Alfa y Omega > Nº 766 / 29-XII-2011 > Criterios
Familia, ¡sé lo que eres!

¿Dónde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia?, se pregunta Benedicto XVI, en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz del año que comienza, pensando de modo especial en las nuevas generaciones. Lo hace ante la emergencia educativa que hoy nos acucia, en particular en España y en toda Europa, y responde de inmediato: «Ante todo, en la familia, puesto que los padres son los primeros educadores»; la familia «es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz», es decir, para una vida humana digna de tal nombre. No puede ser más urgente la llamada que, hace ahora justamente 30 años, hacía Juan Pablo II, en su Exhortación apostólica Familiaris consortio: «Familia, ¡sé lo que eres!», ¡imagen y semejanza de Dios!, como se anuncia ya en nuestra portada de este número de Alfa y Omega.
En su Nota sobre la Fiesta de la Familia que se celebrará mañana en la madrileña plaza de Colón, los obispos de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española recuerdan que «la familia nos descubre que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no sólo por parte de los padres y abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios, según se ha manifestado en la historia de la salvación». Juan Pablo II, en la Familiaris consortio, lo decía así: «Remontarse al principio del gesto creador de Dios es una necesidad para la familia, si quiere conocerse y realizarse según la verdad interior no sólo de su ser, sino también de su actuación histórica. Y dado que, según el designio divino, está constituida como íntima comunidad de vida y de amor, la familia tiene la misión de ser cada vez más lo que es, es decir, comunidad de vida y amor..., la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la Humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa».
«El futuro de la Humanidad -en expresión del mismo Juan Pablo II- se fragua en la familia», sí, pero la auténtica, imagen y semejanza de Dios. En la citada Nota para la Fiesta de la Familia, los obispos de la Subcomisión de Familia y Vida subrayan con fuerza que «Europa necesita de la familia y no es posible la regeneración de Europa si no pasa por la realidad de la familia tal y como Dios la pensó». Y, en definitiva, como la desea todo ser humano en lo más hondo de su corazón, como la pudimos ver en la cascada de luz, de alegría y de esperanza que ha sido la inolvidable JMJ de Madrid 2011. En su Mensaje para la ya inmediata Jornada Mundial de la Paz, Benedicto XVI exhorta a los jóvenes a «tener el valor de vivir, ante todo, ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno», y el primero de todos, sin duda, es la familia. Lo vivido el pasado agosto en Madrid, ¿no muestra, acaso, ese rostro de la familia, imagen de Dios?
Hace ya quince años, en estas mismas páginas, por estas fechas, decíamos que «son muchas, desgraciadamente, las familias rotas. Esto es grave. Pero lo es más aún, si cabe, el hecho de no percibir que se trata precisamente de algo grave. Cada vez está más extendida la mentalidad que no valora en absoluto el matrimonio y la familia, o que trata de aplicar estos términos a cualquier realidad en la que no es posible hablar ni de esposos ni de padres ni de hijos». Hoy no ha perdido gravedad la situación. ¡Todo lo contrario! En su Mensaje para este próximo 1 de enero, Benedicto XVI acaba de afirmar que «vivimos en un mundo en el que la familia, y también la misma vida, se ven constantemente amenazadas y, a veces, destrozadas». Vale la pena reiterar hoy lo que decíamos hace quince años:
«Cuando se desprecia a la familia entendida en cristiano, lo que se está despreciando, en realidad, es a la propia vida humana en su misma esencia. La consecuencia no es la destrucción de la Iglesia, sino la destrucción del propio hombre». Ciertamente, «no es bueno que el hombre esté solo, dijo Dios, y creó al hombre a su imagen y semejanza, es decir, lo creó familia. El pecado rompió la familia, y entró en el mundo la dispersión y la muerte. Con la venida de Cristo, el Hijo de Dios y de María, se produce el movimiento contrario, movimiento de salvación y de vida, el de congregar a los hijos de Dios dispersos», el de hacer familia, en toda su verdad y su belleza.
Comenzando por el principio: el matrimonio. «Reconocer la belleza y bondad del matrimonio -dijo Benedicto XVI en la Vigilia de Cuatro Vientos de la JMJ, y lo recogen también los obispos de la Subcomisión de Familia y Vida en su Nota- significa ser conscientes de que sólo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial». En definitiva, a la grandeza y dignidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios. No valen sucedáneos, que sólo generan soledad, vacío y muerte. Por eso, hay que proclamar, más fuerte que nunca, el grito del Beato Juan Pablo II: Familia, ¡sé lo que eres!
Navidad-Familia
En la medianoche, nacía de nuevo Jesús ¡el Mesías, el Señor! Para nosotros: para la Iglesia y los hombres de hoy. Fue un nacimiento singular. ¡Lo ocurrido hace dos mil años en Belén, se hizo actualidad para nosotros, hijos de la Iglesia del año 2011 y, con nosotros, para toda la familia humana! Proclamar esta noticia y dejarla que impregne, ilumine y guíe nuestra vida es hoy el motivo y el contenido de nuestra celebración.
Este año, la fiesta de la Sagrada Familia se celebra después de la inolvidable Jornada Mundial de la Juventud, que trajo a Madrid dos millones de jóvenes, que se nos mostraron como testigos de una contagiosa esperanza para la Iglesia y para la sociedad. La mayoría serán llamados a fundar nuevas familias cristianas que llenarán de alegría a la Iglesia de Cristo. Nuestro encuentro del 30 de diciembre en la Plaza de Colón para la gran Eucaristía de las familias cristianas de Madrid, de toda España y de Europa quiere ser momento privilegiado para que estos jóvenes de la JMJ 2011 puedan manifestar a sus padres ante el mundo la gratitud que les deben por haberles dado la vida y trasmitido la fe en Cristo. Honrar al padre y a la madre es un mandamiento del Señor que nos urge no sólo al respeto y a la pasiva y fría obediencia hacia ellos, sino a mucho más: a profesarlos un amor agradecido verdaderamente filial por esos dones de la vida y de la fe, que de ellos hemos recibido, y que los convierte en signos del amor creador y misericordioso de Dios, nuestro Padre del cielo, que nos perdona y ama entrañablemente. Vuestra presencia, queridos fieles y familias de Madrid, debe de ser un gesto profundamente eclesial propio de la familia de Dios, la Iglesia, que vive, muestra y testimonia los valores de la familia cristiana según el Evangelio de Cristo, presentándose como una referencia luminosa y segura de la verdad sobre el amor humano, el matrimonio y la educación de las nuevas generaciones. ¡Participad en esta fiesta de la Familia de Nazareth, de Jesús María y José, una de las grandes fiestas de la fe y de la vida cristiana! Animo e invito particularmente a los jóvenes a dar testimonio del Evangelio de la vida y de la familia. En el núcleo mismo del Evangelio de Jesucristo, se encuentra la Buena Noticia de la vida y de la familia, según el plan de Dios.
Cardenal Rouco Varela
arzobispo de Madrid