RetrocesoA&ONº 282/22-XI-2001SumarioEn portadaContinuar

La verdadera libertad

La rutina, las obligaciones cotidianas, el tiempo que transcurre sin pedir permiso, a expensas del hombre, elimina toda huella de silencio y reflexión. Sin silencio no hay verdadera libertad, porque sólo el silencio nos ayuda a seleccionar, diferenciar lo que queremos que sea nuestro. Sólo el silencio forma criterio, propicia encuentros con uno mismo, y sólo el silencio demuestra la pequeñez y dependencia del ser humano

A. Llamas Palacios

En medio de un descomunal atasco al que los habitantes de una gran ciudad están acostumbrados, el sentimiento de impotencia suele predominar entre los conductores. Quien más o quien menos busca escapatorias a ese encierro obligado entre amasijos de metal, bocinas, músicas, voces radiofónicas y peatones buscando huecos para ir siempre hacia adelante, deprisa, mejor corriendo. Las escapatorias suelen consistir en hacer repasos de agenda, mortificarse con algún error cometido en el trabajo, un roce con un compañero, o la innumerable lista de recados por cumplir. La familia suele simbolizar el lugar de acogida y descanso. Algunos llegan por la noche, agotados, eufóricos o desanimados. Otros le dedican más tiempo a la casa, y la interminable lista de tareas que conlleva un hogar, directamente proporcional a la cantidad de sus miembros, resulta tan estresante y agotadora como cualquier trabajo sin límite de horario. Las obligaciones, las necesidades creadas dentro de la rutina diaria abruman, llenan todas las horas del día: las realizamos, las pensamos, las repensamos...

Con este panorama, los corazones explotan, los nervios fallan, las lágrimas no se controlan y algunas preguntas, como el sentido de la vida, tan propias de seres dotados de espíritu, pero tan arrinconadas en los lugares de más difícil acceso, como la ropa que uno nunca se pone, surgen, asaltan, sorprenden, desconciertan.

La televisión, los concursos, los seriales, las noticias que nos mantienen en vilo, la publicidad, los ruidos, los comentarios..., todo llega hasta nosotros como «un chaparrón que empapa la imaginación y atiborra la memoria hasta convertirnos en un disco de ordenador saturado», en palabras del sacerdote jesuita Jorge de la Cueva.

ESCUCHAR EL SILENCIO

El 11 de septiembre-la tarde de los televisores podría llamarse- supuso un aviso para el hombre occidental. La muerte, la destrucción se palpaba de cerca. Las Torres gemelas, el símbolo de la Gran Manzana, de la sofisticación, se venía abajo. Comprobamos, en riguroso directo, que la modernidad no es invencible, que la soberbia del hombre, sus edificios, sus riquezas, arden con la misma intensidad que un árbol solitario. Muchos, mientras contemplaban horrorizados el espectáculo de la muerte, se hicieron preguntas. Pero la asimilación del horror, la interiorización de todos los sucesos que nuestros ojos recogen y el cerebro acumula, la reflexión sobre el significado del mal, el objetivo de esta vida, sólo puede hacerse de una manera. Y es en el silencio.

La verdad de uno mismo sólo se percibe en el silencio. La paz, el autoconocimiento, la reflexión profunda, la humildad y la perplejidad ante la vida sólo surgen escuchando el sonido más dulce y sencillo que Dios inventó para el hombre: el silencio.

A primera vista puede parecer un razonamiento tan obvio, que ni siquiera mereciese ocupar las páginas de un medio de comunicación. El hombre se encuentra frente al silencio a diario: el silencio de la noche, el silencio de una biblioteca, el de una casa vacía, el de un bosque, el de la cima de una montaña. Es cierto, el silencio está ahí, pero no se escucha. La culpa no es tanto de las personas como de toda una cultura dominante en la sociedad en que vivimos, de la que es difícil escapar, porque nos envuelve. «La razón por la cual no tenemos ratos de silencio en estas vidas programadas -explica para Alfa y Omega el escritor Juan Manuel de Prada- tiene que ver con la necesidad de los políticos y de los poderes en general, de que la gente no tenga tiempo para pensar, sumergiéndolos en ocupaciones que ellos creen importantes. Es un truco de esta sociedad consumista. La sociedad actual necesita la prisa, el ruido es necesario para mantenerla. Si la gente se pusiera a pensar, a meditar, posiblemente muchos renegarían de su vida y de su trabajo. Y es que el silencio, definitivamente, nos acerca a las verdades últimas de la vida».

