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Nunca nos cansamos de contemplar la vida de Cristo, nuestro Salvador. En Él descubrimos a Dios, el sentido de la Historia y de la existencia humana. Toda la vida de Jesús es manifestación del amor de Dios a los hombres. Pero es en su muerte y resurrección donde esta manifestación más brilla; es en el misterio pascual donde la gloria de Dios, expresión de su presencia amorosa, se hace resplandor, presencia viva de su Espíritu Santo que es Amor. Amor que se hace hoguera en la cruz y lucero sin ocaso en la resurrección. Él mismo dijo: He venido a traer fuego a la tierra; ese inmenso amor se hace memorial y mandamiento en el Jueves Santo, día en que Jesús nos manifestó un amor hasta el extremo, con palabras, con signos y con gestos inolvidables. En la Eucaristía recordamos y actualizamos este amor entregado, servicial, hasta la muerte; este amor vencedor de toda muerte.
La comunidad que celebra el Jueves Santo con autenticidad, en Espíritu y verdad, recuerda y reaprende, cada año, a servir, a lavar los pies, a curar las heridas, a levantar a los caídos, a luchar por los indenfensos, a integrar a los excluídos. Aprende a compartir lo que somos y lo que tenemos, a alimentar a los hambrientos, a fortalecer a los débiles, a proteger a los desvalidos, a promocionar a los discapacitados, a ofrecer oportunidades a cuantos carecen de ellas. Aprende a convivir, a crear comunidad, a vivir en solidaridad, sin parcialidad, sin excluir a nadie, a hacer compañeros y hermanos, a comulgar con todos, especialmente con los que más sufren y están más necesitados, que es otra manera de comulgar con Cristo. Aprende y acoge la unidad con Dios. Aprende a morir, a gastarse por los demás, a dejarse partir como el pan, a perder la vida como el grano de trigo, para producir más vida. Y aprende a resucitar, dóciles al impulso eficaz del Espíritu, a dejar emerger el hombre nuevo, libre y solidario, el de manos gastadas y corazón encendido, fermento de una sociedad nueva, más digna del hombre, más según Dios. En la Eucaristía recibimos, en primer lugar, el cuerpo de Cristo y la unión con Dios, raíz de toda comunión con los hermanos. |
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LOS CULPABLES DEL MAL
Cáritas orienta nuestra mirada hacia todos aquellos que no tienen sitio en ninguna mesa. No son pocos, son muchos millones, son la mayoría. La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro no es cosa del pasado, es de lo más actual, sólo que multiplicados los Lázaros por millones y en situación más hiriente y escandalosa. Este amor preferencial... no puede dejar de abarcar las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor; no se puede olvidar la existencia de esta realidad. Ignorarlo significaría parecernos al que fingía no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta. Muchas veces culpamos a Dios de nuestros males y miserias. Lanzamos preguntas al cielo sobre el por qué de tantos sufrimientos: ¿No le importa a Dios que sus hijos sufran? ¿No hace nada Dios para remediarlo? La primera respuesta es que Dios también sufre con nosotros, no es impasible. La segunda respuesta se llama Jesucristo, que se acerca misteriosamente a todo hombre, al hombre caído y herido; que ofrece la medicina definitiva de su persona que nos da el Espíritu Santo al que está triste y enfermo; que carga sobre sí mismo todo el sufrimiento humano y lo redime, lo hace sacramento, convirtiendo la maldición en fuente de gracia. La tercera respuesta es el hombre, somos cada uno de nosotros. Dios nos ha hecho con capacidades creadoras y liberadoras. El hombre, responsable de tanto dolor y tantas lágrimas, está llamado a aliviar ese dolor y enjugar esas lágrimas, y entonces Dios actúa por medio de nuestras manos. El hombre, cuando deja de hacer mal uso de su libertad, cuando actúa tal y como ha sido creado, a imagen y semejanza de Dios, entonces es capaz de hacer un mundo nuevo en donde no haya injusticias y desigualdades. Millones de Lázaros siguen llamando a la puerta de la sociedad opulenta y epulona. Pero los de dentro apenas escuchamos, por el aturdimiento de la fiesta. A veces les arrojamos algunas migajas-los excedentes- para acallarlos, y que no molesten. A veces utilizamos nuestros perros guardianes para que no se nos aproximen demasiado. Es una sociedad sorda y ciega, fría e inmisericorde, como en los tiempos de los antiguos profetas: Tus ojos y tu corazón buscan sólo tu propio interés, sangre inocente que derramar, opresión y violencia que ejercer. Los ojos y el corazón de nuestra sociedad están en el lucro y el beneficio, a costa de lo que sea, porque las leyes del mercado no tienen entrañas. El grito de los que están fuera apenas se escucha. Y los que están fuera gritan cada vez menos, porque no tienen ya fuerzas, y mueren por miles cada día a causa del hambre y la miseria. Lázaro sigue llamando a tu puerta. Sos los inmigrantes; los maltratados; los encarcelados; los ancianos solos y abandonados; los que no tienen acceso a un puesto de trabajo; los niños a quienes se les niega el derecho a la vida y a un crecimiento afectivo estable; los ancianos y los incurables amenazados. No podemos desoír sus peticiones de ayuda. Puedes salvar a Lázaro. Puedes, todos podemos y debemos ser manos de Dios para Lázaro. Que Jesús, muerto y resucitado, compañero en el camino de la vida, que se dio a conocer por los discípulos de Emaús al partir del pan, nos haga capaces de reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos para anunciarles la Buena Nueva mediante la caridad y el testimonio del compartir, porque la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras. |