Alfa y Omega > Nº 772 / 9-II-2012 > Aquí y ahora > El cardenal arzobispo de Madrid
Con la gentileza de Logotipo de Análisis Digital
El cardenal Rouco, ante la Jornada Mundial del Enfermo
La fe salva hoy, como siempre
Bajo el título Tu fe te ha salvado. En la Jornada del Enfermo, el cardenal Rouco Varela dice en su exhortación semanal:


Un enfermo en el santuario de Lourdes,
después de haber recibido la Comunión
El Santo Padre nos convoca para celebrar la XX Jornada del Enfermo el próximo sábado, día 11, fecha extraordinariamente significativa para la Iglesia y para el mundo de los enfermos: se conmemora la aparición de la Santísima Virgen en Lourdes, aldea perdida del Pirineo francés, a Bernardita Soubirous, una adolescente campesina del lugar. Corría el año 1858. Hacía poco más de tres que el Papa Pío IX había proclamado el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En el último día de las apariciones, al preguntarle Benardita a la que ella llama la encantadora Señora quién era, le responde levantando los brazos y los ojos al Cielo: «Yo soy la Inmaculada Concepción». ¡Una singular y emocionante confirmación de la fe de la Iglesia y comienzo de un capítulo nuevo de la historia de la verdadera salud que Dios concede al hombre por su Hijo Jesucristo, a quien acompaña María su Madre y Madre de la Iglesia! Desde entonces, aquella desconocida localidad del sur de Francia se convierte en lugar donde la gracia redentora de la Cruz fluye como el río que atraviesa el lugar, el río Gave, y que limpia y cura almas y cuerpos con la fuerza y la alegría con la que brota el agua de la fuente regalada por la Virgen: un agua milagrosa destinada a los hombres de un tiempo, el moderno, que había dejado de creer en Dios después de haber rechazado la fe de sus antepasados en Jesucristo su Hijo, el Redentor del hombre.
La Europa del siglo XIX había elegido el camino de otra fe: la fe en el hombre y en su progreso, sin contar con Dios, e incluso contra Dios. Un amplio sector de su sociedad y de su cultura apuesta por el humanismo, impotente en todos sus intentos de vencer el mal sin el bien. Sus frutos bien amargos eran ya dolorosamente perceptibles a mediados de siglo. Los tiempos progresaban, ¡ciertamente!, pero los dramas de una sociedad dividida en clases enfrentadas en lucha abierta, ensombrecían y desbordaban las potencialidades físicas, psicológicas y políticas puestas a disposición de los planes de reformas económicas, sociales y culturales por una teoría y una técnica apoyadas exclusivamente en una ciencia elaborada de espaldas al conocimiento de Dios, no sólo por la vía de la fe, sino también de la razón. El dolor, la enfermedad, la muerte... se desvelaban, a fin de cuentas, como obstáculos infranqueables, que el orgullo del hombre y de una sociedad engreída por su progreso científico pretendían soslayar con el espejismo de que la época nueva del progreso indefinido estaba al alcance de la mano, garantizado y promovido por leyes resultado exclusivo de la razón humana. En vano. Los enfermos del alma y del cuerpo comienzan pronto a peregrinar a Lourdes. Buscan a quien de verdad les puede sanar en lo más hondo de su ser, de lo que son como personas: su corazón, su mundo interior, su libertad, su capacidad física y psicológica para esperar y comunicar el don de sí mismo a los demás. Peregrinan por millones, sin interrupción hasta nuestros días. Al comenzar el tercer milenio. El peregrino retorna siempre a casa -así ocurre con la inmensa mayoría- sano de alma, confortado verdaderamente de espíritu y, no pocas veces, sano de cuerpo. La explicación de la curación del leproso por Jesús mantiene toda su vigencia. Jesús le dice: Levántate y vete; tu fe te ha salvado. Sí, la fe salva hoy igual que en los inicios de Lourdes, como en los tiempos de Jesús, ¡como siempre! La fe viva salva plena e íntegramente al hombre en la verdad completa de lo que es espiritual y corporalmente: persona llamada al amor y a la felicidad eterna. La fe sana el alma y permite la recuperación -a veces ¡milagrosamente!- de la salud del cuerpo. Es la gracia la que, en todo caso, por la vía del amor crucificado, convierte el dolor del hombre en razón, prueba e instrumento del amor de Cristo.
La creencia moderna en el progreso, entendido de forma materialista y en la suficiencia de la capacidad humana para establecer un mundo nuevo y feliz, iba a sufrir, en la historia del siglo XX, decepción tras decepción. Las ideologías negadoras radicales de Dios pondrían pronto al descubierto a qué extremos de destrucción y de muerte puede llegar el hombre cuando se ensoberbece hasta el punto de querer ocupar el lugar de Dios, en la vida personal y en el gobierno y configuración cultural y política de la sociedad. Los campos de exterminio constituyen su índice más terrible. La primera reacción política a tanta barbarie, concluida la guerra, no podía ser otra que la vuelta a una visión trascendente de la persona humana imagen de Dios, salvada y redimida por Cristo. El acierto político y cultural del recurso al derecho natural en la doctrina jurídica y antropológica, que guió a los grandes hombres de Estado en aquella encrucijada histórica, se evidenció pronto en la reconstrucción de la Europa libre. Continuaron con el empeño del desarrollo científico en todos los campos de la vida y experiencia humanas, pero proporcionándole un marco ético y espiritual que impidiese su deshumanización.
Nos encontramos ya a comienzos del siglo XXI y muchas son las señales de alarma respecto a la probabilidad, por no decir al hecho mismo, de una nueva recaída en la tentación del hombre que prescinde de Dios y se proclama a sí mismo última instancia del bien y del mal. Se impone el poder, sin más. Entre tanto, aparecen y se propagan, por todas partes, nuevos sufrimientos físicos y psicológicos. La depresión se ha convertido en la enfermedad típica de nuestro tiempo. El dolor interior se apodera de muchas vidas jóvenes. ¿De quién y cómo nos vendrá la salvación? Benedicto XVI nos indicaba la dirección para encontrar la respuesta, en el Vía Crucis de la JMJ 2011 de Madrid: «La Cruz no fue el desenlace de un fracaso -decía el Papa-, sino el modo de expresar la entrega amorosa que llega hasta la donación más inmensa de la propia vida. El Padre quiso amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado por amor». En el encuentro con los jóvenes discapacitados, en el Instituto San José de Carabanchel, el Papa los denomina testigos que «nos hablan ante todo de la dignidad de cada vida humana creada a imagen de Dios. Ninguna aflicción es capaz de borrar esta impronta divina grabada en lo más profundo del hombre. Sí, el camino de la fe en Jesucristo, Redentor del hombre, sigue abierto para todos los que en el tercer milenio busquen sinceramente la verdadera salud». El Señor no deja de repetirnos: «Tu fe te ha salvado».
+ Antonio Mª Rouco Varela
© 2006. Alfa y Omega, Semanario católico de información. Fundación San Agustín, Arzobispado de Madrid