Alfa y Omega > Nº 764 / 15-XII-2011 > Desde la fe > Música
Música
Shostakovich y Stalin
Siempre he considerado la biografía de Shostakovich un ejemplo de enfermedad sin antídoto, una condena a vivir más allá de la libertad vigilada, con la respiración asistida por aquellos de los que dependía para subsistir: los burócratas del Soviet Supremo. Hasta el 23 de diciembre, se puede ver, en el Teatro Real de Madrid, la más desgarradora de las partituras de Dimitri Shostakovich, la ópera Lady Macbeth de Mtsensk. Cuando se estrenó, obtuvo un impresionante éxito de público, porque es cruda, brutal, y en ella aparece una presunta crítica al antiguo régimen de los zares. Por ese triunfo de masas, Stalin dijo secretamente a los suyos que deseaba asistir a una representación para ver lo que un hijo de la revolución proponía con su música, y que se sentaría en el palco de autoridades, detrás de un visillo, para no ser reconocido ni molestado. Al día siguiente, apareció en el diario Pravda un texto que descalificaba en su integridad la partitura del maestro, con una coda espeluznante que mostraba una nítida amenaza: «Pero este juego puede terminar muy mal». Un artista ya sabía lo que suponía una frase así: la deportación, Siberia, la muerte...
Desde aquel momento, Shostakovich decidió ser el chico bueno del régimen y besar la mano de quien le daba de comer. No podía ser de otra manera. Sus compañeros en el terreno de la composición, hasta entonces allegados, lo acusaron de burgués y enemigo de la patria. Toda la música de Shostakovich es un conflicto en su propia alma entre la libertad creativa y la apisonadora violenta de un régimen que pretendía disolver al ser humano. De ahí que resulta tan interesante buscar el grito de la dignidad en su música. Yo he escuchado más de 100 veces el último movimiento de la sonata para viola y piano, y no soy capaz de desprenderme de esos últimos fragmentos de melodía, sin abatimiento. Allí suena una sonata para piano de Beethoven, que Shostakovich usa para fragmentar en esquirlas y convertirlas en puro llanto. No es de extrañar que Lady Macbeth de Mtsensk no finalice con esa tragedia final tan propia del verismo operístico: el suicidio del protagonista y punto, sino con un canto lleno de desolación que entonan los presos que realizan trabajos forzados en Siberia, «en la espesura del bosque hay un lago redondo y muy profundo, donde el agua es negra como mi conciencia, negra». Shostakovich entona la amargura del hombre al que no le dejan serlo.
Javier Alonso Sandoica