Alfa y Omega > Nº 771 / 2-II-2012 > Desde la fe > Punto de vista
Punto de vista
Las lágrimas, detrás de la crisis

Son las once de la noche y acabamos de cerrar la parroquia. El lunes es un día que me encoge especialmente el corazón. Desde las once de la mañana, acude la gente al SOIE de Caritas pidiendo ayuda en la búsqueda de empleo. Vienen de todo el arciprestazgo. Hombres y mujeres, cansados de los meses y los años. Cada persona, un nuevo drama. Otros vendrán el martes, o el jueves...
«Yo era gruísta, ¿sabe? -me cuenta uno de ellos-, y tenía muy buen sueldo. Pero con esto de la crisis... Ahora estamos viviendo los cuatro en una habitación. Si hubiera algo, lo que fuera...»
María es peruana y con papeles. La casa donde colaboraba ha tenido que reducir gastos, y ahora está en la calle.
Alicia trabajaba como dependienta; Juan, su esposo, en la construcción, como tantos. Sé que se han alimentado rebañando de los contenedores unas últimas migajas, cada vez más disputadas. Pero hoy nos traen una buena noticia. A Juan se le ha conseguido empleo como vigilante, y con el primer sueldo nos ha comprado una tarta y una botella de refresco para celebrarlo. Algo se va consiguiendo. Pero causa tanto dolor ver esos rostros que, por perder, perdieron hasta la esperanza...
La tarde es más de lo mismo. Hemos tenido que volver, en las parroquias, al reparto de comida entre la gente. Hacía años que era una práctica superada. Pero la urgencia manda. La subvención del paro se termina y la vida se pone cuesta arriba. Hay familias enteras que viven de la pensión del abuelo: unos pocos euros que apenas llegan para los gastos más elementales de la familia. La tarde entera la han pasado los voluntarios llenando carritos de la compra. Son familias que ya no pueden más; familias incluso vergonzantes, que acuden de noche, por la puerta trasera, para pedir llevarse algo.
Lo mejor, la generosidad de la gente. Me han contado que, a las puertas de la catedral vieja de Salamanca, una mujer joven, con aspecto de abandono total y en muy avanzado estado de gestación, pedía limosna. Una mujer feligresa de mi parroquia le dio una moneda de dos euros, lo primero que encontró a mano, antes de entrar en la catedral empujando la silla de ruedas de su esposo, con una discapacidad de nacimiento. La mujer embarazada se incorporó con los dos euros en la mano y quiso devolvérselos mientras le decía: «No puedo aceptárselos. Ustedes son tan pobres como yo».
Otros, conscientes del drama cotidiano, no permiten que se vacíen los almacenes. El domingo decía a los feligreses en misa que no teníamos ni un litro de leche para repartir. Al día siguiente, se presentó un señor con 360 litros, y hay más personas que traen su parte. Así nos cuida Dios.
Estamos viviendo una situación muy difícil, que se hace llevadera por detalles como la tarta de Juan y la generosidad de los fieles. Pero ¡qué duro es contemplar cada día tantas lágrimas!
Jorge González Guadalix
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid