RetrocesoA&ONº 251/15-III-2001SumarioEn portadaContinuar

18/19 marzo: Día del Seminario
El Seminario, corazón de la diócesis

El Concilio Vaticano II, en el Decreto Optatam totius, destaca la importancia del Seminario para la vida de las parroquias y el afecto y apoyo que ha de recibir por parte de toda la comunidad diocesana. Dice así: Todos los sacerdotes deben considerar al Seminario como el corazón de la diócesis y prestarle gustosamente su ayuda. Los próximos días 18 y 19 de marzo, coincidiendo con la fiesta de San José, como es tradicional, la mayoría de las diócesis españolas celebran el Día del Seminario. Ilustran estas páginas diversos momentos de la vida de los seminaristas

La campaña del invita a fijarnos en un aspecto fundamental para la Iglesia: el ministerio sacerdotal. Con una catequesis y una liturgia especial pensada para las celebraciones eucarísticas de este día, se busca acercar el Seminario diocesano-tanto el Mayor, como el Menor, y el Preseminario- a toda la diócesis, de modo que se conozca más y se le tenga más afecto. Durante esta Jornada se quiere sensibilizar a la sociedad, en general, y, particularmente, a la comunidad cristiana sobre la necesidad de la vocación sacerdotal y el vital servicio que prestan los sacerdotes.

Motivar a los sacerdotes y demás responsables de pastoral, catequistas, etc., para que estén atentos a los jóvenes y a los niños que se plantean la vocación al sacerdocio, es otro aspecto que nos recuerda esta Jornada, para que así puedan animarles y prepararles para ir al Seminario. Pero todo esto no es posible sin la oración por la vocaciones, sin «pedir al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies», como Jesús nos indica en el evangelio.

Ofrecemos a continuación varios testimonios que nos acercan más una realidad apasionante como es la vida del Seminario: el de tres seminaristas, y asimismo el de un sacerdote que ahora cumple 50 años de toda una vida dedicada a la formación de seminaristas, y el de una familia que ha visto cómo su hijo a dicho al plan que Cristo tenía para la plenitud de su vida:

¿CÓMO SE IBA A FIJAR DIOS EN UN ALEJADO?

Tengo 27 años y curso sexto de Teología en el Seminario Mayor de la Inmaculada, en Moncada (Valencia). Permitidme que comience este testimonio vocacional dando gracias a Dios por haberme concedido el don de nacer en el seno de una familia cristiana, donde ya desde pequeño mis padres se preocuparon de una mínima formación religiosa, formación que no fue aumentando conforme iba creciendo en edad, lo que provocó un enfriamiento en mi fe, aunque siempre he tenido a Dios como mi mejor amigo y confidente, pero era un Dios montado a mi manera.

Durante mi juventud estuve alejado de la Iglesia, en el sentido que sólo me dedicaba a cumplir y, al final, ese cumplimiento acabó en abandono. En este contexto de apatía y dejadez empecé a sentir algo que, aunque no sé muy bien cómo explicarlo, me invadía llenando mi existencia de inquietudes y preguntas. La historia vocacional se despertó (a raíz de una confesión) una vez finalizado el curso de COU, y en vistas a iniciar la carrera de Derecho (entre el jaleo universitario, los ideales políticos, las ganas de diversión, el ansia de descubrir cosas, la búsqueda de novia...) En este contexto notaba cómo mi corazón no estaba conforme con muchas cosas, no podía quedarme igual ante las injusticias de la vida, el sufrimiento del mundo y la impasibilidad de la sociedad (en la cual yo me sentía implicado). Pero, claro, en todo este jaleo no sabía cuál era mi papel.

