Alfa y Omega > Nº 772 / 9-II-2012 > Criterios
¡Una oportunidad!

«A los dos años de matrimonio y con dos hijas, tuve un grave accidente, en acto de servicio, en el que perdí los dos ojos y la mano derecha, y me quedó la cara destrozada. De la noche a la mañana, me convertí en otro hombre, por dentro y por fuera»: lo contaba en estas páginas de Alfa y Omega, hace ya casi dieciséis años, un militar que confesaba que, «hasta entonces, yo era un hombre creyente, religioso, practicante, pero pronto descubrí que esa religiosidad no me servía para dar una respuesta a la nueva situación en la que Dios había permitido que me encontrara. En mis tinieblas, ¿dónde estaba Dios? ¿Quién era este Dios? ¿Por qué había permitido esto para mí? Dios para mí era un desconocido»..., hasta que «el Señor me dio la respuesta cumplida a todos mis interrogantes. Él se encontró conmigo (la iniciativa partió de Él) a través del Camino Neocatecumenal, donde me desmontó todos mis esquemas, haciéndome ver que la fe que yo tenía era una fe infantil que ya no me servía para el momento actual que estaba viviendo. A través de este Camino, el Señor me ha ido iluminando... Hoy sé que mi historia la lleva Dios, que Él interviene en todos los acontecimientos de mi vida, que todo lo que Él ha permitido ha sido un bien para mí y puedo decir, como Job, que antes a Dios lo conocía de oídas, pero que hoy lo han visto mis ojos, mis ojos de la fe».
¡Levántate, vete; tu fe te ha salvado!: estas palabras de Jesús al leproso que, al ver que ha sido curado, vuelve a Él, agradecido, han sido las elegidas por Benedicto XVI para titular su Mensaje con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo que se celebra este sábado, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes; y explica el Papa cómo «ayudan a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, agobiados por el sufrimiento y la enfermedad, se acercan al Señor». ¡La importancia de la fe, la auténtica fe que pudo experimentar nuestro amigo militar, justamente, al ser abrazado por Cristo! Los otros nueve leprosos curados, como relata el evangelio de san Lucas, al no volver a Jesús, no pudieron experimentar ese abrazo de la fe auténtica, con lo que de nada les podía servir, en definitiva, aquella efímera salud del cuerpo. A diferencia de ellos, el leproso que vuelve, ¡un samaritano!, percibió que «la salud recuperada es signo de algo más precioso que la simple curación física, es signo de la salvación que Dios nos da a través de Cristo. Quien invoca al Señor en su sufrimiento y enfermedad, está seguro de que su amor no le abandona nunca, y de que el amor de la Iglesia, que continúa en el tiempo su obra de salvación, nunca le faltará».
Esta compañía de Cristo en su Iglesia es, exactamente, la que comenzó en su vida terrena: «La liberación de dolencias y enfermedades de todo género -decía el Papa, el pasado domingo, antes del rezo del Ángelus- constituyó, junto con la predicación, la principal actividad de Jesús en su vida pública», y esto mostraba que Él era, en verdad, la Salvación misma, esa Plenitud de vida con la que sólo Dios puede vencer todo mal y saciar la sed infinita que anida en todo corazón humano. «En efecto, las enfermedades son un signo de la acción del Mal en el mundo y en el hombre, mientras las sanaciones demuestran que el reino de Dios está cerca. Jesucristo ha venido -continúa el Santo Padre- a derrotar al Mal en su raíz, y las curaciones son una anticipación de su victoria, obtenida con su muerte y resurrección». Pues bien, hoy Cristo sigue sanando en la Unción de los enfermos, que «no debe ser considerada -en palabras del Mensaje para la presente Jornada del Enfermo- como un sacramento menor respecto a los otros». Su materia, el óleo, «se nos ofrece, por decirlo así, como medicina de Dios..., que nos debe fortalecer y consolar, pero, al mismo tiempo, y más allá de la enfermedad, remite a la curación definitiva, a la resurrección». No es banal que la palabra óleo (aceite, en griego), en el arameo, la lengua de Jesús, es mesiha, la misma raíz que mesías, ungido (cristo, en griego). Quien sana, ciertamente, y con esa Salvación definitiva, no es otro que Cristo mismo.
No sólo nuestro amigo militar, que comenzó a ver en su ceguera, testimonia el bien definitivo que supone el encuentro con Cristo, precisamente al experimentar, no ya la enfermedad, sino la radical necesidad y limitación de toda vida humana, ¡cuántos nos dan cada día este testimonio! ¡Cómo iba a ser de otro modo, si comenzó en la Cruz! «A través de los siglos y generaciones -son palabras de Juan Pablo II en su Carta Salvifici doloris, de 1984-, se ha constatado que en el sufrimiento se esconde una particular fuerza que acerca interiormente el hombre a Cristo, una gracia especial. A ella deben su profunda conversión muchos santos, como san Francisco de Asís, san Ignacio de Loyola... Fruto de esta conversión es no sólo el hecho de que el hombre descubre el sentido salvífico del sufrimiento, sino sobre todo que en el sufrimiento llega a ser un hombre completamente nuevo. Y cuando este cuerpo está gravemente enfermo, totalmente inhábil y el hombre se siente como incapaz de vivir y de obrar, tanto más se ponen en evidencia la madurez interior y la grandeza espiritual, constituyendo una lección conmovedora para los hombres sanos y normales».
La enfermedad, toda adversidad, en verdad, no es ya un obstáculo a superar, ¡es una oportunidad para vivir, y vivir en plenitud!
Solidaridad y responsabilidad
La Unión Europea se ha puesto como objetivo la creación de una economía social de mercado. La Unión Europea, entendida como una comunidad de Estados prósperos muy industrializados, tiene la responsabilidad moral específica de garantizar a largo plazo el desarrollo de una verdadera autoridad política mundial, con estructuras e instituciones supranacionales. Esta autoridad deberá estar regulada por el derecho, atenerse de manera concreta a los principios de subsidiaridad y de solidaridad, algo que a nosotros nos parece fundamental.
Además de al ingenio económico, habrá que prestar la debida atención a los principios de justicia y responsabilidad ecológica. Los Estados económicamente más desarrollados deben ir más allá de las ganancias económicas inmediatas e individuales, optando en su lugar por adoptar un papel activo en el orden económico mundial, que garantice una competencia libre y justa, y que abra la posibilidad del desarrollo a las economías nacionales más débiles. Nos gustaría aprovechar esta oportunidad para hacer, una vez más, un llamamiento urgente a los Gobiernos de todos los países de la UE para que aumenten su ayuda al desarrollo hasta el 0,7% de su PIB para 2015 y hagan un buen uso de ésta.
El proyecto de integración europea no ha sido meramente económico, sino también político y moral: debe estar al servicio de la justicia y la paz en Europa y el mundo entero. La materialización de una economía social de mercado en Europa como una comunidad de solidaridad y responsabilidad forma parte de este intento por alcanzar la paz mundial y la justicia global. La cultura actual de la culpa debería ser reemplazada por una nueva cultura de corresponsabilidad. Los cristianos estamos llamados a fomentar y desarrollar esta cultura de la corresponsabilidad. En nuestra calidad de obispos de la COMECE, informamos de que respaldamos este proyecto y reconocemos en él una importante contribución a la creación de una cultura que impulsa la globalización hacia metas de humanización solidaria.
Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea
De la Declaración sobre el objetivo de una economía social de mercado competitiva del Tratado de la UE