Alfa y Omega > Nº 772 / 9-II-2012 > Desde la fe > Televisión
Televisión
264 minutos

A estas alturas de siglo, sabemos que la técnica no es un elemento extraño al ser humano, sino que estamos comprometidos con ella irremediablemente. Las nuevas tecnologías de la información, por ejemplo, no son artefactos ajenos a mí, y por tanto no impactan en mi mundo como meteoritos, sino que yo soy un ser tecnológico. La televisión sigue siendo esa criatura mimada a la que prestamos una intensiva dedicación. En enero, los audímetros se han disparado, y los medios han recogido un sorprendente titular: Enero es el mes de la Historia en el que más televisión hemos visto. Evidentemente, el estudio llega hasta mediados del pasado siglo, que si nos remontamos a los godos, la cifra de espectadores se reduce mucho. Pero el resultado es digno de análisis. Hemos consumido 264 minutos por persona, al día. Haciendo la cuenta debida, son 4 horas y 24 minutos por espectador, cifra que supera el récord conseguido en noviembre de 2011, con 262 minutos. Andalucía (280 minutos) encabeza el ranking por Comunidades que más han visto la tele en enero, mientras que Canarias es la de menor consumo (239 minutos).
Es interesante advertir que, con la destrucción del paro en su momento álgido y con un 2012 que todos los analistas económicos han profetizado negro como un nido de cuervos, hayamos escogido el consuelo de las series españolas. Pero la imagen puede que sea el verdadero opio del pueblo, si no la generamos nosotros. Me explico: la lectura de un poema o de un relato breve produce en el cerebro eso que en bruto pudiéramos denominar una sucesión de imágenes, una película. Es una autogeneración, no una realidad que se nos impone y exige pasividad, sumisión. Cuando el Señor relataba las parábolas, provocaba en el oyente un proceso de elaboración personal y de interpelación.
Decía Nabokov que el mayor sueño del escritor consiste en convertir al lector en espectador, en hacer de él una persona co-creadora con el artista. Los neurocientíficos ya saben que, por la desmedida presencia de la imagen externa, nuestro cerebro procesa la realidad de otra manera a la de nuestras anteriores generaciones, con análisis mucho menores y adelgazados. Es verdad que no todos los que aparecen en el estudio somos asiduos a la televisión, pero los que ven televisión ven mucha televisión.
Javier Alonso Sandoica
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