Intenté apagar y olvidar estas historias con otras preocupaciones y excusas. Dejé la carrera de Derecho, ingresé en una academia de bomberos para prepararme oposiciones y, más tarde, al no convocarse oposiciones, me llamaron a cumplir el servicio militar a Cartagena, donde, a pesar de ser el año de más rebote y perdición, más claro experimenté la voz de Dios invitándome a una gran misión que debía descubrir. Pensé en mil historias, en grupos de acción humanitaria, en el voluntariado, en ir a la aventura a algún país del tercer mundo, e incluso se me pasó por la cabeza la vida sacerdotal, pero, claro, ¿cómo se iba a fijar Dios en un alejado de su Iglesia para realizar tal misión? La lucha se iba incrementando mientras yo buscaba evadirme entre los amigos y la fiesta. Pensaba que Dios bromeaba, o experimentaba conmigo, o no era consciente de lo que me proponía; no sé muy bien lo que pasaba, pero mi corazón no podía descansar.

Ante esta situación hice lo que creo que hemos hecho todos los seminaristas: acudir a un sacerdote amigo para pedirle ayuda y consejo. Este amigo mío, primero, me encaminó a vivir mi fe en el seno de una comunidad parroquial y, después, me ayudó a discernir mi vocación en el seno de Iglesia. Después de hablar con el Delegado de orientación vocacional y con el Rector, entré en el Seminario para madurar y modelar esa posible vocación que Dios había sembrado en mi vida.

Ahora, seis años más tarde, sólo puedo dar gracias a Dios por la historia de amor que ha hecho y está haciendo conmigo. Estoy convencido de que sólo el amor de Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo, es capaz de colmar de forma radical la existencia del hombre. Esto es lo que yo he experimentado, y esto es lo que quiero compartir desde el ministerio sacerdotal. El próximo día 31 de marzo seré ordenado diácono y el 30 de junio recibiré el ministerio presbiteral. A Dios le pido que me permita ser fiel a la vocación a la que he sido llamado y que, a pesar de todas mis debilidades y pecados, pueda servir a la Iglesia, a la que he descubierto como Madre y Maestra.

Puedo afirmar, con toda rotundidad, que me siento plenamente realizado. Esto no significa que no existan momentos de duda, tentación y sufrimiento..., pero, a pesar de todo esto, nunca antes he experimentado tanta felicidad. Es el mejor tesoro que jamás me han dado, y por nada en el mundo lo cambiaría, es más, si mil veces naciera, mil veces pediría a Dios la vocación.

En Valencia celebramos el Día del Seminario el domingo 25 de marzo, ya que el día 19 estamos en pleno ambiente de las fiestas de las Fallas. En este día los seminaristas estamos invitados a dar testimonio, principalmente en las celebraciones eucarísticas de nuestras parroquias de origen, de pastoral o en otras. Estoy convencido de que muchos jóvenes en nuestras parroquias no se atreven a concretar su vocación invadidos por un falso temor, de ahí la importancia y urgencia que tenemos todos los cristianos por despertar nuevas vocaciones al servicio de la Iglesia. La pastoral vocacional, aunque debe estar coordinada por un equipo de trabajo, no puede realizarse exclusivamente de esta forma. Todos en la Iglesia estamos llamados a anunciar el Evangelio de la vocación.

La intención de esta Jornada es la de hacer presente, en las comunidades cristianas, la vida del Seminario; lanzar en el corazón de los jóvenes la pregunta vocacional: ¿Te has planteado alguna vez la vocación sacerdotal?; pedir con esmero la oración de los feligreses para que los seminaristas perseveren y para que muchos jóvenes respondan con generosidad al Señor; e invitar a la generosidad en ayudar al Seminario.

Espero que os sirva de provecho, y no dudéis en poneros en contacto con nosotros para cualquier consulta.

Álvaro Almenar Picallo
Valencia


SOY LA PERSONA MÁS FELIZ DEL MUNDO

Desde que yo era muy pequeño ya había oído la voz del Señor que me llamaba para ser totalmente suyo. El clima que me rodeaba era bastante propicio para escuchar esta llamada, pues gracias a Dios mis padres, desde el principio, me dieron una buena formación humana y cristiana. Fue la fe de mis padres y mis tres hermanos la que hizo crecer cada día mi fe, y la que urgió mi contacto con Dios a través de la oración, los sacramentos y la vida de Iglesia. A esta labor imprescindible de mi familia ayudó el trato con algunos sacerdotes, que se preocuparon en dirigir y orientar mis energías hacia un camino determinado: el sacerdocio.

