RetrocesoA&ONº 264/14-VI-2001SumarioDesde la feContinuar
Rebeldes
El autor de este artículo es catedrático de Metafísica en la Universidad de Málaga
Justamente el pasado fin de semana tuve la oportunidad de disfrutar de nuevo de El club de los poetas muertos, una archiconocida película de Peter Weir que mi hija mayor vio una docena de veces, allá por sus quince años, vibrando estremecida en cada una de ellas. Por el contrario, la visión de ahora más bien decepcionó al resto de mis hijos. Y eso que cuatro de ellos se encuentran en plena adolescencia. Yo había elogiado a menudo la cinta, y todos celebraron con júbilo la elección de ese vídeo para la velada del sábado. Pero se dejaron ganar más por la historia que por el mensaje de la película. El atípico y desenfadado profesor Keating (Robin Williams) les cayó muy bien desde el principio. Y también los alumnos protagonistas. Pero cuando fueron comprobando que el suicidio de Niels no era un simple truco del guión, sino un acontecimiento real del film, hubo incluso voces de protestas: ¡Vaya rollo!, ¿esto es lo que le gustaba a María?..., y exclamaciones del mismo estilo. Ni la lograda escena final, con la rebelión de los chicos de pie en sus pupitres ante la expulsión de Keating, salvó del todo la situación.
Me pregunté entonces por qué esta diferencia de actitud entre la adolescente de hace siete u ocho años y los adolescentes de hoy. Y creí hallar una pista en lo que figura como título de estas líneas. Tanto en otoño de 1959, donde se sitúa la recreación de Weir, como, al parecer, hasta hace poco más de un lustro, la rebeldía, entendida como infracción de las reglas y afirmación del yo, representaba por sí misma un aliciente casi irresistible para los revolucionarios del momento: para Williams y el grupo de estudiantes que le siguen, en nuestro film, y para mi hija y todos sus amigos y amigas, cuando el 2000 quedaba todavía un poco lejos.

Hoy, por el contrario, lo que avaloraba esa revuelta-transgredir por transgredir- resulta menos atractivo. Entre otros motivos, y no de los de menos peso, porque prácticamente no queda ya nada por quebrantar. Lo que en el College Welton a finales de los 50 y en la revolución de mayo del 68 se experimentaba como vulneración de las normas, hoy no sólo está permitido, sino fomentado por las estructuras políticas de cualquier signo y por los ámbitos progres de nuestra sociedad..., que al parecer son casi todos. En Welton los componentes del club se transponen contemplando unos segundos la foto de un desnudo o fumando cigarrillos de los que apenas saben tragar el humo. Hoy se fomenta el sexo seguro con la distribución gratuita de preservativos, se intenta legalizar las presuntas drogas blandas, se institucionalizan espacios acotados para la movida, y un larguísimo etc., a veces con desenlaces trágicos, que a todos nos espantan.

Al abrigo de tanta pretendida y errática liberación, muchos jóvenes, entre los que cuento, porque me lo han confesado, bastantes de mis alumnos..., se aburren desencantados. Y es lógico: ¿qué queda para despertar un poco de interés en sus no muy entrenados cerebros y en su artificialidad y epidérmicamente embotada capacidad emotiva?

Lo que queda, lo que ha quedado siempre, son los auténticos valores. Por eso, quizás vaya siendo hora de cambiar de onda. Acaso ya no venda, aunque la inercia perezosa y un cúmulo de intereses comerciales se empeñen en argumentar lo contrario, la defensa de la autenticidad como derecho a dar rienda suelta a los impulsos primarios e inmediatos. Hay motivos suficientes para pensar que la juventud pide más. Está intentando calar hondo.

UNA RESPUESTA CONVENIENTE

Para ayudarles me atrevería a recordar, como alternativa a los innumerables profesores Keating que hoy proliferan, otro maestro de nuestra civilización: Sócrates, que también defendió, y con mucho y más desgarrado ahínco, la llamada al descubrimiento y respeto de uno mismo y el rechazo de cualquier tradicionalismo dogmático y sofocante. O, si prefieren a alguien más actual, a Miguel de Unamuno. Tanto el mentor de Platón como nuestro don Miguel proponen, a quienes pretenden realizarse a fondo, un procedimiento análogo: un camino de rastreo y una vuelta a la interioridad más honda-¡Adentro! es el título de uno de los más entrañables artículos unamunianos-, cuya meta es la íntima conciencia del significado de su paso por este mundo; y no se limitan a hacer leva, como sus émulos postmodernos, en el juego sensiblero de las emociones y en el atractivo de la mera y simple transgresión, ya superada.

¡Ésa sí que es auténtica rebeldía inteligente! Revolución para quienes han caído en la cuenta de que el abandono ciego a los instintos y el mero gusto de romper las normas, además de no conducir demasiado lejos, se ha visto instrumentalizado desde hace años por la sociedad de consumo a través de la publicidad y de las modas; de que los tan cacareados y pretendidamente naturales cursos de supervivencia, por acudir a un acontecimiento en clara alza, constituyen un lujo-¡y a qué precio!- para los ricos ociosos y aburridos; de que los vaqueros desgarrados y las demás prendas ajadas y deslucidas son productos en serie y cuestan bastante más que las que no han sufrido esa artificiosa manipulación; de que la progresiva ostentación del propio cuerpo, impuesta en aras de una presunta espontaneidad, olvida algo tan claro como que, para el hombre de Occidente, el acto de desnudarse conlleva sin remedio una elección cultural, sin duda mucho menos espontánea de lo que aparenta...

O, para decirlo con pocas palabras: que para ser fiel a uno mismo no bastan las alusiones retóricas y vagas a un difuso naturalismo; que en ocasiones hay que ir no sólo allende las pulsiones en inclinaciones más o menos periféricas que nos interpelan, sino, rebasando incluso los propios razonamientos y la lógica egótica imperante, descubrir lo más arcano y genuino de nuestro yo y abrirlo a la dimensión del otro, ¡y del Otro!, sin los que ese ego, enclaustrado en sus propios límites, corre el riesgo de perecer por hastío e inanición.

Son muchos los que lo han percibido y, sin renunciar en absoluto al mundo en que viven, se empeñan en caminar por rumbos menos engañosos y más fecundos. Por aquellos que hacen realmente posible el real crecimiento de cualquier ser humano. También de los que, por su edad, comienzan a abrirse a la vida.

Recordaba hace algunos meses Fulvio Scaparro, uno de los máximos expertos italianos en psicología juvenil, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud: Desde hace años estoy diciendo que los ideales, los sueños, el deseo de cambiar el mundo y la intolerancia ante la mediocridad de una vida sin valores y sin objetivos elevados, no son una opción de la juventud, sino la estructura misma de los jóvenes, no sólo de los creyentes. Me disgusta sólo que, para darse cuenta, se haya debido esperar a que más de dos millones de ellos vinieran a recordárnoslo a Roma.

Y en la última de sus Cartas apostólicas, precisamente Al comienzo del nuevo milenio, la autorizada voz de Juan Pablo II comentaba: Es como si el Jubileo de los Jóvenes nos hubiera , transmitiéndonos, en cambio, el mensaje de una juventud que expresa un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de aquellos valores auténticos que tienen su plenitud en Criso ¿No es, tal vez, Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz. Por eso, vibrando con su entusiasmo, no dudé en pedirles una opción radical de fe y de vida, señalándoles una tarea estupenda: la de hacerse en esta aurora del nuevo milenio.

Que tomen nota los implicados en el fomento de la cultura juvenil

Tomás Melendo Granados