RetrocesoA&ONº 215/1-VI-2000SumarioEn portadaContinuar

Niños santos

La beatificación de los pastorcillos de Fátima ha puesto de actualidad una cuestión muy novedosa en la vida de la Iglesia: la canonización de los niños. Si consideramos como niños a los menores de quince años, resulta que en toda la historia de la Iglesia niños santos hay varios, pero niños santos confesores no mártires, antes de los pastorcillos de Fátima, sólo han sido elevados a los altares un niño y una niña: Santo Domingo Savio (1842-1857), canonizado por Pío XII en 1954, y la Beata Laura Vicuña (1891-1904), que murió a los doce años y medio y fue proclamada beata por Juan Pablo II en 1988.

Precisamente en 1988, con motivo del IV centenario de la Congregación de las Causas de los Santos (1588-1988), se elaboró un documento sobre la canonización de los niños confesores. Para ello, se reunieron diferentes expertos-juristas, psicólogos y teólogos, etc.- para examinar los impedimentos que paralizaban un buen número de procesos abiertos. En casi todos los casos la exigencia jurídica de haber vivido durante diez años las virtudes heroicas era suficiente para detenerlos, pues casi ninguno había vivido una década de uso de razón; y, en más de un caso, ni tan siquiera cumplieron los diez años. Éste es el caso de la madrileña María del Carmen González Valerio (1930-1939), a la que ya se le han reconocido las virtudes heroicas y ha sido declarada Venerable, o de la italiana Antonieta Meo (1930-1937), conocida como Nennolina, que se fue al Cielo con tan sólo seis años y medio y tiene abierta la Causa del más joven de los niños confesores, dos de cuyos milagros han sido relatados por Garrigou-Lagrange, uno de los maestros intelectuales de Juan Pablo II.

Así pues, era evidente que, como en otras ocasiones, una vez más el Derecho iba detrás de la vida, y que, por lo tanto, había que reformar los cánones en ese punto y reducir a cuatro o cinco años los exigidos a los niños para vivir la virtudes. Reducción que, por lo demás, tampoco sería ni un privilegio ni una rebaja de su santidad, porque si a una persona que falleciera con ochenta años sólo se le exige haber vivido una octava parte de su vida las virtudes en grado heroico, a un niño-con la reducción incluida- lo que se le pide es haber sido virtuoso en grado heroico en el cien por cien de su vida.

La Congregación de las Causas de los Santos también tuvo en cuenta el dictamen de los psicólogos, quienes afirmaron que los niños pueden ser capaces de vivir las virtudes en grado heroico con plenitud de conocimiento y voluntad. En efecto, la auxología, o ciencia del crecimiento, admite que el uso de razón, generalmente, sobreviene entre los seis y los siete años, pero que puede haber anticipaciones llamativas, como es el caso de los llamados niños prodigio, capaces de una madurez plena en actividades artísticas, literarias o científicas.

Podría seguir con las exposiciones de los expertos, pero es necesario ir a lo fundamental. En efecto, en ese documento se concluye que los niños pueden ser santos, por una elemental razón teológica. Y la razón teológica no podía ser otra que la llamada universal a la santidad, proclamada por el Concilio Vaticano II. Y es que, si a los niños no se les puede reconocer su santidad, la llamada universal a la santidad no sería tal. De ahí la trascendencia que tendrá para la Iglesia universal la elevación a los altares de estos primeros cuatro niños, que ya han abierto camino.

¿NIÑOS SIN DIOS?

A mi juicio, no es ninguna casualidad que precisamente el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, que desde la fundación del Opus Dei en 1928 se adelantó al Concilio Vaticano II en proclamar la llamada universal a la santidad de todos los bautizados, dedicara buena parte de su tiempo, cuando todas las horas eran pocas para poner en marcha el Opus Dei, a escuchar miles de confesiones de niños en las barriadas más pobres de Madrid. Por lo demás, la atención espiritual a los niños fue una de las constantes de su predicación y así se lo enseñó a vivir a sus hijos. Y, efectivamente, así tratan de vivirlo tantos miembros del Opus Dei, en algún caso tan ejemplarmente como los padres de Alexia González-Barros y González (1971-1985), cuyo proceso está abierto. La vida de Alexia ha hecho tanto bien a tantas almas, jóvenes y no tan jóvenes, que no puedo por menos que recomendar a los lectores de Alfa y Omega la lectura de las diferentes biografías de Alexia que se han publicado.

Como se sabe, fue san Pío X quien decretó el adelanto de la Primera Comunión al uso de razón, que hasta entonces se solía recibir a partir de los doce años. Por lo demás, es de sobra conocida la respuesta que san Pío X dio al obispo de Valence: En Francia se crítica ásperamente la Comunión precoz, que Nos hemos decretado, sin embargo decimos que, por ella, habrá santos entre los niños y vos lo veréis. Tal afirmación es conocida como la profecía de san Pío X, lo que, sin restarle por mi parte tal carisma profético al santo Pontífice a quien mucho venero, parece de una lógica aplastante. Me explico, si por deseo de Jesucristo la gracia santificante se transmite a través de los sacramentos, o los niños se santifican a golpe de acciones extraordinarias del Espíritu Santo, o si se les retrasa los sacramentos la concupiscencia y las malas inclinaciones tienen todo el campo libre, ya que nadie, ni siquiera los niños por muy inocentes que sean, se libra del pecado original y de sus consecuencias. Por desgracia, no pocas veces recibimos la noticia de tal o cual corrupción de menores a manos de algún degenerado, pero más dañina y generalizada que todas esas perversiones-siendo gravísimas y perseguibles por la ley- es la corrupción de toda las corrupciones de menores, y ésa no es otra que presentar a las niños un mundo sin Dios.

Javier Paredes