Alfa y Omega > Nº 770 / 26-I-2012 > Criterios
Una nueva primavera
La Plaza de San Pedro, durante el encuentro
de los movimientos eclesiales, con Juan Pablo II,
en la fiesta de Pentecostés de 1998
«Os confieso la agradable sorpresa que he tenido al encontrarme con los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales. Al observarlos, he tenido la alegría y la gracia de ver cómo, en un momento de fatiga de la Iglesia, en un momento en que se hablaba de invierno de la Iglesia, el Espíritu Santo creaba una nueva primavera, despertando en jóvenes y adultos la alegría de ser cristianos, de vivir en la Iglesia, que es el Cuerpo vivo de Cristo»: lo decía Benedicto XVI a los obispos de Portugal, durante su Viaje a Fátima, el 13 de mayo de 2010, y a continuación describía así esta nueva primavera: «Gracias a los carismas, la radicalidad del Evangelio, el contenido objetivo de la fe, la corriente viva de su tradición se comunican de manera persuasiva y son acogidos como experiencia personal, como adhesión libre a todo lo que encierra el misterio de Cristo».
La agradable sorpresa que confiesa el Papa ante las nuevos movimientos eclesiales, así como su percepción de que comunican la fe en Jesucristo de manera persuasiva, evocan sin duda sus palabras, pocos años antes, en marzo de 2007, a los miembros de la Fraternidad de Comunión y Liberación reunidos en Roma, en el 25 aniversario de su reconocimiento pontificio. Recordando a su fundador, don Luigi Giussani, «al que me unen tantos recuerdos y que llegó a ser un verdadero amigo mío», les dijo: «El Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia, a través de él, un movimiento que testimoniara la belleza de ser cristianos en una época en la que iba difundiéndose la opinión de que vivir el cristianismo era algo arduo y agobiante... ¿Y cómo no recordar, además, los numerosos encuentros y contactos de don Giussani con mi venerado predecesor Juan Pablo II? Él reafirmó que la original intuición pedagógica de CL consiste en volver a proponer, de modo fascinante y en sintonía con la cultura contemporánea, el hecho cristiano, percibido como fuente de nuevos valores y capaz de orientar toda la existencia».
Vienen enseguida a la mente las palabras de Benedicto XVI en el inicio de su primera encíclica, Deus caritas est, que resumen, de una manera ciertamente persuasiva, la experiencia de cuantos se han encontrado con Cristo en los nuevos movimientos y comunidades eclesiales: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». ¡De qué modo tan vivo lo acaban de testimoniar en Roma los miembros del Camino Neocatecumenal, junto al Papa, en los actos con motivo de la aprobación de sus celebraciones, empezando por proclamar, con la belleza de la música, que Cristo resucitó! «Habéis cantado -les dijo el Papa- Resurrexit, que expresa la fe en el Viviente, en Aquel que, en un acto supremo de amor, venció al pecado y a la muerte y le da al hombre -nos da a nosotros- el fervor del amor de Dios, la esperanza de ser salvados, un futuro de eternidad». El encuentro con el amor de Cristo, la esperanza verdadera de vivir, y vivir en plenitud: he ahí el frescor de la nueva primavera, suscitado por el Espíritu Santo en la Iglesia, y que a ojos vista no deja de expandirse a lo largo y ancho del mundo.
Ahí están las familias enteras del Camino Neocatecumenal en misión, y no sólo en países lejanos que nunca oyeron hablar de Cristo: cada vez más son enviadas a los países de vieja cristiandad, nuestra vieja Europa convertida en tierra de misión. El pasado viernes, Benedicto XVI les decía: «Queridas familias, la Iglesia os da las gracias; os necesita para la nueva evangelización», y, dirigiéndose en particular al centenar de familias que «van a salir camino de doce misiones ad gentes», añadía: «Os invito a no tener miedo: quien lleva el Evangelio nunca está solo». Así es. Está la familia toda que es la Iglesia una, cuya unidad, justamente, es el secreto de la sorpresa y la fascinación que no puede por menos que suscitar el mismo Cristo resucitado, vivo, aquí y ahora. Y a esta unidad se refería el Papa al decirles: «En vuestra valiosa labor, buscad siempre una comunión profunda con la Sede apostólica y con los pastores de las Iglesias particulares en las que estáis insertados: la unidad y la armonía del cuerpo eclesial constituyen un importante testimonio de Cristo y de su Evangelio en el mundo en que vivimos». Vale la pena recordar, como hizo Benedicto XVI en su encuentro con CL de 2007, cómo Juan Pablo II, en su Mensaje al Congreso mundial de movimientos eclesiales, en Pentecostés de 1998, «repitió que, en la Iglesia, no hay contraste o contraposición entre la dimensión institucional y la dimensión carismática, de la cual los movimientos son una expresión significativa, porque ambas son igualmente esenciales para la constitución divina del pueblo de Dios. En la Iglesia también las instituciones esenciales son carismáticas y, por otra parte, los carismas deben institucionalizarse de un modo u otro para tener coherencia y continuidad. Así, ambas dimensiones, suscitadas por el mismo Espíritu Santo para el mismo Cuerpo de Cristo, concurren juntas para hacer presente el misterio y la obra salvífica de Cristo en el mundo». Y el fruto de esta unidad -a la vista está- no puede ser otro que esta nueva primavera.
Con las víctimas del terrorismo
Con frecuencia, suele entenderse que un cristiano sólo puede ser moderno o progresista cuando ha asumido íntegramente los postulados de la cultura secularizada. Ser cristiano así, en la práctica, implicaría perder la identidad que nos es propia, hasta el punto de resultar fagocitados por el ambiente. Una cultura que vive como si Dios no existiera, a espaldas de las preguntas sobre el sentido de la vida y el sentido de la muerte, pierde inevitablemente densidad, porque está escamoteando la dimensión trascendente de la vida. En realidad, cuando damos la espalda a Dios, nos encontramos con nuestra propia sombra. Es decir, cuando rechazamos a Dios o nos olvidamos de Él, nuestra propia existencia resulta incomprensible. ¡Terminamos por convertirnos en un enigma irresoluble! Y es que Cristo, no sólo es quien revela el misterio de Dios, sino también quien descubre el hombre al propio hombre.
Un año más, pedimos a nuestro Santo Patrono, san Sebastián, por la paz definitiva en nuestro pueblo. Queremos recordar muy especialmente a los ausentes, a aquellos que fueron asesinados, y que hoy no pueden estar entre nosotros. Las víctimas deben ocupar un lugar central en el camino hacia la paz y la reconciliación, de forma que no añadamos nuevas injusticias a las ya cometidas. Si su presencia nos resultase ahora embarazosa y su palabra extemporánea, o si tuviésemos la tentación de difuminar su memoria, entonces habría razones para poner en cuestión la autenticidad de nuestra apuesta por la paz y la reconciliación... Las víctimas han ejercitado una paciencia inmensa hasta el día de hoy. ¡Qué menos cabe esperar de toda la sociedad que, llegados al punto presente, obremos también nosotros sin precipitaciones, con transparencia y con cohesión...!
Tras más de cincuenta años de terrorismo, este año vivimos la fiesta patronal de San Sebastián sin su amenaza explícita. ¡Alegres y esperanzados, sí; pero no desmemoriados ni insolidarios!... ¡Que el Señor tenga en su gloria a cuantos fueron arrancados cruelmente de la vida, y alivie el dolor de sus familiares; moviéndonos a todos a la conversión!
+ José Ignacio Munilla
obispo de San Sebastián