Pero no todo fue un camino de rosas. No fue todo tan fácil como parece, porque yo era demasiado rebelde, demasiado inquieto, y me resistía a seguir un camino que se me antojaba triste, lleno de renuncias, lleno de esfuerzo. Prefería una vida más fácil y cómoda.

Así llegó el tiempo de elegir carrera. Tras el examen de selectividad, alcancé la nota suficiente para estudiar Obras Públicas, y, a pesar de que sentía dentro que Dios me llamaba al seminario, yo cerré mis oídos y comencé a estudiar con mucha ilusión en la Escuela universitaria de Ingenieros Técnicos en Obras Públicas. Yo pensaba que era feliz, pues ésa era la carrera con la que siempre había soñado.

Pero la intranquilidad seguía en mi alma. Yo sabía que Dios me había escogido desde toda la eternidad para ser su servidor, y me llamaba a colaborar con Él, para llevar a Cristo a los hombres, y los hombres a Cristo (en palabras de Juan Pablo II). Finalmente, en los Ejercicios Espirituales que hice en 1995 (como venía haciendo todos los años), tomé la decisión: sería sacerdote de Cristo. Pero aún veía un último obstáculo: ¿acaso soy yo digno de que Dios me llame para su servicio? Dios se apresuró a contestarme: si no soy digno para que me llame, menos aún lo soy para negarme. Así, pues, ya estaba todo decidido: iría al seminario para ser todo de Dios. Mi familia, como siempre, me apoyó y ayudó; ellos también habían visto la mano de Dios en todo.

Ahora ya hace seis años que comencé, en el Instituto Servi Trinitatis, mi preparación espiritual, intelectual y pastoral hacia el sacerdocio. Hoy soy diácono al servicio de Dios y de la Iglesia, a la espera de saber la fecha de ordenación sacerdotal. Mi labor pastoral la realizo en la parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde llevo dos años. De la mano de mis formadores y de los sacerdotes de la parroquia voy aprendiendo de manera práctica todo lo concerniente al servicio pastoral. Así, desde el curso pasado estoy encargado de coordinar, junto con otros jóvenes, el grupo de Juveniles de la parroquia que, gracias a la labor de varios catequistas, va creciendo semana tras semana. Con estos niños entre 10 y 14 años realizamos diversas actividades, dando un lugar principal a la formación cristiana, pero sin olvidar los juegos y excursiones que tan necesarias son también para unos niños llenos de vitalidad. Por ellos, por estos niños, y por todos los hombres, a pesar del cansancio y del esfuerzo que requieren, me atrevo a decir con el Apóstol: Por mi parte, muy gustosamente me gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas.

Además de esto, todos los viernes, sábados y domingos, en la parroquia sirvo al altar de Dios en la celebración de la Santa Misa, donde se presta el mejor servicio a Dios y a la Humanidad entera. Y son ya cinco los bautizos que he administrado.

En resumen: decía al principio que esta vida se me antojaba triste y llena de sacrificios y renuncias. ¿Qué puedo decir después de estos seis años? Desde que me entregué a Dios soy la persona más feliz del mundo, porque me llena una alegría sin medida humana, que es la alegría de saber que estoy haciendo lo que Dios había diseñado para mí desde toda la eternidad. En cuanto a las renuncias, no han desaparecido, pero se ven de otro modo, porque se renuncia a muy poco al recibir infinitamente más. Además, la capacidad de amar se mide por la capacidad de sacrificarse por los demás. Quien no esté dispuesto a amar mucho (esto es, a sacrificarse), que no se haga sacerdote. La fuerza necesaria para vencer todas las dificultades sólo se recibe desde el contacto con Dios en la oración y los sacramentos. Tampoco me ha faltado en ningún momento la ayuda especial de la Virgen María, Reina y Madre de los sacerdotes.

