RetrocesoA&ONº 256/19-IV-2001SumarioEn portadaContinuar
La fidelidad: ¿un valor imposible?
¿Es posible mantener la fidelidad con unas estructuras sociales cambiantes?
¿Es la fidelidad un valor inherente a la persona, o está ligado exclusivamente
a ciertas instituciones hoy en crisis? ¿Es posible conjugar la fidelidad con
una sociedad post moderna cada vez más basada en el valor del cambio?
Inma Álvarez

Fidelidad (del lat. Fidelitas, -atis) f. Lealtad, observancia de la fe que uno debe a otro. Ésta es la primera acepción de un término que, a decir de muchos, tiene difícil cabida en la sociedad moderna. No se circunscribe exclusivamente a la fidelidad matrimonial, sino que abarca un abanico más amplio: la fidelidad a la amistad, a las propias creencias y raíces políticas y morales, al trabajo o a la vocación profesional, a la palabra dada, etc.

Quizá el ámbito donde la evolución social ha sido más evidente es en el empresarial, como consecuencia de la globalización, de la necesaria apertura de los sistemas y del consiguiente aumento de la competitividad. De un modelo de empresa, por ejemplo, piramidal, fuertemente jerarquizado y basado en la estabilidad laboral, se ha pasado a una nueva organización del trabajo en la que se exige una gran capacidad de cambio y adaptación a las exigencias de los mercados, y en la que el modelo estructural es más horizontal y flexible, y por tanto más eficiente. La llegada de las nuevas tecnologías ha dinamizado aún más las relaciones dentro de la empresa: sucede con la posibilidad de trabajar a distancia, por ejemplo, desvinculando al trabajador de su ámbito laboral y haciéndolo depender más de su propia iniciativa. Las empresas se crean, destruyen, se funden, se separan, se adaptan a los cambios y evolucionan cada vez de forma más rápida, una vez rotas las barreras nacionales. En otras palabras, cada vez es más difícil encontrar el trabajo para toda la vida.

La globalización no sólo afecta a las estructuras económicas: ha impuesto un modelo de sociedad totalmente distinto, al intensificar las comunicaciones de personas y de ideas; muchas estructuras rígidas, como por ejemplo la pertenencia a un entorno social, a un país o a una cultura, se han debilitado enormemente. La intercomunicación de ideas y culturas ha producido también una atomización social en la que la identidad cultural se ha fragmentado enormemente. Esta posibilidad del individuo de acceder a un mercado de las ideas ha producido una cierta pérdida de identidad social, que hace que el deber de fidelidad se haya difuminado enormemente. Simultáneamente, se asiste también a un fenómeno curioso: frente a la globalización surge también la necesidad de reafirmar la vigencia de ciertas estructuras, lo que podría explicar, en parte, el cada vez mayor auge de los nacionalismos. Las empresas lanzan continuamente campañas de fidelización para acotar mercados excesivamente cambiantes; aparecen nuevas señas de identidad, como la pertenencia a clubs, etc.

UNA SOCIEDAD BASADA EN EL CAMBIO

En fin, no se trata de entrar en profundidad en fenómenos tan complejos, sino de dar breves pinceladas que permitan comprender por qué la fidelidad como valor parece haber perdido su significado real y su contenido tradicional. Hay instituciones seculares, como los contratos de palabra, que tenían su sentido en una sociedad de estructuras estables y reducidas, donde las partes basaban su acuerdo en relaciones personales directas, y que hoy es casi imposible aplicar. No hace mucho, uno tenía a gala, por ejemplo, el ser cliente de un Banco durante generaciones; o de comprar siempre en los mismos establecimientos. Ese tipo de instituciones sociales ha entrado netamente en crisis, digamos, por necesidades del guión. No digamos el Ejército, por poner un caso cercano en España: de un concepto de lo militar basado en la obediencia, la fidelidad, etc., se pasa a un modelo de ejército profesional en el que parece equipararse a una profesión más. Pero, junto a estas instituciones, más circunstancialmente ligadas a modelos sociales concretos (el Ejército profesional era una estructura típicamente medieval, por ejemplo; el Ejército que hoy conocemos es una creación del Estado moderno), el valor cambio afecta también a estructuras profundas como el matrimonio o las relaciones personales, e incluso a la propia identidad personal. Algunos expertos temen, por ejemplo, que con la introducción de la realidad virtual se pueda despersonalizar la comunicación humana hasta límites considerados hasta hace poco como ciencia ficción. Y es ahí donde se corre el riesgo de que el cambio de estructuras se convierta en una desestructuración, en una desatomización que deje al ser humano sin anclajes y empobrecido en sus relaciones con los demás.

