y añade: «El perdón en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. El perdón tiende más bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo mucho más que un frágil y temporal cese de las hostilidades, pretende una profunda recuperación de las heridas abiertas. Para esta recuperación, son esenciales ambos, la justicia y el perdón». Éste, ciertamente, «es necesario en el ámbito social. Las familias, los grupos, los Estados, la misma comunidad internacional, necesitan abrirse al perdón para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de estéril condena mutua, para vencer la tentación de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelación. La capacidad de perdón es básica en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria... ¡Cuánto sufre la Humanidad por no saberse reconciliar, cuántos retrasos padece por no saber perdonar! La paz es la condición para el desarrollo, pero una verdadera paz es posible solamente por el perdón».
Los mártires cristianos, mostrando con el perdón la más genuina justicia, son el espejo más fiel de la verdadera Humanidad, donde ha de mirarse toda sociedad humana digna de tal nombre. No se trata de ejemplos que sólo se pueden pedir a unos pocos. En esa conjunción de justicia y amor que llega hasta los enemigos está el cimiento de toda sociedad digna del hombre. Así de claro lo dice Benedicto XVI en su última encíclica, Caritas in veritate:
«La ciudad del hombre no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión... Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que, sin la gratuidad, no se alcanza ni siquiera la justicia». Y es en este punto donde brilla el espejo de los mártires de Cristo, testigos genuinos de la fe. Si no hay justicia, si no es posible construir la ciudad del hombre sin esa forma particular del amor que es el perdón, éste, de hecho, no puede existir sin la fe. Por eso, Benedicto XVI añade en su encíclica:
«El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, a la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de amor y perdón. Todo esto es indispensable para transformar los corazones de piedra en corazones de carne, y hacer así la vida terrena más divina y por tanto más digna del hombre».
Si Dios es Amor y los hombres hemos sido creados a su imagen, ¿cómo no va a ser el amor, y amor hasta el extremo, la exigencia fundamental de la justicia?
Dios, más fuerte que la muerte
El próximo 17 de diciembre, la diócesis de Madrid exultará de gozo con la segunda beatificación que, en tan breve tiempo, tendrá lugar en nuestra catedral de la Almudena. El pasado mes de octubre se proclamaba Beata a sor María Catalina Irigoyen, sierva de María. Ahora, en la última semana de Adviento, serán beatificados 22 religiosos de la Congregación de Oblatos de María Inmaculada que murieron mártires de la persecución religiosa durante la guerra civil española. Por el proceso canónico del martirio, sabemos que murieron haciendo profesión de fe y perdonando a sus verdugos. A pesar de las torturas, ninguno apostató, ni decayó en la fe, ni se lamentó de haber abrazado la vocación religiosa.
La gracia del martirio, concedida a estos hermanos nuestros, pone de relieve que el cristiano no vive ni muere para sí mismo, sino para Cristo que murió por nosotros. El mártir es el signo más elocuente de que la vida, recibida de Dios, no puede vivirse al margen de Él, sino en total dependencia y sumisión. Por ello, los mártires han sido considerados desde siempre como los testigos más admirables de la fe. No se aferraron a la vida, aunque la amaban; no tuvieron miedo a la muerte, aunque, como todo ser humano, la temieran. En ellos, en su fragilidad, ha brillado la fuerza de Dios, y en su flaqueza, Dios nos ha dejado el testimonio de su poder.
La confesión de fe y el perdón a los enemigos son, además, prueba de que la caridad heroica les sostuvo hasta el final con las mismas actitudes de Cristo en la cruz. Al morir, Cristo perdonó a sus verdugos, y expresó su confianza plena en el Padre. Los 22 mártires oblatos, a ejemplo de Cristo, confesaron la fe por la que entregaban su vida, y perdonaron a quienes les arrebataron la vida. Con estas actitudes, que la Iglesia requiere para iniciar el proceso de martirio, hacen patente que Dios es más grande y poderoso que el odio y que la muerte.
En vísperas ya de la Navidad del Señor, demos gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo en la fragilidad de nuestra carne. Demos gracias también porque estos 22 hermanos nuestros derramaron su sangre por amor a Cristo y nos guían en el camino de su seguimiento.
+ Antonio Mª Rouco Varela
cardenal arzobispo de Madrid