Acabo con una frase de santa Teresa del Niño Jesús, que es resumen de mi situación actual: No me arrepiento de haberme entregado al Amor.

Gonzalo-Javier Seco Fernández
Instituto Servi Trinitatis


ES EL SEÑOR QUIEN LLEVA A TÉRMINO LA OBRA

Realmente he contado ya muchas veces mi vocación, en grupos y corros de amigos; a menudo, releo la historia de amor y salvación de Dios conmigo y con su Iglesia sirviéndose de mí. Y siempre tengo la sensación de que dejo mucho en el tintero; Dios es tan grande que puedo saborear su paso por mi vida, una y otra vez, sin agotar el misterio que encierra. Encuentro muchos motivos para dar gracias a Dios. En primer lugar, mi familia, que me introdujo desde pequeño en la gran comunidad de los creyentes, la Iglesia; acompañado por mis padres, hermanos, y abuela, y sosteniéndome en sus consejos, he sido capaz de dar pasos decisivos.

Fue un momento determinante comenzar mis estudios en Madrid. A la edad de dieciocho años, vine a hacer una carrera. Mis proyectos eran casi exclusivamente pasarlo bien, disfrutar de mi vida, y buscarme un futuro prometedor. La época de la Universidad supuso para mí, al principio, una forma de llegar a ser importante y reconocido, cosa que ansiaba, pero el paso de los cursos me produjo decepción. ¿Por qué? Pues porque la competitividad que teníamos era enorme, yo me sentía mediocre, a veces despreciado por no ser de los mejores, y, sobre todo, porque los años se sucedían y no encontraba amigos de verdad en aquel ambiente.

Mi familia vino a vivir a Madrid, y a la vez algo decisivo me sucedió: un buen amigo me animó entonces a dirigirme a San Bruno, la parroquia del que sería en adelante mi barrio, para echar una mano. Aquello lo cambió todo. Entrar a formar parte de una comunidad joven donde encontraba amistad y verdaderos testimonios de fe en el compartir la vida, los problemas y alegrías; la confianza, comprensión y ejemplo de los dos seminaristas y los sacerdotes; y el acompañamiento en el inicio de un camino de seguimiento de Jesús; todo eso fue en mi caso el caldo de cultivo de la experiencia posterior.

La primera vez que fui consciente de la pregunta vocacional fue en los primeros Ejercicios Espirituales que hice, y que siempre he calificado como de 20.000 voltios. Entré muy bien en el silencio, y en las sucesivas meditaciones, hasta que me vi sorprendido, de repente, por la pregunta. El sobresalto fue grande, pero mi generosidad por entonces se mezclaba con una cierta especie de locura, y en un alarde de valentía me eché al ruedo, y a los pocos meses me dirigía al curso introductorio del seminario, medio temblando.

Tanta rapidez, tantas ganas de hacer tantas cosas, desde mis propias fuerzas, pudieron tener mucho que decir en este primer paso, fugaz, por el seminario. Porque a las dos semanas de acercarme allí, estaba temblando por completo, y con la misma celeridad abandoné.

Sin embargo, mi caminar de cristiano ya no iba a ser el mismo. A partir de este momento, en mi vida se fue haciendo cada vez más patente la insistencia de Dios. Volvía a intentar montarme la existencia un poco a mi manera; pero en el fondo, aun sin ser muy consciente, la inquietud por encontrar, en el abrazo confiado de Dios, lo que verdaderamente correspondía con mi deseo me acuciaba. Hubo entonces también personas muy importantes que acompañaron mi caminar, desde la comunidad. Especialmente guardo el recuerdo agradecido a una chica con la que salí y que me enseñó lo que significa realmente desear el bien, lo mejor, para las personas que queremos. Seguía muy integrado en la parroquia. Haciendo Ejercicios de nuevo, dos años después, caí en la cuenta de lo que Dios planeaba para mí. No me era posible hacer los Ejercicios sin sentir, como dice Jeremías en el capítulo 20, un fuego devorador encerrado en mis huesos; yo también me había esforzado en contenerlo, pero no podía. Ahora me sentía capaz, en su nombre, y desde Él, de decirle que sí.

