Manipulación del lenguaje y extravío ético y cultural

El pasado mes de enero, Alfa y Omega recogía unas certeras y aleccionadoras palabras del profesor José Luis Gutiérrez, Director del Instituto de Humanidades Ángel Ayala-CEU, acerca del dirigismo cultural y la propagación de la mentira. En su exposición, Gutiérrez describía el oscuro panorama en que se encuentra, hoy día, la educación, la enseñanza y los medios de comunicación a causa de la manipulación dominante. En concreto, en el terreno de la información, el dirigismo cultural se encarga de tergiversar la realidad y la Historia.
 
Así, en opinión del ensayista francés Jean François Revel, la información incurre en el vicio de no ver lo que existe y de ver lo que no existe, es decir, silenciar y omitir lo cierto e inventar y crear la mentira. En esta operación desempeña un papel importantísimo un instrumento básico: el lenguaje, mejor dicho, el abuso del lenguaje, que se presta a una deformación de la significación correcta. La anécdota descrita a pie de página, nos ilustra acerca de los efectos derivados de ese abuso o doble uso de las palabras. No creo que hoy la vida humana dependa de este fenómeno. Sin embargo, y en honor a la verdad, hay que decir que nuestras mentes resultan diariamente secuestradas y embargadas por un bochornoso hábito que prolifera y se extiende en los medios de comunicación: la manipulación de la información y la adulteración del lenguaje. Con esta práctica se confunde y se desconcierta de forma sistemática a la opinión pública. La tergiversación de los mensajes, de las noticias y de los datos impide la difusión de una limpia y saludable información. Ello actúa, en definitiva, como rémora en la generación de conocimientos rigurosos y de una cultura libre y no mediatizada.


