Alfa y Omega > Nº 770 / 26-I-2012 > Desde la fe > No es verdad
No es verdad

Ricardo, en El Mundo
Tal vez el cobarde capitán del trasatlántico Costa Concordia, hundido junto a la costa de la isla de Giglio, sea el paradigma más acabado de la alarmante carencia de virtudes básicas del ser humano a la que ha llegado Occidente, y en particular Europa. Afortunadamente, y a Dios gracias, tal carencia de virtudes humanas todavía sorprende, pero cada vez va sorprendiendo menos. Y, desde luego, no hace falta irse a Italia, ni a ningún sitio, para comprobar el aluvión de irresponsabilidad que devasta la vida pública en la civilizada Europa de nuestro tiempo. Hay una cosa que se llama coherencia: coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, coherencia entre la fe que se dice profesar y la vida que se vive en privado o en público. El Papa Benedicto XVI hablaba, hace unos días, a los miembros del Tribunal romano de la Rota, en su tradicional discurso de inicio del Año Judicial, y afirmaba que, en sana doctrina, en pura lógica, lo que se hace no puede ir en contra de lo que se dice, o de lo que se profesa; hablando en plata, que no se puede decir una cosa y hacer otra, creer o profesar una cosa y hacer la contraria. Esto vale exactamente igual para duques y princesas que para dirigentes de sindicatos; vale igual para quien se ha casado por la Iglesia que para quien se ha casado por lo civil; vale igual para ministros que para carpinteros, para periodistas que para jueces; vale igual en Nigeria y en Cuba que en España; vale igual en un Estado aconfesional que en una familia, en un Juzgado, en una discoteca o en un campo de fútbol; en un hospital que en un Tribunal de Justicia; vale igual ayer, que hoy y que siempre. Es lo que se llama coherencia, y el déficit de coherencia en el mundo que nos ha tocado vivir es espantoso, sencillamente abrumador.
Tiene también otros nombres, muy sencillos y que entiende todo el mundo a la primera: dignidad, honradez, decencia. Se tiene o no se tiene; la diferencia, hoy, respecto a hace no tanto tiempo, es que hoy, encima, los incoherentes se ufanan de serlo, les hacen entrevistas en los telediarios y miran a los coherentes con aire de superioridad y de perdonavidas. Son altaneros, prepotentes, chulos y encima se les ríen las gracias, sobre todo si tienen algún tipo de poder. Y, por si fuera poco, dicen que lo hacen en nombre de la democracia y del respeto al derecho de expresión. Y en nombre de lo que ellos entienden por democracia y libertad de opinión y de expresión no tienen reparo en insultar a la fe de los sencillos y en vilipendiar la Cruz de Cristo. Y no pasa nada en este mundo de hipocresía redomada: siguen siendo ministros, alcaldes, diputados, y cobrando sueldos que ninguno de los ciudadanos humillados e insultados cobra.
Ignacio Camacho acaba de escribir, en ABC, una espléndida columna en la que se lee: «Después del fulminante impuestazo, parece como si al Gobierno le costase tomar posesión efectiva de sí mismo». Pues sí, eso parece. En un momento en el que se está tomando posesión de tantas cosas, llama la atención que todavía no se haya tomado posesión de lo primero que hay que tomarla: de uno mismo, de las propias convicciones morales, del respeto a lo que de verdad es respetable. ¿Qué misteriosos intríngulis habrá para que, en la televisión, las cosas sigan como siguen, y en la Educación para la ciudadanía sigan como siguen las cosas? Vamos, digo yo... También César Alonso de los Ríos ha denunciado, en su columna de ABC, «una crisis del sistema que desborda la moral y que alcanza lo institucional. ¿O no hay que buscar en el Tribunal Constitucional la expresión de la descomposición de la nación, o en el sistema electoral, el desfondamiento moral de los ciudadanos?» Y habla de campo de arrebatacapas... Basta ver el mariachi de palmeros que recibe cada mañana al juez Garzón cuando va a sentarse en el banquillo, para ver cómo está el patio. Recientemente, el arzobispo de Mérida-Badajoz, monseñor Santiago García Aracil, ha escrito, bajo el título ¿Educación o ideologización? -y Alfa y Omega lo ha publicado, pero nunca está de más recordarlo-: «La educación no es ni pública ni privada. Podrá ser de iniciativa gubernamental, o de iniciativa social. Ambas han de ofrecerse como opciones entre las que elegir libremente. El erario público que los ciudadanos aportan por los procedimientos de contribución, debe atender a las distintas opciones educativas presentes en la sociedad, siempre que éstas respeten los principios básicos de la convivencia democrática». ¿Queda claro? Bueno, pues eso...
Gonzalo de Berceo
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