Alfa y Omega > Nº 772 / 9-II-2012 > Día del Señor > La voz del Magisterio
La voz del Magisterio
Ha parecido al santo Concilio añadir a la doctrina de la Penitencia, la del sacramento de la Extremaunción [Unción de los enfermos], que los Padres han mirado siempre como el complemento no sólo de la Penitencia, sino de toda la vida cristiana, que debe ser una penitencia continuada. Respecto de su institución, declara y enseña que, así como nuestro clementísimo Redentor, con el designio de que sus siervos estuviesen provistos en todo tiempo de saludables remedios, les preparó en los demás sacramentos eficacísimos auxilios, del mismo modo fortaleció el fin de la vida con el sacramento de la Extremaunción, como de un socorro firmísimo. Instituyó esta sagrada Unción de los enfermos, como verdadero y propio Sacramento del Nuevo Testamento, insinuado en el evangelio de Marcos (6, 13: los discípulos sanaron a muchos enfermos ungiéndolos con aceite) y recomendado e intimado a los fieles por Santiago apóstol y hermano del Señor: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Haga venir los presbíteros de la Iglesia, y oren sobre él, ungiéndole con aceite en nombre del Señor; y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor le dará alivio; y si estuviere en pecado, le será perdonado». La Iglesia ha entendido que la Unción representa con mucha propiedad la gracia del Espíritu Santo, que invisiblemente unge al alma del enfermo. El fruto y el efecto de este sacramento es la gracia del Espíritu Santo, cuya unción purifica de los pecados, si aún quedan algunos que expiar, así como de las reliquias del pecado; alivia y fortalece al alma del enfermo, excitando en él una confianza grande en la divina misericordia; y alentado con ella sufre con más tolerancia las incomodidades y trabajos de la enfermedad, y resiste más fácilmente a las tentaciones del demonio, que le pone asechanzas para hacerle caer; y, en fin, le consigue en algunas ocasiones la salud del cuerpo, cuando es conveniente a la del alma.
Julio III, Concilio de Trento, 14ª sesión: Sobre la Unción de los enfermos, Proemio y cc.1-2 (1551)