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Como un peregrino más
Saludo desde la ventana de la Nunciatura. París. Viernes, 12 de septiembre de 2008
Queridos jóvenes: ¡Vuestra acogida tan cordial conmueve al Papa! Gracias por haberme esperado aquí a pesar de ser tan tarde y de forma tan entusiasta.
Estos próximos días en París y Lourdes me proporcionan ya mucha alegría. Doy gracias al Señor que me ha concedido realizar este primer Viaje pastoral a Francia como Sucesor de Pedro y encontrar una respuesta tan estimulante entre los fieles.
Estoy feliz de sumarme mañana a la multitud de peregrinos de Lourdes para celebrar el Jubileo de las apariciones de la Virgen. Los católicos en Francia necesitan más que nunca renovar su confianza en María, reconociendo en Ella el modelo de su compromiso al servicio del Evangelio. Pero antes de partir hacia Lourdes, os espero a todos mañana por la mañana para celebrar la Eucaristía en la explanada de los Inválidos.
Cuento con vosotros y con vuestras oraciones para que este Viaje dé fruto. Que la Virgen os guarde. De todo corazón, os imparto la Bendición Apostólica.
Buenas noches y hasta mañana.
Ciencia sin conciencia, ruina del alma
Saludo, en el Instituto de Francia. París. Sábado, 13 de septiembre de 2008
Señor Canciller, señora y señores Secretarios perpetuos de las cinco Academias, señores cardenales, queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio, queridos amigos académicos, señoras y señores: Es para mí un gran honor ser recibido esta mañana bajo la Cúpula. Les doy las gracias por la exquisita gentileza con la que me han acogido y por la medalla que me han regalado. No podía venir a París sin saludarles personalmente. Me agrada aprovechar esta feliz ocasión para subrayar los lazos profundos que me unen a la cultura francesa, hacia la que siento una gran admiración. En mi trayectoria intelectual, el contacto con la cultura francesa ha tenido una importancia especial. Me es propicia, pues, la ocasión para manifestar mi gratitud hacia ella, ya sea personalmente que como Sucesor de Pedro. La placa que acabamos de descubrir conservará el recuerdo de nuestro encuentro.
Rabelais dijo muy justamente en su tiempo: «La ciencia sin la conciencia no es más que ruina del alma» (Pantagruel, 8). Fue sin duda para contribuir a evitar el riesgo de una semejante dicotomía que, a finales de enero, y por vez primera en tres siglos y medio, dos Academias del Instituto, dos Academias Pontificias y el Instituto Católico de París organizaron un Coloquio interacadémico sobre la cambiante identidad de la persona. El coloquio ilustró el interés que presentan amplias investigaciones interdisciplinares. Esta iniciativa podría continuarse para explorar conjuntamente los innumerables senderos de las ciencias humanas y experimentales. Acompaño este deseo con la oración que elevo al Señor por ustedes, por sus seres queridos y por todos los miembros de las Academias, así como por todo el personal del Instituto de Francia. Que Dios los bendiga.