Desde que vine a vivir al Seminario, hace ya casi tres años, muchas cosas han cambiado y se van tornando más realistas; mi visión de la Iglesia, de mí mismo, y de lo que realmente significa seguir por amor una llamada a acompañar a Cristo hasta la cruz. Y sigue muy vivo el deseo de entregar todo lo que soy y tengo, confiado en que es el Señor quien puede llevar a término la obra que en mí ha comenzado.

En el proceso de formación, se mezclan varias dimensiones importantes, entre ellas la intelectual. Realizamos dos años de estudios filosóficos, tres de estudios propiamente teológicos, y la licenciatura, que constituye un bienio; todo ello, en la Facultad de Teología San Dámaso, de Madrid. En ella, la mayoría de los alumnos somos aspirantes a la vida consagrada. Y los profesores, en gran parte sacerdotes, aportan a menudo una visión pastoral y práctica de los conocimientos. Porque no podemos olvidar que el estudio adquiere su importancia desde la preparación al futuro ministerio de enseñar y dar razones de la propia fe dentro de la Iglesia, y en medio del mundo. Y que el diálogo, aun no siendo la finalidad de la evangelización, sí es elemento fundamental de la misma. Por esto mismo es decisivo avanzar en una reflexión que, lejos de ser monocolor y falta de autocrítica, entra a conocer y valorar, desde la verdad revelada, lo que de positivo tienen las distintas visiones de la realidad.

Fernando Velasco
Madrid


HE VISTO CLARA, PALPABLE LA MANO DE DIOS

Pocos compromisos he tenido tan complejos como éste. Me piden que resuma en dos cuartillas mis vivencias de 50 años de dedicación a la labor formativa en el Seminario. Se me agolpan tantos recuerdos en este momento que no es fácil resumirlo en tan corto espacio. Además, las vivencias de estos 50 años son muy heterogéneas. No es lo mismo la época anterior al Concilio con el Seminario clásico, la del Concilio con los nuevos horizontes y la posterior al Concilio con la problemática tan variopinta que ha suscitado y que ha habido que asimilar y encajar.

Los 50 años son toda una historia, y la historia se divide en etapas, que tienen distintas características y suscitan vivencias también distintas.

Tres etapas en mi relación con el seminario:

- La guerra civil me sorprendió cuando acababa de terminar el primer curso de Seminario, en Burgos. Imposible olvidar muchas vivencias de aquellos comienzos tan azarosos. Esta circunstancia lamentable, que cerró momentáneamente el Seminario, y algunos problemas de salud adyacentes, hicieron que continuara los estudios en Comillas (Santander) desde 1939 a 1951.

Merecen un apartado especial estos doce años vividos en Comillas a la sombra de ilustres profesores y formadores, y de un santo, el padre Nieto. Años de formación intensa, con recuerdos imborrables, que hemos revivido sin interrupción los 40 compañeros sacerdotes y 15 seglares, que aún vivimos. Nos ha servido de enlace una comunicación epistolar, que envío a todos dos veces al año. Un buen número nos venimos reuniendo todos los años. Ahora estamos empeñados en celebrar juntos las Bodas de Oro sacerdotales, proyecto ya concretado para los días 16 al 19 de julio en Valladolid, con el fin de revivir el pasado, considerar el presente y preparar el futuro. Otros 17 compañeros sacerdotes, ya fallecidos, y 15 que fallecieron antes de ordenarnos, se unirán a nosotros desde el cielo.