Manipulación informativa
Dice el profesor Niceto Blázquez que manipular la información implica intervenir deliberadamente en los datos de una noticia por parte del emisor; trastocar sutilmente esos datos de modo que, sin anularlos del todo, proprocionen a la noticia un sentido distinto del original, en función de unos intereses preconcebidos por parte del emisor. Y todo ello de tal forma que el receptor no pueda percatarse de esa intervención sin recurrir a otras fuentes de información. En su obra El desafío ético de la información, Blázquez enumera algunas técnicas de manipulación informativa, como el abuso del lenguaje y de planteamientos estratégicos mediante el empleo de palabras o de esquemas denominados talismán, es decir, conceptos o ideas que suenan bien por estar de moda o ir con los tiempos: democracia, libertad, ciencia, progreso, derechos humanos, ecologista, postmoderno; la opinión prefabricada o juicio de valor sobre una realidad que tiene la categoría de ley, de sentencia aprobatoria o condenatoria respecto de dicha realidad, y ante la que nadie se atreve a opinar ni a discrepar; el terrorismo intelectual, propio de los monopolios informativos controlados por las multinacionales de la información, que imponen sus tesis y sus puntos de vista en la sociedad; la propaganda tendenciosa como difusión proselitista de ideas e intereses, que se manifiesta en el simple modo de redactar los títulos, de elaborar los extractos y resúmenes, de colocar la noticia dentro del formato del programa o del periódico, y en la forma de hacer los comentarios el sensacionalismo informativo, que exagera intencionadamente el contenido de la noticia; la desinformación, que proporciona informaciones generales erróneas, llevando al público a cometer actos colectivos o a difundir opiniones que correspondan a las intenciones del desinformador; la manipulación fotográfica, consistente en la falsificación de fotografías; las intimidaciones de orden económico a quienes respetan los principios éticos de la información.
Pero, sin duda, la técnica manipuladora más aguda y penetrante es la mentira en sus tres formas: supresión, consistente en hacer creer al público que algo que existe, no existe; adición, que inclina al destinatario a creer en la existencia de algo que no existe; y la deformación, que ofrece al público una imagen distorsionada de la realidad. A su vez, la distorsión puede ser cuantitativa, si exagera o minimiza la realidad, o cualitativa, si recurre a calificaciones o cualidades falsas. Existe una anécdota que ilustra esta forma de manipulación: un viajero inglés inició un recorrido por Francia anotando en un diario todo lo que observaba. Al llegar al puerto de Calais, en una noche tormentosa, comprobó que el muelle estaba solitario y que tan sólo un hombre con notable cojera deambulaba por el mismo. Tras ver aquello, anotó en su diario: «He desembarcado en Francia y lo primero que puedo comprobar es que los franceses son cojos».
Sin duda, todos estos hábitos deformadores obstruyen el acceso de los ciudadanos a una información veraz y a unos conocimientos genuinos. En tal escenario, difícilmente puede prosperar la cultura, la enseñanza y hasta la libertad, pues el saber es elección, y cuanto más sabemos, más posibilidades de elegir tenemos y más libres somos. El saber es tolerancia, y ésta es el sedimento de una sociedad feliz y afortunada. Por ello, quien controla el saber de los individuos, domina a los individuos, y así Stalin afirmaba que, «de todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan
crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario». Hay personas y grupos que quieren que pensemos y entendamos lo que ellos desean. Hay intelectuales que falsean la realidad; a todos ellos no les importa, lo más mínimo, el alejamiento de la verdad; pero quien así actúa, quien se desinteresa de la certeza, quien no tiene la voluntad de ser verídico, es políticamente un tirano e intelectualmente un bárbaro.
El pensamiento único
Madison, uno de los prohombres de la Revolución americana, afirmó en los albores de la Independencia de los Estados Unidos: «Si tuviera que elegir entre un Gobierno sin periódicos o periódicos sin Gobierno, elegiría, sin duda, esto último». Hoy, ante el nefasto panorama mediático, es mejor no optar entre ninguna de las dos alternativas, ya que igual de perversas son la una y la otra. Y es que la opresión no sólo puede venir del poder político, sino también del poder que ejercen los medios de comunicación mediante la tergiversación de la realidad y mediante la manipulación informativa.
Otro dato a tener en cuenta en el ámbito de los medios de comunicación es el de la uniformidad informativa, es decir, el denominado pensamiento único y su estandarte de lo políticamente correcto. Bajo el imperio de la corrección política, se permite la crítica y la controversia sobre todo lo que resulta irrelevante, pero se prohíbe la discusión sobre las cuestiones que pudieran suscitar división o toma de posturas decididas. Estamos, sin duda, ante una nueva forma de restricción de la libertad de expresión, ante una barrera a la pluralidad. Y estamos también ante una fórmula favorecedora de la expansión de otra especie aberrante: el relativismo ético y cultural. A este respecto, no puede ignorarse que una mera selección de noticias superficiales, en las que la apariencia prevalece sobre lo real, la anécdota sobre la categoría, en las que se resalta lo extravagante, lo excepcional como si fuera normal y razonable, implica ya una intervención manipuladora, culpable y deliberada.
Cada día, nos invade la sensación de vivir en un mundo en el que no se permite a la gente pensar, ni mucho menos decir lo que uno piensa. Tan sólo estamos autorizados para informarnos, manejando la información que previa y deliberadamente nos han hecho llegar. Nos impiden que esa información, esos datos suministrados podamos convertirlos en conocimiento. Se nos prohíbe que transformemos la cantidad (información, datos, noticias) en calidad (conocimiento, saber, cultura).
A mantener este actual estado de coacción cultural, contribuye, sobremanera, la desproporción tan brutal que existe mundialmente en la posesión de los medios de comunicación y en el control de la información. Estados Unidos, Japón y la Unión Europea controlan el 90% de la información y la comunicación de todo el planeta. La libre circulación de información resulta imposible y hasta inimaginable. La imposición del pensamiento único por los países ricos a través de sus altavoces mediáticos origina la concepción de un único mundo posible, con un único sistema económico viable y con un unificado concepto de modernidad, desarrollo y progreso. En definitiva, la información, en contra de una genuina libertad de expresión, genera dogmas que se resumen en el simple Lo que no está en los medios de comunicación tal y como los medios de comunicación lo publican y lo interpretan, no está en el mundo.
La información, tal y como está conformada hoy en día, puede convertirse en fuente de intolerancia, de intransigencia. Con el pensamiento único se anula el pluralismo. Por eso, el pensamiento único no es comprensivo ni tolerante con el disidente, se le permite su mera existencia, pero se le impide manifestar su opinión diversa y diferente. Para apagar las voces discrepantes, la información no escatima ningún esfuerzo manipulador. Dice a este respecto López Quintás, en su obra La tolerancia y la manipulación, que el manipulador es un ilusionista de conceptos que tergiversa el sentido de los vocablos para alterar a su antojo la escala de valores, y conseguir que multitud de personas pierdan capacidad creativa y sean fácilmente dominables.
Manipulación y tolerancia son dos términos contrapuestos por su sentido teleológico: mientras que la tolerancia permite la búsqueda de la verdad, la manipulación nos lleva directos a la mentira. No puede haber convivencia plural posible si se anula la fuerza constructiva de la tolerancia y se sustituye por la potencia destructora de la manipulación, de la mentira.

