Alfa y Omega > Nº 764 / 15-XII-2011 > Aquí y ahora > El cardenal arzobispo de Madrid
Con la gentileza de

El cardenal Rouco, en la fiesta de la Inmaculada
Testigos de Cristo en la vida pública
En la homilía de la Vigilia de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, el arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela, dijo:
Un momento de la Vigilia de la Inmaculada
en la catedral de la Almudena
Fresca todavía en muchos corazones la memoria de la JMJ-2011 de Madrid, del pasado mes de agosto, como en muy pocas de las Vigilias el canto jubiloso del salmista nos sale tan de lo hondo del alma como en la del presente año. El Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas adquiere hoy un fresco acento de verdad nueva. Sí, el Señor ha hecho maravillas en los días inolvidables de la JMJ-2011.
¿No se puede considerar y estimar espiritualmente la JMJ-2011 como el abrir una bella y fascinante página en la vida no sólo de los jóvenes, sino también de las familias y de toda la comunidad diocesana, de un nuevo capítulo de conocimiento y de amor a Cristo, de la mano de la Santísima Virgen, su Madre y la nuestra? ¡No hay duda de que sí!
Una cultura ha ido abriéndose paso en la formación de la opinión pública y en la selección de los criterios y modelos de comprensión de la vida y de la Historia, con fuerza creciente, dominada por una idea del hombre a ras de tierra, dueño y señor de sí mismo, sin dependencia alguna de una instancia superior y trascendente. Nuestra cultura -la cultura contemporánea- viene siendo inspirada desde sus orígenes históricos por una exaltación del super hombre, acentuada en las últimas décadas por un imperio intelectual del relativismo moral sin fronteras. El Santo Padre no ha vacilado, en su discurso del pasado 25 de noviembre al Consejo Pontificio para los Laicos, en afirmar, una vez más, que «la difusión de esta mentalidad ha generado la crisis que vivimos hoy, que es crisis de significado y de valores, antes que crisis económica y social. El hombre que busca vivir sólo de forma positivista, en lo calculable y en lo mensurable, al final queda sofocado». En la vida de no pocos de nuestros jóvenes, desde sus aspectos más íntimos y personales hasta los más profesionales y públicos, no queda ningún campo de experiencia existencial que no esté gravemente tocado por el indiferentismo y la arbitrariedad moral. Las consecuencias saltan a la vista: frustración afectiva, depresión frecuente, pasotismo derrotista, rupturas familiares, fracaso en los estudios, desempleo, miedo a los vínculos estables, huida de la paternidad y de la maternidad..., etc. Y, sin embargo, la pregunta por el sentido de la vida, por la verdad, la esperanza y el amor, aunque ahogada muchas veces, sigue punzantemente viva y activa. Problemas y preguntas que ocupan y preocupan también muy dolorosamente a muchas familias y a cada vez más adultos, que esperan y buscan respuestas... Dar las respuestas, que vienen del Evangelio, es nuestra tarea: ¡una tarea inaplazable! Es la tarea de la nueva evangelización, que el Santo Padre apremia como urgente para toda la Iglesia: sus pastores, consagrados y fieles laicos. Una convincente experiencia de nueva evangelización, por gozosa y atrayente, la hemos vivido en la JMJ-2011. Los jóvenes peregrinos con sus obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas demostraron que, cuando el testimonio de Jesucristo, con la palabra y, sobre todo, con la vida, se da a conocer en la plenitud luminosa de su verdad como el Hijo de Dios y el Salvador del hombre, entonces el Sí a Él, ¡el Sí de la fe! brota incontenible del corazón del que escucha y ve con buena voluntad. La universalidad -¡la catolicidad!- del testimonio de la gran asamblea juvenil, unida en torno al Santo Padre, Benedicto XVI, guiada por su magisterio luminoso y alentada por el ejemplo de su cercanía entregada e incansable, brilló como la gran señal de la presencia de Cristo entre los jóvenes del mundo y como una nueva luz para los caminos de la Humanidad en esta hora tan crítica de su historia. En el trasfondo espiritual de lo que acontecía, y sosteniendo ese nuevo y prodigioso Sí de los jóvenes a su Hijo Jesucristo, El Hijo del Altísimo, El Hijo de Dios, estaba María: ella, la Madre de la Iglesia, que lucía tan joven en esos días mágicos del agosto madrileño de la JMJ-2011.
La crisis, moral y religiosa
La Virgen Inmaculada -como en Lourdes y Fátima- nos advierte con insistencia hoy, en estos momentos críticos de tanto sufrimiento e incertidumbre, de la grave necesidad de recuperar la conciencia del pecado. Resulta una pura ilusión, cuando no un alarde de vana soberbia, pretender que entre la actual crisis económica y social y la negación persistente y despectiva de sus raíces morales y religiosas no haya ninguna relación de causa y efecto. No habría peor engaño que el de afirmar que no se necesita ningún proceso de reforma ética y espiritual de la conciencia personal y de la opinión pública. Los jóvenes de la JMJ-2011 acertaban plenamente cuando se acercaban a los confesonarios, públicamente, reconociendo ante toda la sociedad, que les observaba y admiraba, su condición de pecadores, como el origen de sus más graves e íntimos problemas. Acertaban, sobre todo, al manifestar con ello que había solución, a saber: el perdón, la misericordia y el amor de Jesucristo que, en el sacramento de la Reconciliación, tocaba y transformaba su corazón. La Fiesta del Perdón en el Retiro fue una de sus expresiones más hermosas.
Dejarse encontrar por Cristo es más que una urgencia ocasional para salir al paso de nuestras más o menos efímeras desgracias. Colocar a Cristo como el centro fundamental de nuestra existencia vivida en la Iglesia, en primer lugar; y, en consecuencia, de nuestro estar y obrar en el mundo, es, en último término, un recurso imprescindible para la reforma y renovación moral que tanto urge en la hora actual de una sociedad que ansía salir lo más pronto posible de la crisis que la oprime. ¿Tendremos, al menos, nosotros, los jóvenes, las familias y los ciudadanos católicos, la suficiente humildad de corazón y el suficiente coraje interior para un nuevo e inequívoco paso de la fe en Jesucristo y para ser sus testigos en la vida pública? La Inmaculada no nos fallará: ¡nos anima hoy a confiar en su auxilio maternal y a imitarla!