Alfa y Omega > Nº 771 / 2-II-2012 > Criterios
Todo empieza en el encuentro
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«Vente mañana a Madrid, a la iglesia del cursillo de novios que estamos haciendo! ¡Es algo extraordinario; no te lo puedes perder!» Se lo decía a su madre, hace tan sólo unos días, una joven que acudía con su novio, el fin de semana, a un cursillo preparatorio para casarse por la Iglesia. Alejados de la vida cristiana, asistían por puro compromiso, no podían ser más escépticos... Y se encontraron con la Iglesia real, con las mil y una limitaciones de los hombres, pobres pecadores, pero donde «se respira un amor y una paz llena de esperanza que no podíamos imaginar siquiera que existiera en el mundo». Así se lo dijo por teléfono, el sábado por la noche, a su madre, no menos alejada de la Iglesia que ella, y a más de 70 kilómetros de la capital. Llena de sorpresa por el cambio que percibía en su hija, y con la misma curiosidad, sin duda, de Simón Pedro cuando su hermano Andrés le dijo:
«¡Hemos encontrado al Mesías!», cogió el primer tren de la mañana del domingo y se presentó en el cursillo, donde participaban un centenar de parejas. También ella acabó confesándose y participando en la Misa, ¡al mismo tiempo que descubrían que el matrimonio, la familia, y todo aquello de lo que les hablaban también en el cursillo: economía, trabajo, política, vida social, cuestiones médicas y morales, absolutamente todo, quedaba iluminado desde el encuentro con Cristo!
«Cuando se ha probado el jamón de pata negra, la sopa de sobre no te sabe a nada»: así explicaba, hace ahora unos veinte años, en una carta a sus amigos, que no salían de su asombro, su decisión de entrar en el convento, en una Orden contemplativa cuya vida de silencio, por ejemplo, es de una exigencia extrema, una joven novicia, hoy con una importante responsabilidad en su Congregación. Era periodista, y su activismo no podía ser más vertiginoso..., pero encontró la Noticia de su vida. Como la madre y la hija del cursillo prematrimonial. Como los primeros discípulos. Hoy, como ayer, sigue resonando Su ¡Ven y sígueme!, y con una fuerza de atracción tanto más grande cuanto mayor es el hastío de una sociedad sumida en el relativismo y el nihilismo más asfixiantes. Sin Cristo, se hace cada vez más patente que el hombre, como lo definió Sartre, el ateo emblemático del siglo XX, es una pasión inútil. ¿O acaso es útil, satisfactoria, cumplida, una vida humana cuyo destino es la muerte, el vacío, la nada? ¿Acaso algo en el mundo, o incluso todo él en su conjunto, satisface esa sed infinita de felicidad que bien define Sartre como pasión? No cabe duda de que cada día es mayor el contraste entre la asfixia y la anorexia de la cultura dominante, por mucho que se quieran disfrazar de euforia y bienestar, y la frescura gozosa de la novedad cristiana. Cuando se da espacio a la llamada de Cristo, y eso es, exactamente, la nueva evangelización que pide el lema de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada que hoy celebramos, no puede por menos que hallar la respuesta que todos hemos podido comprobar en la JMJ del pasado agosto en Madrid.
Todo empieza en el encuentro con Cristo vivo, aquí y ahora. Lo ha subrayado el Papa, en su discurso a la Curia romana, la pasada Navidad, al evocar «la magnífica experiencia de la JMJ, en Madrid», afirmando que «ha sido una medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida... Una de las experiencias más importantes de la JMJ ha sido para mí el encuentro con los voluntarios: eran alrededor de 20.000 jóvenes que, sin excepción, habían puesto a disposición semanas o meses de su vida. Al final, estaban visible y tangiblemente llenos de una gran sensación de felicidad: su tiempo que habían entregado tenía un sentido; precisamente en el dar su tiempo y su fuerza laboral habían encontrado el tiempo, la vida...» ¿Su secreto? Así lo explica Benedicto XVI: «Todo eso ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo», que justamente en los consagrados tiene su modelo paradigmático. Desde los primeros apóstoles, la vida consagrada ha sido la luz que nunca podía faltar en el camino de la Iglesia entera. Sencillamente, porque el único verdadero esposo del alma, incluso para la persona casada, no es otro que Jesucristo. Sólo Él llena la vida de todo hombre y mujer, sea cual fuere su estado, condición o circunstancia.
