RetrocesoA&ONº 255/12-IV-2001SumarioLa vidaContinuar
Libros de interés
Estas casi 400 páginas, que el prestigioso historiador Antonio Domínguez Ortiz acaba de publicar en la colección Historia Biblioteca Clásica, de Marcial Pons Editores, bajo el título España, tres milenios de historia, constituyen un original y ejemplar modo de contar y enseñar la historia de España: no es una historia al uso compuesta por una retahíla de años y de batallas, sino un análisis humanista de las corrientes vitales de la vida de nuestro pueblo, a través de los últimos tres milenios.

No es fácil una síntesis así, y justamente por ello es tanto más de agradecer ésta que el autor llama, humilde pero verídicamente, una ojeada al conjunto. Es una ojeada que responde a una necesidad profunda y muy sentida: llenar el vacío espantoso que deja la ausencia de una auténtica enseñanza en los actuales planes de enseñanza obligatoria, y que deja como secuela unas generaciones escolares ayunas de verdadera formación histórica. En este imprescindible cañamazo de historia habrá quien eche de menos más páginas dedicadas al Cid, o a Castilla, pero en él aparece una nítida imagen de la España nación y madre de muchos pueblos. Es el análisis de un humanista español y con mucho sentido común.

Ediciones Encuentro ofrece, con estas páginas, la primera antología de textos de Flannery O’Connor publicada en España. Dos de los ocho cuentos y los tres ensayos de la autora, nacida de una familia católica en 1925 en el sur de los Estados Unidos, se publican por primera vez. En un exhaustivo y magnífico prólogo, que escribe Guadalupe Arbona, se encuentran las claves de la actualidad y del interés profundo que la fe católica da a estos textos, que no quieren dar doctrina, sino ser testimonio de una mirada. Sus cuentos nacen de lo que ella llamó el realismo cristiano. No hay nada más fuerte o menos sentimental, que el realismo cristiano. La nuestra-escribe Flannery O’Connor- es una generación de gallinas sin alas, que es lo que Nietzsche quería decir cuando afirmaba que Dios había muerto. Sólo escribió dos novelas, 32 cuentos y algunos ensayos, pero en todas sus páginas hay un significado misterioso a la vez que encarnado. Cuando murió, en 1964, sólo tenía 39 años, pero sus narraciones se oyen, ven, gustan, y hasta huelen. O’Connor no podía plegarse a los imperativos de una América homologada; pedía la libertad de poder, al menos, preguntarse si la alegría era más abundante en esta nuestra próspera sociedad. Entrevió con lucidez que la religión no era el opio, sino la poesía del pueblo.