|
|
Acaba de ser descubierto, muerto de agotamiento sobre un banco cercano al Metro de Lago, en Madrid, Juan Pueblo, cincuenta y siete años, que había salido de su casa hace seis días en busca de trabajo.Le había afectado mucho que lo despidieran de la fábrica donde trabajaba hacía muchos años, desgracia que coincidió con la muerte de uno de sus siete hijos, a quien mataron a la salida de una discoteca. Había anunciado su intención de no regresar a su casa hasta que encontrase trabajo. Las negativas a darle colocación, basadas en su edad, aumentaron su desánimo. Durante los seis días de su desaparición, durmió en unos bancos del parque, y apenas comió. La investigación realizada por el comisario del distrito reveló que se trataba de una muerte natural. ¡El comisario tenía razón! Estaba clarísimo que se trataba de una muerte natural. En el Siglo de la Productividad, despedir de la fábrica a un viejo obrero, padre de siete hijos, es muy natural, quizás hasta necesario. A uno de sus siete hijos acababan de matarlo; y, en esas circunstancias, el padre no debía rendir mucho en la fábrica. Ustedes comprenderán que eso de no estar en forma cuando se tienen cincuenta y siete años, y se trabaja en cadena, es un asunto delicado... ... No hallar una colocación a esa edad es muy natural. ¿A quién podemos culpar de esto? Lo importante es la productividad. Pero cuando, durante diez días seguidos, entra un hombre en su casa con la cabeza baja y un paso tan cansado y el aire tan deprimente, ni siquiera es preciso preguntar: ¿Cómo ha ido eso?, pues ya se teme la respuesta. |
|
Cuando se tiene la impresión de que los amigos, los vecinos, e incluso los hijos, le consideran a uno una persona acabada, ¿qué puede uno hacer? Lo mismo a los cincuenta y siete años, que a los veintisiete, se enfrenta con la misma situación: Maldita sea, no volveré antes de haber encontrado trabajo. ¡Ya verán ustedes si soy capaz!...
En un instante, con sólo decir esas palabras, se convierte de nuevo en un nuevo hombre, en un hombre capaz, en un hombre... Pero ¿qué puede importar eso en las oficinas de colocaciones? ¿Qué les importa a ellos que uno haya dicho: Maldita sea, ya verán si soy capaz...? ...Si lo ven enseguida, una miradita sólo a las canas... ¿Qué edad tiene usted?... Lo sentimos mucho, pero ya comprenderá usted. Lo comprende muy bien. ¡Comprende que no hay sitio para él en ninguna parte! Tantos años de trabajo, tantos años de proletariado, y ahora sólo tiene eso, la prole, que como ha sido numerosa, siete hijos, no le han permitido ahorrar mucho. Él no pedía mucho: sólo seguir desriñonándose como los demás. ¡Imposible! La productividad... cincuenta y siete años. Entonces el viejo obrero experimenta un nuevo sentimiento: la vergüenza. Se da cuenta que tienen razón los otros, que es una persona acabada... Su último, su único compañero-él mismo-, le retira su confianza. Todos los que pasan a su lado, que lo ven sentado en la calle Preciados, aquellos que salen apurados de los grandes almacenes, parecen reprocharle algo. Cuando ve a un transeúnte que mira a su reloj, le está probando que a él lo han excluido del tiempo. ¿Dónde poder refugiarse para estar lejos de toda esta gente? En los parques de los alrededores de la Ciudad, en Lago. Conoce bien este parque, llevaba allí a sus hijitos en los buenos tiempos..., era un 15 de abril como hoy, aquel Domingo de Pascua de Resurrección, pero hacía más calor, o sería porque yo iba más abrigado..., o porque era más joven. Cae la tarde, los faroles se encienden, los pájaros se callan: están ya en sus casas, todo el mundo está ya en su casa a esta hora..., menos él. La madrugada está ya muy avanzada, el hombre de los cincuenta y siete años se acurruca en el banco del parque... El que duerme come; sí, eso dicen, que el dormir alimenta; pero lleva seis días que apenas ha comido nada; tose, tiembla. En aquel momento piensa volver a casa, pero le es imposible, no puede sostenerse en pie. No es que tenga cincuenta y siete años, sino que ya no tiene edad. Ha entrado, sin saberlo, sin darse cuenta, en aguas territoriales de la muerte. En su cabeza vacía suenan ya los grandes órganos, y las campanas... Sí, ya tocan para él las campanas, que están doblando a su muerte. Piensa en su mujer, en sus siete hijos, vuelve a ver sus caras, pero no las que tienen ahora, sino las que tenían en los buenos tiempos. Y al hijo que le mataron a la salida de la discoteca lo ve entre los otros, como si nada hubiese pasado. Porque él, el padre, también ha pisado ya el otro lado de la frontera. Pero en sus labios hay una sonrisa de paz, cuando se despide para siempre diciendo: Padre nuestro que estás en los cielos..., y perdona mis deudas, así como yo perdono la de mis deudores. José Laguna Menor |