Tomando, por ejemplo, el caso de las relaciones de pareja, el cambio sufrido en España desde la introducción del divorcio ha sido rápido y evidente: según datos del INE (Instituto Nacional de Estadística), en 1990 se produjeron 36.272 separaciones y 23.191 divorcios, mientras que en 1997 las cifras eran de 54.728 y 34.147 respectivamente. Aumentan los matrimonios civiles (en 1996 supera el 23%, mientras que en 1990 era el 19%) en la proporción en la que disminuyen los primeros matrimonios. Por otro lado, los medios de comunicación, que son los que dirigen y reflejan la cultura actual, manejan un concepto de matrimonio cada vez más alejado de su definición original. De hecho, encontrar en las series de ficción, en los debates o en los programas de contenido social un modelo de matrimonio de siempre resulta cada vez más difícil. Los personajes se unen, se separan, se unen a otras personas, se plantean la infidelidad, etc. normalmente y sin traumas.

Y, sin embargo, según las encuestas de opinión del CIS (Centro de Estudios Sociológicos), la fidelidad sigue siendo el valor más importante para los españoles en sus relaciones afectivas. Según el sondeo Actitudes y conductas afectivas de los españoles (1995), un 82% consideraba que, si se ama verdaderamente, se es fiel siempre; un 67% creía que una relación amorosa debería durar toda la vida; eso sí, el 45% consideraba que, si se acaba la pasión de los primeros tiempos, lo mejor es abandonar la relación. Según otros estudios del mismo Centro (Hijos y parejas y Los jóvenes de hoy, 1998), la mayoría de los ciudadanos (54%) sigue apostando por el matrimonio canónico como mejor para una pareja estable; para los jóvenes, aunque el porcentaje es más bajo (36%), sigue siendo la opción mejor valorada. Para rematar la paradoja, son los jóvenes, según ese mismo sondeo, quienes opinan que la fidelidad es el valor más importante (98%).

¿QUÉ CONCEPTO DE FIDELIDAD?


Según el sociólogo Amando de Miguel, lo que está en crisis no es el valor fidelidad, sino el concepto para toda la vida: lo que está en crisis es lo vitalicio. Las cosas tienden a ser temporales. El trabajo también: ya no existe el puesto de trabajo para toda la vida. Ese tipo de fidelidades son incompatibles con la vida moderna; subsisten, pero como un resto. Ahora bien, la fidelidad como compromiso: el no engañar, etc., es al contrario, es una paradoja; la fidelidad ahora es más voluntaria, se renueva continuamente el compromiso, porque no es para toda la vida: necesita ser reafirmado, y precisamente por eso es como más auténtico, más libre. No es tan anquilosado, tan rígido como el compromiso para toda la vida. Para este sociólogo, no se puede exigir fidelidad por encima de la voluntad, y como la voluntad cambia, la fidelidad no puede ser para siempre.

A esta visión, que refleja en muchos casos el sentir actual, y que pide, entre otras cosas, un aggiornamento de la doctrina de la Iglesia, el filósofo Alfonso López Quintás contrapone que la crisis actual proviene en gran medida de diversos malentendidos: Se confunde "fidelidad" con "aguante". Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: "crear en cada momento lo que uno prometió en un momento de su vida". Para cumplir, por ello, la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que ha adquirido últimamente condición de "talismán", y que parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio.

De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio auténtico perdura por su interna calidad. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. "Ob-ligarse" a dicho valor significa renunciar en parte a la "libertad de maniobra"-libertad de decisión arbitraria-, a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo.

Opina Gustavo Villapalos que se ha producido un cambio a escala planetaria, en cada país antes o después. Como casi todos los procesos sociales, se inició en EE.UU. y de allí pasó a Europa; la idea de que los compromisos son para siempre pasó a ser sustituida por el valor del cambio como valor social: si una persona no ha tenido más de siete trabajos se la considera una inexperta; el haber trabajado siempre en lo mismo se considera algo negativo. En cuanto al matrimonio, ya no es tan extraordinario haberse casado tres o cuatro veces. Vivimos en la civilización del cambio, a veces, del cambio por el cambio. Todo es renovación, hay que cambiarlo todo: la educación, la pedagogía, por ejemplo, tiene que renovarse continuamente, sin darse cuenta de que seguimos siendo los mismos de siempre. La nueva pedagogía, la nueva literatura, etc., yo creo que son el reflejo de una sociedad que tiene en la fragmentación del tiempo y el cambio como valores fundamentales.

Hoy, hablar de fidelidad -continúa Villapalos- parece una cosa anticuada, una cosa demasiado solemne y moralizadora; no está demasiado de moda, efectivamente. Nos encontramos en la antítesis, pero la fidelidad sigue siendo una virtud angular. Porque ¿qué haremos cuando nadie pueda confiar en nadie, nadie pueda confiar en que, cuando las cosas vengan mal, la otra persona se va a mantener a nuestro lado? Se desvirtúa el presente, porque si no hay confianza, tampoco hay una relación verdadera. Por otro lado, está ese temor a los compromisos permanentes, para toda la vida: suscita incluso pánico. La gente se ha acostumbrado a la idea del cambio, de manera que ya nada satisface.