Es cierto: no disponer de tiempos de silencio conlleva vivir al día una vida sin profundidad, sin preguntas o esperanzas verdaderas. Implica poca sensibilidad y falta de reconocimiento ante algo tan asombroso como el hecho de estar vivo. Una persona que no busca el silencio no busca saber para qué vive; por qué las cosas son como son; por qué existe el dolor; por qué no es feliz, si aparentemente lo tiene todo. Es, en definitiva, una muestra de conformismo indigno del ser humano. «Quien no tiene espacios de silencio -explica el padre Jorge de la Cueva- se expone a no ser nunca él mismo, por no poder distinguir lo que es suyo de lo que le es impuesto más o menos subrepticiamente; se verá condenado a no encontrarse consigo mismo. El silencio es criba que separa lo que queremos asimilar y hacer nuestro, de lo que se nos impone o se nos introduce por conductos que no controlamos, incluso con intento de manipularnos y llevarnos adonde tal vez no queramos, y quizás no debemos ir. Pensemos cuánta belleza, cuántos valores, cuántos bienes auténticos nos pasan inadvertidos por falta de silencio».

SILENCIO Y LIBERTAD

¿Buscas la libertad? ¿Añoras el sentimiento de sentirte libre, ajeno a la manipulación del consumismo, de las necesidades prescindibles, de las obsesiones y de los sufrimientos innecesarios?: sin silencio, no hay verdadera libertad.

El ritmo de vida impuesto en esta escalada contrarreloj en la que se ha convertido nuestra sociedad (nuestra, la occidental, tan distinta a otras sociedades, relativamente cercanas, donde la pobreza da lugar a otra forma de vida de la que quizá, dicho con ánimo de provocación, deberíamos aprender), sin reflexión, solamente vivida desde la superficialidad, tiene consecuencias fatales.

Don José María Sémelas, médico psiquiatra, hace una reflexión muy interesante basándose en su experiencia: «Muchas veces tenemos poca capacidad para la reflexión en momentos de crisis. No dominamos nuestro tiempo, sino que el tiempo nos arrastra junto con todo el bombardeo sistemático de la cantidad de información que nos dan los medios de comunicación. La felicidad se encuentra en la capacidad de cada uno de buscar los momentos de reflexión, de retirada de este sistema de vida, y de saber mirar hacia dentro, para determinar qué es lo más importante para nosotros. A menudo nos convencemos a nosotros mismos de que la vida será mejor después de haberse casado, de haber tenido un niño. Más tarde, nos sentimos frustrados porque nuestros hijos no son lo suficientemente grandes, y pensamos entonces que será mejor cuando crezcan. Pero, cuando crecen, no disfrutamos porque son adolescentes, y es una etapa difícil de vivir. Estamos convencidos entonces de que seremos más felices cuando haya pasado esta etapa. Nos repetimos que nuestra vida será completa cuando las cosas vayan mejor. Pero la verdad es que no hay mejor momento para estar feliz que el momento presente. La vida estará siempre llena de desafíos que afrontar, y de proyectos que terminar. Pensando, en silencio, uno puede darse cuenta de que todos esos obstáculos son realmente la vida, y que la felicidad no es un destino, sino un camino.

Cuando una persona es capaz de descubrir ese silencio y, a través de ese silencio, valorar lo más importante de la vida, se da cuenta de que todo lo que le rodea son muchas cargas innecesarias. Sólo una cosa es la más importante, la verdadera: la realidad de nuestra vulnerabilidad, los temas vitales que conciernen a todo ser humano: de dónde venimos y a dónde vamos, el sentido del sufrimiento...; en definitiva, el sentido trascendental de la vida.

