Alfa y Omega > Nº 764 / 15-XII-2011 > Día del Señor > La voz del Magisterio
La voz del Magisterio
La vida de los santos y el testimonio de los mártires nos enseñan que, si la transfiguración del cuerpo ocurrirá al final de los tiempos con la resurrección de la carne, la del corazón tiene lugar ya ahora en esta tierra, con la ayuda de la gracia. ¿Cómo son los hombres y mujeres transfigurados? La respuesta es muy hermosa: los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre, se dejan llevar por el Espíritu, nada anteponen al reino de Cristo, aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos, en pocas palabras: viven amando y mueren perdonando... Con su proclamación, la Iglesia quiere reconocer en los mártires un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia. ¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Queridos hermanos, en diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio. Al inicio del tercer milenio, la Iglesia que camina en España está llamada a vivir una nueva primavera de cristianismo, pues ha sido bañada y fecundada con la sangre de tantos mártires. ¡La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos! Esta expresión, acuñada durante las persecuciones de los primeros siglos, debe hoy llenar de esperanza vuestras iniciativas apostólicas y esfuerzos pastorales en la tarea, no siempre fácil, de la nueva evangelización. Contáis con la ayuda inigualable de vuestros mártires, fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe.
Juan Pablo II, Homilía de Beatificación de José Aparicio y 232 compañeros mártires en España (2001)