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Laico es bonito. ¿Por qué no apropiarse de este título estampado sobre la cubierta del último número de la revista italiana Micromega? Cierto, sería necesario despojarlo de todo lo que se resiente de una dialéctica clerical-anticlerical, algo que oscurece en vez de resaltar la belleza de ser laico. Hay un laicismo ya anacrónico que se alimenta con la contrafigura de una Iglesia sujeta al poder. En realidad, no soporta las preguntas y los testimonios de vida cristiana que han emergido en este Año Jubilar, ni tampoco los juicios y las obras de los católicos en campos que deberían permanecer ajenos a ellos. La caricatura a la que se aferran se manifiesta sintéticamente así: el laico es el no creyente opuesto al creyente, aquel que se deja guiar por un análisis racional, en vez de por una ideología religiosa; aquel que elige según conciencia y libertad, a diferencia de quien sigue los dogmas y los preceptos de una Iglesia. La tolerancia, luego, pide el respeto de cada creencia y del cristianismo en particular, siempre que éste acepte adecuarse, en última instancia, a un horizonte mundano. Muchos hacen honor al conocido dicho de Croce: No podemos no decirnos cristianos, dejando claro que se haga referencia real hoy a retazos de la tradición, entendida como un hermoso objeto de museo. Es bien acogido también un cristianismo como preferencia irracional, sentimental, entre los muchos productos varios e intercambiables de religiosidad vaga que abundan en la vitrina de la sociedad del consumo y del espectáculo, medicina espiritual para aquellos que no logran soportar la tempestad y el stress de la vida. Es bien vista, en fin, su reducción a mero símbolo de compasión, a edificante voluntariado social, a input ético de reclamo a los valores comunes de una sociedad siempre más disgregada, violenta y confusa. Sin embargo, no hay ninguna contradicción verdadera entre laico y cristiano. |
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De hecho, la experiencia cristiana verdadera presupone y exalta la razón, como viene una vez más corroborado en la preciosa enseñanza de la Fides et ratio. Es más, aquélla ayuda a liberar a la razón de su esclavitud racionalista, reducida a razón técnica, instrumental, a un sola dimensión. ¿No es quizás irracional descartar, censurar, los interrogantes más profundos sobre el sentido de la vida y , por lo tanto, también del sufrimiento y de la muerte que suscitan las preguntas y los anhelos de verdad, de felicidad plena y de justicia, tan laicas como que son connaturales a la persona humana? ¿No sería arbitrario declarar dogmáticamente su no pertinencia? ¿Hay algo más irracional que concebir la vida como una pasión inútil, un enigma, en última instancia, irresoluble, el camino de un ciego hacia la nada?
El camino heroico de quien afronta la vida jactándose de no tener respuestas es apología nihilista, incapaz de dar razones de vida y de esperanza, de dotar de energías constructivas para la persona y para la sociedad. Más eficaz, pero no menos irracional, es la gigantesca y capilar obra de distracción que pretende atrofiar aquellas preguntas y deseos, banalizando la conciencia y la experiencia de lo humano. Laico es bonito cuando se acepta el reto de una razón sin confines, abierta a toda posibilidad..., también a Cristo, al menos como hipótesis. Y es más bonito incluso porque toda apertura de la razón no puede defraudar. Desde hace dos mil años, de generación en generación, muchos hombres han encontrado a Jesucristo y experimentado su Presencia como respuesta plena, sobreabundante, de los interrogantes, deseos y esperanzas del propio corazón, es decir de la propia razón y afectividad. Laico es bonito cuando el encuentro y el seguimiento de Cristo cambia la vida y, no obstante todos nuestros límites, nuestras miserias, nuestras resistencias, la hace más humana en el amor entre marido y mujer, en la educación de los hijos, en las amistades, en el estudio y en el trabajo, en cada dimensión y gesto de la existencia. Laico es bonito porque es un tomarse en serio la propia vida, agradecidos y apasionados con ella y, por tanto, movidos por una pasión por la vida y el destino de los otros. Laico es bonito porque la belleza de la vida no es la conquista de un moralismo heroico, al final sofocante y frustrante, con sus inevitables caídas de fariseismo inquisitorial, sino que es fruto de un don, gratuito, no merecido, que pide simplemente la sencillez de un fiat y la petición de una Compañía misericordiosa. Laico es bonito porque se tiene el corazón abierto, de par en par, para acoger y compartir, más allá de los confines eclesiásticos visibles, más allá de etiquetas ideológicas, todo signo, por pequeño que sea, de bien, de verdad y de belleza en la aventura humana. Guzmán Carriquiry Lecour |