¿Cómo explicar, entonces, la alta consideración que las encuestas sobre valores otorgan a la fidelidad en nuestra sociedad? Amando de Miguel opina que no hay tal crisis de la fidelidad: En el plano afectivo, en el amor, etc., las cosas son como siempre, la gente que se enamora es fiel; eso sí, antes había una fidelidad forzada, uno "tenía" que estar enamorado para toda la vida; pero ahora, si uno descubre que está enamorado de otra persona, es absurdo que siga con la primera, la verdadera fidelidad es ir con la persona de la que uno se enamora. Creo que la Iglesia debería adaptar sus planteamientos a los tiempos actuales, reconocer la realidad de ahora. Creo que el concepto actual de fidelidad es más fiel, no va a la letra del compromiso. Hay más sinceridad, porque no se pretende continuar con un compromiso que se ha convertido en letra muerta. Eso explica que, precisamente, sea ahora cuando la fidelidad se valore más que nunca, pero precisamente porque se entiende que no es para toda la vida. ¿Quién va a estar en contra de la fidelidad? Ésa es una pregunta bastante tonta. Uno siempre es fiel a sus amigos, pero ¿y si el amigo deja de ser amigo? ¿Serviría de algo seguir guardándole fidelidad? La fidelidad por necesidad debe sobreentender un sentido de la fugacidad.

FIDELIDAD PARA TODA LA VIDA

El filósofo Julián Marías cree que la fidelidad es un valor fundamental que debe mantenerse. ¿Está en crisis en la sociedad española? Pues no lo sé. Que parcialmente está en crisis, pues sí, pero ya no puedo decir más. Lo cierto es que una gran parte de los españoles sigue creyendo en ella. Lo que pasa es que los que están en contra cunden mucho, están más organizados y hablan más públicamente, y dan la impresión de ser la opinión mayoritaria. Yo creo que no lo es. Yo no creo en las estadísticas, cada vez creo menos en ellas. En cuanto veo que se habla de números y de porcentajes, desconfío. Porque las estadísticas se hacen siempre con un número muy limitado de personas, a la inmensa mayoría nadie les pregunta nada, y tampoco es seguro que la gente conteste muy sinceramente. Con todo, si existiera una estadística veraz y sincera, se vería que las personas que están unidas en matrimonio o que piensan estarlo son la mayoría.

Realmente me sorprende que la gente valore tanto la fidelidad -opina Gustavo Villapalos-, precisamente por ese temor a las relaciones para siempre. Será que el valor fidelidad ha sido sustituido por la fidelidad circunstancial; pero sí queda la idea de que, sin esa confianza en la otra persona, no es posible la convivencia.

Para Alfonso López Quintás, en España todavía se conserva, en alguna medida, la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término "cambio", utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.

¿HAY INSTITUCIONES QUE DEBAN SER SALVADAS?

Amando de Miguel considera que no se puede hacer nada contra lo inevitable: Hay ciertas instituciones vitalicias que quedan como un resto, y que seguramente tardarán siglos aún en desaparecer. Ésa es la tendencia a la que vamos. Creo que la Iglesia debería adaptar sus planteamientos a los tiempos actuales, reconocer la realidad de ahora.

Para Alfonso López Quintás, en cambio, exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado, que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy distinto al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos "disponer" arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia. Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio, sino de participación. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar de su vida. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender; así, nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con ellas, y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.

En fin, para Gustavo Villapalos, las relaciones humanas, sean de pareja o de amistad, o de lo que sea, están siempre asentadas sobre la confianza mutua y sobre la relación de quien puso la confianza en alguien que aceptó la confianza del otro y que debe guardarse, debe permanecer firme en un momento duro. La fidelidad hace que se pueda vencer al tiempo, a las circunstancias favorables y a las adversas. Es una virtud sencilla cuando las personas tienden a la constancia en las relaciones personales, de trabajo o consigo mismos; en otras ocasiones, las personas deben adquirir esa virtud con esfuerzo; la fidelidad parte de la relación entre dos personas que no son piedras, que con el tiempo evolucionan, que incluso parece que "ya no las conozcas". Hoy es más necesaria que nunca, la fidelidad es indispensable para mantener una relación para siempre, que es hoy uno de los graves problemas de esta sociedad. Incluso hay personas excelentes, que dedican su tiempo a las ONG, etc., y que sin embargo en su vida "pasan página"; es el grave problema de la juventud, de las familias. Hoy existe un temor enorme a las relaciones "para siempre"; en la familia, hoy está de moda la "liberación" de los padres respecto a los hijos, que a veces lleva incluso al abandono; no hablemos de la fidelidad al cónyuge, o la fidelidad en la amistad. La fidelidad en el trabajo, la fidelidad a la propia obra, la fidelidad a la propia vocación (caso de un médico, por ejemplo), al compromiso, etc. La fidelidad es fácil cuando las cosas van bien; pero cuando hay dificultades, cuando palidecen los motivos por los que uno se comprometió a ser fiel, es cuando esta virtud adquiere toda la densidad de su valor.