Todo esto resulta difícil de encontrar por el ruido, la hiperactividad que ofrece la sociedad de consumo. Sin embargo, nosotros podemos, en silencio, recapacitar y reencontrarnos. No reencontrarnos, no tener estos silencios y esta introspección, muchas veces deriva en una vorágine de sentimientos, de objetivos perdidos, de proyectos incumplidos que, en realidad, son superficiales, pero como consecuencia de todo esto la vida pierde su sentido y se engendran todas las patologías de transtornos».

EL SILENCIO, FORMA DE VIDA

Hay ciertos hombres que se sienten irresistiblemente atraídos por el silencio. Son todos aquellos hombres y mujeres que entregan su vida a la oración contemplativa. No es nada nuevo. A lo largo de los siglos, como explica Thomas Merton, en Vida contemplativa cisterciense, «la llamada a abandonar la sociedad y vivir en un desierto físico o espiritual se ha expresado en formas variadas. En los primeros días del monacato, había algunos monjes que adoptaban simplemente una vida errabunda en el desierto, sin morada fija. Otros vivían completamente solos, como ermitaños. Con el tiempo, descubrieron que se necesitaba cierta forma de vida social e institucional para dar estabilidad y orden. De esta forma se afianzó la vida común o cenobítica, en la cual la misma comunidad estaba ubicada en el yermo, o por lo menos alejada de cualquier ciudad, y en la cual los hermanos preservaban un ambiente de oración por medio del silencio entre ellos mismos».

El desconocimiento de la realidad del silencio y su entrega a Dios a través de él sepulta casi en el olvido la tradición de los monasterios. Sin embargo, la forma de vida monástica, las costumbres, las razones de su existencia son un escándalo para los que las ignoran. Los contemplativos se encuentran hoy en las antípodas de lo que se supone que debe ser la vida tal y como está planteada por la mayoría (¿o minoría?) dominante.

Nadie podría suponer, entonces, que esta vida contemplativa poseyera el instrumento más antiguo que conoce el hombre de acercamiento al sentido de su existencia. El silencio, aquella ausencia de sonidos que deja oír otro tipo de voces, es igual para todos. Todos somos iguales ante el silencio; a nuestros «ídolos» sólo hay que imaginárselos en plena soledad. De nada sirven las caretas, las actuaciones, los papeles ensayados delante del espejo. El alma se queda en cueros, no queda lugar para lo que no es nuestro. Blas Pascal decía: «Toda la desgracia del hombre proviene de que no aguanta estar solo en una habitación». El silencio nos empequeñece. Bueno, en realidad somos así de pequeños, porque el silencio desnuda lo superficial y mantiene la esencia.

«El silencio es una gran rebelión contra nuestro propio desorden -dice José F. Moratiel, en su libro Conversando desde el silencio-. Es una rebelión contra el mundo interior. Se habla de rebeldía porque sospechamos que puede ser posible. Es una esperanza. Buscamos nuestra propia transformación atendiendo a nuestra propia profundidad íntima, porque, si Dios está dentro, el reencontrarlo es nuestra tarea, nuestro derecho, nuestro deber. En el silencio se pueden romper los muros que nos separan de la vida. El silencio es respirar libremente. Tengo que contactar con mi verdad interior porque todavía no sé lo que soy. En el silencio se puede disfrutar de uno mismo y gustarse».

EL MIEDO AL SILENCIO

Pero tenemos miedo. Nos resistimos al silencio, el mismo autor explica: «Cuando uno se sumerge en el silencio, lo primero que, a veces, nos ocurre es que vemos desfilar sin parar las inquietudes de nuestras angustias. Nuestras complejidades, agresiones, luchas, errores..., pero no pasa nada, porque más allá estamos nosotros a salvo, puros y sin contaminación. Mi propia verdad habrá que recuperarla dentro. Estará esperándome en mi corazón. No hay nada que asuste».

