RetrocesoA&ONº 249/1-III-2001SumarioCriteriosContinuar
Laicismo y libertad
El párrafo que ofrecemos a continuación puede parecer tomado de una tertulia rediofónica o de una columna de opinión de ayer mismo. No es así. Lo escribió hace muchos años Emiliano Aguado, y lo recoge Federico Suárez en su reciente libro "Manuel Azaña y la guerra de 1936" (ed. Rialp) a propósito del laicismo anticlerical de la segunda República española.

El laicismo, que es libertad para todos, se hizo en la República lo único que podía hacerse: estética y chabacanería. Se retiró el crucifijo de las escuelas y los niños se encontraron con que, de golpe, se les retiraba la formación religiosa del cuadro de materias educativas. Se les educaba para muchas cosas, pero no se les educaba para que fuesen hombres inquietos, preocupados y temerosos por la llamada de los misterios de su vida, de su destino y de su muerte. El vacío de la formación religiosa lo fueron llenando los nuevos educadores con poemas breves, graciosos, algunos muy hondos, de Alberti, García Lorca y de otros poetas que, en el mejor de los casos, hacían estética. El laicismo venía a ser, no libertad de creencias, sino falta de creencias; es decir, vacío, puro vacío, y los niños salían de la escuela sin haber sido preparados para la dimensión humana más tremenda y arriesgada, como si les hubiesen obligado a hacer gimnasia con un brazo solo o nada más que con las piernas. El laicismo venía a ser una amputación del alma humana, un empobrecimiento de la vida, un angostamiento del universo. Los laicos de la República no estaban preparados para el laicismo, y lo entendían sólamente como negación de la fe católica. No tiene nada de particular que la experiencia de aquel laicismo fuese lo que fue.