RetrocesoA&ONº 202/2-III-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar

IX Domingo del tiempo ordinario
Las espigas y el Señor del sábado

Hay escenas del evangelio que superan el nivel de la simple anécdota histórica. Son, en la pluma de los evangelistas, hermosas catequesis que pretenden, al modo de las acciones simbólicas de los profetas, revelarnos profundos matices de la persona de Jesús. Una de esas acciones es la de las espigas arrancadas en sábado que, en el evangelio de Marcos, forma parte de las llamadas controversias galileas, en las que Jesús discute con los fariseos sobre su persona y su autoridad. Que estas controversias debieron ser muy duras lo indica la frase con que san Marcos las concluye, en la escena siguiente: En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarlo. Desde el inicio de su ministerio, determinan su muerte.

A nosotros puede hacernos sonreír que arrancar espigas provocara tal indignación entre los fariseos que fuese uno de los motivos influyentes en la condena y muerte de Jesús. Pero no olvidemos que lo que reclama Jesús, en la escena de hoy, es tener autoridad sobre el sábado. Y esto para un fariseo era insostenible; se acercaba a la blasfemia. Ya se decía, en tiempos de Jesús, que por encima del templo y del sábado, sólo estaba Dios. Cuando Jesús dice que el Hijo del Hombre también es señor del sábado, está afirmando no sólo su autoridad sobre Moisés, que mandó santificar el sábado, sino su dominio sobre el sábado que le sitúa en el nivel del mismo Dios. De forma indirecta, pero clara y rotunda, Jesús se arroga autoridad divina. Por eso, justifica que sus discípulos hagan algo que está prohibido en sábado y que él mismo realice curaciones en sábado. Con estas acciones simbólicas, podemos decir que Jesús provoca a sus oponentes para hacerles comprender que en Él está cumpliéndose el Reino de Dios.

Tenía razón, pues, san Atanasio cuando afirmaba que para encontrar el verdadero sentido de las Escrituras, es preciso no leerlas de pasada, sino examinar atentamente el tiempo, las personas, las causas que intervienen en lo que está escrito. Quien se aplique así a la lectura del evangelio, descubrirá que detrás de cada palabra y gesto de Jesús, detrás de cada escena por sencilla que parezca, se esconde la causa de todo el evangelio: la persona de Cristo, cuya transcendencia supera la ley, el sábado y el Templo, por la única razón de que en Él reside, como dice san Pablo, la plenitud de la divinidad. Así se entiende que hasta el gesto de arrancar espigas le sirva al Señor para revelar quién es Él, y para provocar la adhesión a su persona.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Evangelio

Un sábado atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?

Él les respondió: ¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros.

Y añadió: El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado.

Marcos 2, 23-28


Año de Gracia

Plugiese a Dios que así nos preciásemos de ser cristianos como nos gloriamos de nombre. Pero sabemos que hay millares de hombres en la Iglesia que, preguntados por su religión, ni saben la razón del nombre ni la profesión que hicieron en el baptismo, sino, como nacieron en casa de sus padres, así se hallaron nacidos en la Iglesia- Hombres cristianos de título y de ceremonias y cristianos de costumbre, pero no de juicio y de ánimo. Porque, quitado el título y algunas ceremonias cristianas, de la sustancia de su religión no tienen más que los nacidos y criados en las Indias.

Fray Bartolomé Carranza
(año 1558)

La fe es cierta, más que todo conocimiento humano, porque se funda en la Palabra misma de Dios, que no puede mentir.

Es inherente a la fe que el creyente desee conocer mejor a Aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado; un conocimiento más penetrante suscitará a su vez una fe mayor, cada vez más encendida de amor. La gracia de la fe abre los ojos del corazón para una inteligencia viva de los contenidos de la Revelación, es decir, del conjunto del designio de Dios y de los misterios de la fe, de su conexión entre sí y con Cristo, centro del Misterio revelado. Ahora bien, para que la inteligencia de la Revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones. Así, según el adagio de san Agustín, creo para comprender y comprendo para creer mejor.

Catecismo de la Iglesia católica