Alfa y Omega > Nº 770 / 26-I-2012 > Desde la fe
El autor de La isla del tesoro predijo que el apóstol de los leprosos sería canonizado
El defensor presbiteriano del padre Damián
El escritor Robert Louis Stevenson había sido educado en la tradición presbiteriana escocesa, pero con el paso del tiempo sus convicciones religiosas habían languidecido. Sus viajes por el mundo, sus inquietudes artísticas y un espíritu que seguía siendo infantil, debieron de contribuir a ello, si bien nada le impediría ser un formidable defensor de la verdad, sobre todo en las islas de Samoa, en las que defendió los derechos de los indígenas frente al colonialismo


Península de Kalaupapa (Hawai), donde atendió
a los leprosos durante años
Chesterton alabó la capacidad de Stevenson de certificar una verdad aunque no supiera entenderla. Esa integridad le llevó a redactar un artículo para el Sydney Morning Herald el 25 de febrero de 1890, en el que defendía la memoria del padre Damián, el apóstol de los leprosos, fallecido unos meses antes. Stevenson no conoció personalmente a Damián, aunque visitó el dispensario en que atendía a los leprosos y escuchó numerosos testimonios de admiración y de gratitud sobre él. De ahí su indignación al leer los reproches que dirigía a Damián un misionero presbiteriano, el reverendo doctor Hyde. Su reacción fue escribir una carta abierta al reverendo que no sería publicada por la prensa australiana, pero sí lo hizo la de otros países.
Hyde no pudo acallar la voz de Stevenson, pese a intentar descalificarle como vagabundo y excéntrico. Cuatro años antes, el escritor había publicado la historia de otro Hyde, el alter ego de Jekyll, un doctor en Medicina, demostrando que no eran dos sino una única persona y que incluso un bien, supuestamente cargado de buenas intenciones, puede ser derrotado por el mal. Hyde, doctor en Teología, era la misma persona que había tratado de cerca al padre Damián y que había concedido una generosa hospitalidad a Stevenson en su viaje a las islas Hawai. Las oscuras sinrazones que, a veces, surgen en el ser humano habían nublado el entendimiento de alguien que también se proclamaba misionero de Cristo.

El Beato Damián de Veuster, ya enfermo de lepra,
en Molokai
Stevenson pronosticaba en su artículo que Damián sería un día proclamado santo, lo que sucedió en octubre de 2009, y veía en la envidia, que acompaña inexorablemente a la virtud, la raíz de la actitud del doctor Hyde. El reverendo tachaba a Damián de persona ruda y torpe, mas Stevenson le recordó que, si sólo juzgaba a la gente por su apariencia externa, también habría despreciado a otros rudos como Juan el Bautista y Pedro. Tampoco aceptaba el escritor los calificativos de sucio y cabezota para alguien, cuyo corazón quería parecerse al de Cristo, y que había aceptado libremente ser el compañero de los leprosos. Menos crédito daba Stevenson a que el misionero no era puro en su relación con las mujeres, pues Hyde no mencionaba la fuente de este rumor y tampoco pareció apiadarse ante semejante conducta por medio de la oración o de las lágrimas. Pero lo que más debió de indignar a Stevenson es que Damián fuera tachado de beato y fanático. Es el argumento de corto alcance de quienes no comprenden a un hombre que cree en su religión con la sencillez del niño o del campesino.
Antonio R. Rubio Plo
«Con toda su debilidad, esencialmente heroico y vivo»
En mi diario hablo de mi estancia [en Molokai] como «una experiencia trituradora». Y mire: eso que vi y sufrí fue un asentamiento purgado, mejorado, hermoseado. Era un lugar bien distinto cuando Damián llegó ahí e hizo su gran renuncia, y esa primera noche durmió bajo un árbol: solo en la pestilencia; y esperando una vida ataviada de llagas y muñones. No se llama a ningún doctor o enfermera a que entre para siempre en las puertas de la gehena [de un hospital de cáncer]; no dicen adiós, no necesitan abandonar la esperanza. Pero Damián cerró con su propia mano las puertas de su sepulcro. [Los pasajes de mi diario en Molokai] casi son una lista de las fallas del hombre, porque es más bien eso lo que yo buscaba: con sus virtudes, yo y el mundo estábamos bastante familiarizados. Además, yo tenía sospechas del testimonio católico. Todos los hechos transcritos fueron recogidos de labios de protestantes que se habían opuesto, en vida, al padre. Sin embargo, o fui engañado de forma extraña, o ellos construyeron la imagen de un hombre, con toda su debilidad, esencialmente heroico y vivo, con tosca honestidad, generosidad y regocijo. [Todas las reformas del lazareto] son la prueba de su éxito; son lo que su heroísmo provocó en el reticente y el indiferente. Su papel fue, mediante un acto de impactante martirio, apuntar los ojos de todos los hombres hacia ese desconcertante país. Trajo dinero; trajo (la mejor aportación individual) a las hermanas; trajo supervisión, porque opinión pública e interés público desembarcaron con ese hombre en Kalawao. Si alguna vez un hombre trajo reformas y murió por traerlas, ése fue él.
Robert Louis Stevenson
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid