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Con ojos de mujer
3.1.1962 - 3.1.2012

El 3 de enero nos reunimos para celebrar las Bodas de Oro de mis padres, Ramón y Matilde. No transcurrió como ellos habían planeado; de igual forma que, imagino, estos cincuenta años tampoco habrán transcurrido como ellos lo soñaron, cuando jóvenes se ilusionados, se unieron en matrimonio, en la iglesia del monasterio de los Jerónimos de la ciudad de Granada.
Mi padre decía, con pena, que, en su familia, nadie lo había podido festejar, pues uno había muerto antes. Creo que él mismo pensaba que nunca llegaría a celebrarlas. En el caso de mi madre, tres de sus hermanos tuvieron la suerte de vivir una ceremonia tan emotiva.
Hoy damos gracias a Dios por la fe de nuestros mayores, pues los dos nacieron en familias dónde se confiaba en el cuidado del Padre, se adoraba al Hijo y se pedía la intercesión del espíritu, siempre abandonados en las manos de María. Damos gracias a Dios por el don de la fe en nuestros padres, por haberla podido transmitir a sus hijos y nietos. También damos gracias a Dios por su fidelidad, pues a pesar de cruces, problemas, enfermedades..., han ido renovando, en estos cincuenta años, el que dieron el 3 de enero de 1962; porque han luchado por ellos, por sus hijos y nietos; porque han renunciado a ellos mismos, para dar la vida por nosotros; porque han perdonado sin límites, comprendido sin límites, querido sin límites; porque siempre están ahí, sobre todo en la enfermedad y en el dolor.
La celebración ha sido un reflejo de su vida, amoldándose siempre a lo que el Señor fuera escribiendo, aunque les hiciera cambiar de planes, permitiendo que las cosas no fueran según lo previsto; aprendiendo a encontrar la felicidad en las cosas más pequeñas. Una vida con cruz, con renuncia, con abnegada entrega..., pero siempre cargada de fidelidad, fortaleza, templanza, esperanza, alegría y confianza en la Providencia, además de un profundo amor; haciendo de la debilidad la fortaleza en Dios.
Les hubiera gustado celebrar esta fecha rodeados de sus seres queridos, pero no fue posible. Nunca unas personas físicamente ausentes estuvieron más presentes. Desde el cielo, abuelos, padres, hermanos y cuñados les llevaron en volandas; desde la tierra, hermanos, cuñados, sobrinos, buenos amigos, sacerdotes y religiosas nos sostuvieron con la oración, gracias a la cual la Misa de las Bodas de Oro, a la que sólo pudimos asistir hijos y nietos, muy emotiva, fue un gran regalo del cielo. Se sintieron queridos, comprendidos, arropados e inmensamente felices.
Hemos aprendido de nuestros padres a confiar ciegamente en Él, a perseverar, y a confiar en los brazos amorosos de María, la Madre. A Ella le hemos pedido que vele por el matrimonio de nuestros padres, de cada hijo, para que nos haga crecer en el amor, en la mutua comprensión y apoyo, y cuando nos fallen las fuerzas le pidamos a Ella que nos mantenga unidos. Gracias a la familia cristiana que fundaron mis padres, y a su fidelidad, hemos nacido y recibido el don de la fe y cada uno ha participado de una forma distinta, en esta pasada JMJ Madrid 2011. Gracias, Señor, por los padres que nos has dado.
Carla Diez de Rivera y Pérez de Herrasti
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