Le tenemos miedo al silencio, quizá porque «los rincones desconocidos del alma -como decía el Hermano Rafael- en el silencio y en la oración salen a flote». Incomoda el silencio que deja al descubierto nuestras debilidades. «Todos tenemos experiencia de nuestra propia debilidad -apunta el padre Enrique González-. Necesariamente nos topamos con la verdad de nosotros mismos. Pero me suscita compasión, pues tal y como funciona el mundo moderno, que vacía el alma, que no deja espacio para pensar en Dios, en las relaciones humanas, todo se mueve a base de impulsos. Es un mundo duro, y quien no entra dentro de la rueda de la competición se queda fuera».

El padre Enrique González es el promotor, y el alma, de la casa de los pobres El Don de María, en Madrid. En su experiencia de meditación y cuidado de los necesitados, ha comprobado que «éstos son especialmente intuitivos en cuanto a la sinceridad de las personas». El silencio de los pobres, su meditación respecto a la vida es muy distinta, pues «hay mucha variedad de personas dentro de los pobres: personas que crecen en humanidad, que tienen un sentido muy grande de la vida, una percepción muy aguda de las cosas. Tienen más tiempo para observar. La mayoría tienen poca capacidad de escucha, pero es que la calle es tremenda, y el abandono, el maltrato, las calamidades influyen mucho psicológicamente. Sin embargo, a veces uno se encuentra con filósofos, vagabundos con destellos de sabiduría».

El padre Enrique, que con frecuencia ha realizado peregrinaciones en soledad, afirma que «la presencia de Dios se hace mucho más intensa cuando uno está solo. Siempre que he peregrinado lo he hecho sin recurso alguno, respondiendo a un deseo de abandonarme en las manos de Dios, de ofrecerme al cuidado misericordioso de Dios. El silencio nos conduce a la libertad, al encuentro con Dios y con nosotros mismos. En él nos damos cuenta de nuestra naturaleza herida, de nuestra pobreza, de la necesidad que tenemos de Dios».

NO MANCILLAR EL SILENCIO

«No corras. Ve despacio. Adonde tienes que ir es a ti mismo...», decía Gandhi. Al fondo de la inmensidad que aguarda en el silencio cada alma. Thomas Merton lo resume de esta forma: «Aquellos que aman su ruido son impacientes de todo. Constantemente mancillan el silencio de los bosques, de las montañas y del mar. Taladran la naturaleza silenciosa en todas las direcciones con sus máquinas, de miedo de que el mundo tranquilo les acuse de que están vacíos. La urgencia de su inquieto movimiento parece ignorar la tranquilidad de la naturaleza, al fingir que tiene una finalidad. El estruendoso aeroplano parece negar por un momento la realidad de las nubes y del cielo por su dirección, su ruido y su pretendida potencia. Empero, el silencio de los cielos permanecerá cuando el aeroplano haya pasado; la tranquilidad de las nubes permanecerá cuando el aeroplano se derrumbe. El ruido que hacemos, los negocios, nuestros objetivos y todas las fatuas afirmaciones acerca de nuestros propósitos, nuestros negocios y nuestro ruido: he ahí la ilusión.

Ora el aeropleno pase esta noche o mañana; ora haya o no automóviles en la sinuosa carretera; ora los hombres hablen en el campo acerca de si hay una radio en la casa o no, el árbol producirá silenciosamente sus renuevos. Ora la casa esté vacía o llena de niños; ora los hombres salgan hacia la ciudad o trabajen con tractores en los campos; ora el buque entre a la bahía lleno de turistas o lleno de soldados, el almendro producirá silenciosamente su fruto».

En el silencio del insomnio, de la soledad forzosa o deseada, el silencio del que camina solo en medio de la muchedumbre, el mundo adquiere otro sentido. Cualquier hombre, de toda condición, raza, situación... se enfrenta al misterio de la vida, en silencio, abierto a descubrir, intrigado, por qué. Y en los corazones esperanzados, se oye: «Si quieres caminar, iré contigo; si me miras, verás la verdad de tu corazón; si nadie te necesita, yo te busco; si quieres conversar, yo te escucho siempre...»