- En 1951 salgo de Comillas, ordenado sacerdote, y comienzo mi andadura en el Seminario de Jaén, como formador del Seminario Menor y profesor del Mayor y del Menor. En 1959, monseñor Félix Romero me nombra Rector del Seminario Menor. Los 20 años en el Seminario de Jaén están llenos de vivencias y de recuerdos entrañables, de hechos, de personas y de colaboradores. Fueron unos años de ilusión juvenil, de trabajo a tope, de ambiente familiar y cercano, de esfuerzos por adaptarse a los nuevos aires del Vaticano II. El hecho de haber acompañado en esos años a más de un centenar de sacerdotes, y haber convivido con un número diez veces mayor de muchachos, que me contagiaron su alegría y su juventud, es motivo para sentirse plenamente compensado por el trabajo realizado. Con ellos sigo manteniendo contactos y los recuerdo y me recuerdan con cariño.

- En 1971 el obispo de Jaén es nombrado arzobispo de Valladolid y me ruega e insiste que le acompañe como Secretario y Familiar. Me nombra también profesor en el Seminario. Y en 1976, monseñor José Delicado me encomienda la Dirección de Estudios del Seminario y me pide que me incorpore al equipo formador. Dejo la Dirección el año 2000.

Estos 30 años en Valladolid se caracterizan por haberme centrado más en el aspecto académico, y por mantener una relación muy cercana con todos los Seminarios y con la Comisión episcopal de Seminarios. Nunca podré y sabré agradecer la confianza con que me han honrado y distinguido.

En los diez últimos años, las vivencias de la etapa anterior se entremezclan con momentos de preocupación, a veces angustiosa, por la escasez de vocaciones y por la situación casi agónica del Seminario Menor, mitigada un tanto por la incorporación de jóvenes al Seminario Mayor. Los que estáis en el tajo no os desaniméis; rogad al Señor de la mies y seguid trabajando.

En resumen, me considero un privilegiado por estos 50 años de dedicación principal al Seminario, siempre contagiado por el entusiasmo y la juventud de tantos muchachos, ayudado y enriquecido por tantos y tan valiosos colaboradores en la labor formativa y, sobre todo, orientado y alentado por tres obispos que me encomendaron esta labor tan trascendental en sus diócesis: don Rafael García y García de Castro, don Félix Romero y don José Delicado.

En este largo itinerario pesan infinitamente más los buenos recuerdos y satisfacciones que los problemas y dificultades, que tampoco han faltado y en las que he descubierto mis limitaciones y he visto clara y palpable la mano de Dios. A Él sea la gloria.

Victoriano Renedo Hinojal
Valladolid


SIEMPRE PERSEGUIMOS EL BIEN DE NUESTRO HIJO

Somos lo que se suele definir como una familia normal, tenemos dos hijos, de 28 y 25 años, a los que hemos intentado educar y transmitir los valores cristianos que a nosotros nos fueron inculcados. Así ambos se educaron en colegios religiosos, se iniciaron en la fe cristiana...

El pequeño siempre mostró una mayor inclinación hacia lo religioso, por lo que, desde muy pronto, estuvo incorporado en los distintos grupos parroquiales. Así, dentro de nuestra parroquia de San Fernando, de Villanueva del Río y Minas (Sevilla), ha hecho prácticamente todo, empezó siendo monaguillo, después fue catequista (de Comunión, Confirmación...), miembro del grupo joven, del coro de la parroquia, y organizó campamentos, campañas de Navidad... Pero hasta ahí todo se desarrollaba en él de un modo bastante normal, es decir, siempre ha sido un muchacho corriente, salió con alguna que otra chica; fue siempre un muchacho muy activo dentro de su grupo de amigos... Tras los estudios de BUP comenzó a estudiar una carrera universitaria, cuando al poco tiempo nos comentó que le gustaría estudiar Teología, lo que a nosotros no nos extrañó, aunque le advertimos de las dificultades que le acarrearía el hecho de compaginar estudios. Hasta ese momento, como comentábamos anteriormente, seguía siendo un chico como cualquier otro, aunque, eso sí, desde pequeño mucha gente nos había comentado: Ese niño va pá cura, cosa que nosotros desmentíamos dado el carácter de nuestro hijo, siempre dispuesto a pasárselo bien, salir con los amigos y participar en todas las fiestas habidas y por haber. Por ello, cuando allá por la primavera del año 98 nos comentó su decisión de ingresar en el Seminario Metropolitano de Sevilla, nos pilló de sorpresa, aunque era una cuestión que él llevaba meditando desde hacía bastante tiempo. Su decisión, aunque no nos disgustó, sí es verdad que nos preocupó bastante y le pedimos que se lo pensara dos veces y no se precipitara, dada la importancia de esa decisión.