Al mismo tiempo, la realidad del matrimonio es luz para los consagrados, porque su seguimiento de Cristo no consiste en perfeccionarse a sí mismos, o en darse al servicio del prójimo, sino en una pertenencia esponsal, como dijo con toda claridad el Papa a las religiosas jóvenes, en El escorial, durante la JMJ: «La radicalidad evangélica, en la vida consagrada, significa ir a la raíz del amor a Jesucristo con un corazón indiviso, sin anteponer nada a ese amor, con una pertenencia esponsal». En definitiva, sólo Cristo cumple la vida, la de la novicia que probó el jamón de pata negra, como la de la novia del cursillo y la de su madre, ¡la de todos! Y todo empieza en el encuentro, donde la presencia viva y gozosa de los consagrados se ha mostrado, desde el mismo inicio de la Iglesia, decisiva. Hoy, más que nunca, si cabe. Pues «la misma vida consagrada -lo dice la Exhortación apostólica Vita consecrata, de Juan Pablo II- se hace misión, como lo ha sido la vida entera de Jesús». Así lo decía Benedicto XVI a las religiosas en El escorial: «Vuestra consagración cobra una especial relevancia hoy. Frente al relativismo y la mediocridad, surge la necesidad de esta radicalidad que testimonia la consagración como una pertenencia a Dios sumamente amado».
El progreso no es esto
En cuanto a la crisis económica que está golpeando el mundo desde hace cuatro años, ahora sabemos que estamos entrando en una fase inédita en la vivencia de la Humanidad. La idea misma de progreso, en boga desde el siglo XVIII, está sufriendo un duro contragolpe, y la misma categoría de crisis parece inadecuada e ineficaz para expresar lo que está pasando.
La novedad de esta crisis es que cuanto sucede en la economía y en las finanzas, no se puede explicar si no se relaciona con otros fenómenos como la mundialización de los procesos productivos, las migraciones, la mutación demográfica de los países ricos, el ofuscamiento de las identidades nacionales, o el nomadismo afectivo y sexual. El capitalismo desenfrenado no puede resolver los problemas, sino que más bien los crea.
La fluidez de valores, relaciones y referentes no impide, sino que más bien favorece, la creación de grupos supranacionales sin escrúpulos, que producen una política débil y sometida. Cuando la política parecería ser más decisiva -si la especulación no la hubiera hecho irrelevante-, hoy es casi inútil.
Si el criterio es el enriquecimiento fácil y rápido, entonces el beneficio no es justo, sino que se juega con las vidas de los hombres y de los pueblos. Y parece que los grandes de la tierra no consiguen parar el fenómeno especulativo.
«Sin un pensamiento moral -escribe Benedicto XVI- que supere la impostación de las éticas seculares como el neoutilitarismo y el neocontractualismo, fundados en una visión inmanente de la Historia, es difícil para el hombre de hoy acceder al conocimiento del verdadero bien humano».
Es necesario reconsiderar palabras antiguas, pero siempre actuales y urgentes, palabras que forman parte del hombre mismo y de su destino, palabras como vida y familia, trabajo y participación, libertad y relación, política y representación.
Volver a hacer el bien, y recuperar la estima y la confianza, es algo siempre posible, y también es un deber. Nunca hay que considerar nada perdido del todo. Estamos en un tiempo propicio para imprimir a la comunidad política dinámicas más esenciales y eficientes.
+ cardenal Angelo Bagnasco
Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana