Alfa y Omega > Nº 771 / 2-II-2012 > Día del Señor > La voz del Magisterio
La voz del Magisterio
Como expresión del puro amor, que vale más que cualquier obra, la vida contemplativa tiene también una extraordinaria eficacia apostólica y misionera. (...) A imagen de Jesús, el Hijo predilecto a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, también aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son consagrados y enviados al mundo para imitar su ejemplo y continuar su misión. Esto vale para todo discípulo. Pero es válido en especial para cuantos son llamados a seguir a Cristo más de cerca en la forma característica de la vida consagrada, haciendo de Él el todo de su existencia. En su llamada está incluida, por tanto, la tarea de dedicarse totalmente a la misión; más aún, la misma vida consagrada, bajo la acción del espíritu Santo, que es la fuente de toda vocación y de todo carisma, se hace misión, como lo ha sido la vida entera de Jesús. La profesión de los consejos evangélicos, al hacer a la persona totalmente libre para la causa del evangelio, muestra también la trascendencia que tiene para la misión. Se debe, pues, afirmar que la misión es esencial para cada Instituto, no sólo en los de vida activa, sino también en los de vida contemplativa. En efecto, antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ¡Éste es el reto, éste es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto más se deja conformar a Cristo, más lo hace presente y operante en el mundo para la salvación de los hombres. Se puede decir, por tanto, que la persona consagrada está en misión en virtud de su misma consagración. La vida religiosa, además, participa en la misión de Cristo con otro elemento particular y propio: la vida fraterna en comunidad para la misión. La vida religiosa será, pues, tanto más apostólica, cuanto más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión específica del Instituto.
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita consecrata, 59.72 (1996)