Como cualquier matrimonio siempre hemos perseguido la felicidad y el bien de nuestros hijos, por lo que, no sin cierto miedo, o mejor dicho, respeto, aceptamos su decisión y le dimos todo nuestro apoyo. De esto hace ya tres años y, aunque es cierto que al principio nos costó el hecho de separarnos de él, hemos ido adaptándonos a la situación intentando estar en familia el mayor tiempo posible. Actualmente pasa todos los fines de semana en una parroquia a la que ha sido destinado y en la que pensamos que se encuentra bastante contento. Sólo le pedimos a Dios que, si se ha fijado en él, lo guíe para que sea un buen sacerdote y nosotros nos sentiremos orgullosos y felices si nuestro hijo es feliz y hace el bien a los demás.

Domingo y María Luisa,
padres del seminarista Juan Luis Rubia Lora
Sevilla


DESCUBRI QUE DIOS ME AMABA

Soy originario de Haití y tengo 30 años. Actualmente estoy en el Seminario diocesano misionero Redemptoris Mater, de Madrid, cursando el quinto año de Teología. Mi llamada al sacerdocio fue un tanto peculiar. No nací en una familia católica practicante, pero el Señor ha llevado mi vida de tal manera que tuviera siempre contacto con la Iglesia, bien fuera por un amigo o bien por la escuela.

A los 19 años, conocí el Camino Neocatecumental. El Señor me sedujo desde el primer día de catequesis.Coincidieron con una época difícil de mi vida: no dejaba de hacerme preguntas sobre la historia pasada, sobre el futuro, y por qué yo no había tenido una familia cristiana estable. Otras dudas me surgían: ¿por qué Dios, que dicen que es tan bueno, había permitido tantas cosas en mi vida, que yo no entendía? En aquel momento me anunciaron que Dios me amaba en mi historia concreta. Para mí, esta noticia fue realmente unEvangelio, una Buena Noticia: que Dios era Padre, que Él llevaba mi vida, y que mi situación concreta no era fruto del azar, no del error, sino que tenía un sentido. Esta historia, que yo no entendía, la permitió Dios para mostrarme su amor, para salvarme en su Hijo Jesucristo. Permitió que naciera en una familia con dificultades, y que tuviera los hermanos que tengo ahora (por cierto, ¡son once!)

Este anuncio del amor gratuito de Dios, manifestado en Jesucristo, supuso para mi vida un cambio de rumbo total. Para mí, vivir era darme placer en todo, buscar mis intereses por encima de los demás. De hecho, mi gran sueño era ser Presidente de mi país; no porque quisiera a mi país ni a mis conciudadanos, sino para que yo pudiera tener dinero, prestigio, poder.

Muy pronto descubrí, con la ayuda de los hermanos de la comunidad, y gracias a la escucha de la Palabra y la participación en los sacramentos, que no podía amar a nadie sin la ayuda de Jesucristo. Descubrí al mismo tiempo que amar a los demás desinteresadamente, tal como son, es un don de Dios y, de hecho, me lo está concediendo poco a poco. Fruto de experimentar este amor gratuito de Jesucristo, surgió en mí la llamada al sacerdocio, en el Seminario Redemptoris Mater. Lo que distingue este seminario es la disponibilidad total para ir a cualquier nación donde sea necesario anunciar el amor gratuito de Dios.

Wooby Oreste Jacques
Madrid