RetrocesoA&ONº 249/1-III-2001SumarioTestimonioContinuar

Agradecimiento en la muerte de mi madre

El recuerdo emocionado y agradecido a su madre, que le dió la vida y le inculcó la fe en Jesucristo, desborda en este espléndido testimonio que el arzobispo de Granada, monseñor Antonio Cañizares, dió públicamente en la homilía de la Misa de funeral que celebró por el eterno descanso del alma de su madre, doña Pilar Llovera Fernández, recién fallecida

Cómo os agradezco a todos y os agradece mi familia vuestras muestras de cercanía y condolencia ante la muerte de mi querida madre, que hace unos días nos dejó para ir a la Casa del Padre, al lugar que Él tiene reservado para los que le aman! Bien lo sabe Dios que no tengo palabras para expresaros todo el vivo agradecimiento, afecto y admiración que siento hacia vosotros. ¡Gracias, muchísimas gracias, por habernos acompañado tan de cerca en el sufrimiento y en la fe y la esperanza y, sobre todo, por haber estado tan a nuestro lado con vuestra oración y plegaria, consuelo y lenitivo en nuestra cruz, lluvia de gracia y fortaleza para mi madre!

Confieso que cada día que pasa se agranda más y más el dolor de la ausencia, como un gran vacío que no se llena y, al mismo tiempo, cada momento que transcurre se afianza más vigorosamente la paz y el gozo por ella, la seguridad de su presencia. Con toda sencillez manifiesto que, cada día que transcurre, se hace más fuerte la fe en Dios, Padre de la misericordia y fuente de toda consolación, que ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos y nos ha hecho partícipes de su resurrección. Dios de vida y no de muerte. Dios, Amor infinito, que no quiere que el hombre perezca, sino que participe para siempre de su mismo amor, entre en su compañía y descanse a su lado para siempre gozando de la dicha de su presencia.

No puedo menos que dar gracias a Dios por ese don tan inapreciable de la fe. No sabemos lo que tenemos con la fe. No me canso ni me cansaré nunca de repetirlo, con el auxilio de Dios, que lo más grande que ha sucedido en mi vida ha sido y es el creer: la fe. Mi madre y mi padre no nos dejaron riquezas materiales, pero nos legaron el gran tesoro de la fe en Jesucristo, que no lo cambio por nada, que vale más que la misma vida. La fe no es una ilusión. No es una proyección humana. Es una certeza de la que se tiene experiencia. Una experiencia que viene de otros, de los que vieron y oyeron, de los que palparon al Verbo de la vida, de los que fueron testigos, como Pablo, o como Pedro, o como el resto de los apóstoles, o como mi madre misma, para quien Cristo nunca fue un personaje del pasado y muerto, sino vivo, Señor de la vida y de la muerte, el Amo, como ella solía llamarle, y al que le invocaba con toda familiaridad.

Ésta es una certeza, en suma, que nos viene por la experiencia viva y real de la Iglesia, donde Él está presente: Se puso en medio de ellos. Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos. Podéis comprender el gozo que se siente en ser Iglesia, la alegría que se experimenta en lo más profundo por vivir en la Iglesia, por tomar parte de ella: porque en medio de ella está el Resucitado con sus llagas abiertas y su costado herido. ¡Qué gracias doy a Dios por el don de la Iglesia!, de la que fue y se sintió hija fiel, aunque pecadora, mi madre, y que tanto, en su sencillez, nos enseñó a amarla y servirla por encima de todo.

Con la Iglesia y gracias a ella, confieso, confesamos todos: creo que mi Redentor vive. Creo en el Señor. Creo en el Hijo de Dios. Creo en Jesús el Hijo de Dios venido en carne. Él es, en verdad, el Crucificado que ha resucitado y vive. En Él está la vida. Más aún, Él es la vida. Quien cree en Él, quien le acepta, quien deja que Él sea su Señor, quien vive en Él y por Él, tiene vida, vida eterna, vida en plenitud. La muerte en Él no hace estrago ni tiene sobre Él el último dominio ni la última y definitiva palabra. Y Cristo lo resucitará el último día.

Es verdad: Cristo vive, Cristo ha resucitado de entre los muertos. La losa de la muerte no lo ha podido retener. La losa de la vigilancia para que se olvide su nombre no ha podido con Él. Os doy testimonio de Cristo por los testigos que nos han precedido, que han estado muy cercanos a nosotros, que se han fiado del testimonio de otros y han creído. Puedo confesar esta fe gracias a mi buena y querida madre, que siempre nos llevó a creer en la certeza de la resurrección, en la gran verdad de la vida perdurable, como lo más real de todo; desde niño, mi padre y mi madre, con la naturalidad y el gozo de la fe, nos enseñaron a vivir con la mirada puesta en los cielos, con la esperanza de la vida eterna, con el respeto ante los muertos, porque siguen viviendo ante Dios y con nosotros.

CRISTO ES LA VIDA

Os doy testimonio de que Cristo es la vida. Él, y sólo Él tiene palabras de vida eterna. Palabras que se cumplen, que se han cumplido. Creedlo; es verdad. Como a Saulo, camino de Damasco, el Señor sale a nuestro encuentro, y nos llena de luz, una luz que lo envuelve todo, aun la oscuridad de la enfermedad y la tiniebla de la muerte. Hasta la negación de las fuerzas, hasta la debilidad que se apodera de todo el ser humano y va apagando la vida, quedan cambiadas por su acción y su presencia y se colman de fortaleza y de vida: vida llena que es libre ante la muerte, aunque la tema y no la quiera; vida libre, verdadera, enteramente humana, donde se expresa la confianza en el Autor de la vida, en que todo viene de Él y todo es gracia suya; vida divina que pone de manifiesto que sólo Dios importa, porque sólo en Él y con Él está la vida, porque Él no le falta nunca a los suyos, aunque nosotros le faltemos a Él; vida de hijo de Dios, que, como el Hijo único, entrega por amor la vida para que otros crean, porque los que creen tienen vida, vida eterna.

Por todo esto doy gracias a Dios; por su infinita bondad; por ese inmenso amor con que nos ha amado. En la Pascua, en la muerte y resurrección del Señor, se nos ha revelado más claramente su amor y nos ha permitido conocerle con más profundidad. Permitidme que también dé gracias a Dios por mi madre: por la bondad de Dios que en ella hemos palpado sus hijos, en su trabajo extenuante por nosotros, siempre llevado con alegría e ilusión, pro no pensar nada en ella sino sólo en sus hijos, para los que vivió por completo y sin reserva; gracias a ella, soy lo que soy: esto es don de Dios, gran regalo suyo, que, además, ha permitido que pudiésemos gozar de su presencia física, aunque ya debilitada, hasta sus ochenta y cinco años.

De nuevo, a todos, muchísimas gracias. Gracias a Dios por encima de todo. Y que, en su inmensa bondad y misericordia, Él tenga junto a sí a mi madre para siempre, contemplando su rostro.

+ Antonio Cañizares