Derecho a la verdad y deber de responsabilidad
Toda persona humana tiene un derecho natural a la verdad como exigencia del instinto propio de la inteligencia. Pero el individuo no siempre puede ejercer ese derecho ni satisfacer esa necesidad por sí mismo; debe, pues, la sociedad proporcionar los profesionales responsables y competentes capaces de dar respuesta adecuada a la exigencia de verdad. La profesión del comunicador y del informador encuentra su justificación en ese derecho natural de la persona humana a la verdad, que, por lo general, no puede encontrar por sí sola. En este derecho a la verdad hinca sus raíces el derecho a ser informado o exigir información, y tiene como correlato el deber de los informadores que gozan de la honestidad y de la competencia profesional para cumplirlo. Si la salud de la información es la verdad, la mentira y el engaño es su enfermedad.
Ahora bien, ¿cómo podría definirse la verdad informativa? Admitamos que como adecuación de la mente del emisor, del informante a la realidad social específica en donde se ha producido la información. Es decir, un periódico ha de reproducir fielmente la noticia y, si manifiesta su opinión sobre la misma, debe hacerlo con rigor y honestidad. El drama fundamental del hombre hoy día no es el drama de la bondad o la malicia. La verdadera batalla ha de librarse entre la verdad y la mentira. Jean François Revel escribió hace unos años, en su obra El conocimiento inútil, que la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. Revel continúa diciendo que el público tiende a considerar la mala fe como una segunda naturaleza en la mayoría de los individuos cuya misión es informar, dirigir, pensar, hablar, y que quienes recogen la información parecen tener como preocupación dominante el falsificarla, mientras que los que la reciben, la de eludirla.
Actualmente, los medios de comunicación social dominan, oprimen, censuran, mienten y falsifican. Está ausente en ellos una ética profesional; se echa en falta cierta dosis de humanismo en el comunicador; al contrario, predomina un profesionalismo exagerado y a ultranza. El gran drama del informador es que, a fuerza de buscar una supuesta verdad, destruyen de un plumazo, y nunca mejor dicho, la realidad. La comunicación-información por oposición a la comunicación-desinformación ha de generar una imagen en consonancia con la realidad y con la Historia, alejándose de lo ficticio y de lo falso. Sin verdad, no es posible el conocimiento genuino, ni la convivencia humana. La verdad es contraria a ese aserto del periodismo de que la realidad no debe estropear una buena noticia.
Tradicionalmente, los profesionales de la información tenían como finalidad su independencia, que servía como salvaguarda de su objetividad a la hora de desarrollar su actividad periodística. Hoy, desgraciadamente, la profesión informativa se encuentra en connivencia con el poder político y el poder económico. Los medios de comunicación conciertan alianzas con el mundo empresarial y de las finanzas. Ello contribuye a convertir la información en un asunto exclusivamente mercantil y a alejarla de los intereses del público. Se va extendiendo así la desconfianza hacia los profesionales de los medios de comunicación, que cada día son más parciales.
Algunos informadores están sometidos a presiones morales, financieras, ideológicas y políticas. Ante ello, sólo una conciencia ética sólida y vigorosa constituye el mejor antídoto ante las incitaciones a la corrupción. La corrección ética es la mejor defensa de la credibilidad profesional en materia de información. Es la ética profesional la que enseña a los informadores a escuchar y aprender de las críticas del público, así como a defenderse de los poderes políticos y económicos mediante el ejercicio de la legítima libertad de expresión al servicio del bien común. La profesionalidad informativa exige cada vez más conocimientos y más sentido de responsabilidad. La responsabilidad del informador es el ejercicio razonable de la libertad de expresión y es un asunto primordial y específico de la ética. La relación entre competencia profesional y responsabilidad ética es muy estrecha. Sin embargo, no se puede exigir responsabilidad a quienes no son libres.

Una utilización libre y responsable de los medios de comunicación es una utilización ética de los mismos. Los informadores han de estar provistos de dos cualidades esenciales para utilizar correctamente estos instrumentos mediales: la libertad y la responsabilidad, es más, estos dos elementos aparecen como indisolubles, ya que, sin responsabilidad, la libertad puede tornarse en abuso, y la responsabilidad no existe allí donde uno no es libre, sino que actúa con sometimiento o vasallaje hacia otro. La libertad y la responsabilidad en el uso de los medios de comunicación garantizan la salvaguarda de la verdad, la solidaridad y el respeto a la dignidad humana, tres exigencias ineludibles que deben prevalecer en el entorno mediático si no se quiere caer en la desinformación y en la manipulación de la persona, con todo lo que ello puede acarrear de efectos funestos y degradantes.
Como dice Juan Pablo II, la cultura medial es una cultura unitaria y avasallante, cada vez más uniforme y dominante, que propugna el consumismo asociado al ocio y al tiempo libre. Precisamente, durante su tiempo libre, el hombre se relaja y adopta una postura de pasividad, haciéndose más permeable a los agentes externos. No puede ignorarse la poderosa influencia que los medios de comunicación ejercen sobre la educación de las personas. En ocasiones, y por desgracia, la prensa, en cualquiera de sus formas, constituye para muchos la única fuente de formación y de instrucción, habiendo arrinconado a los sistemas tradicionales: la familia, la escuela o el entorno religioso. Si continua vigente este dominio manipulador de la información, se corre el riesgo de llegar, como primer paso, a la confusión y al desbarajuste de ideas, y de aquí al desmantelamiento moral y a la amputación de valores éticos. Ello acarreará, si no lo está haciendo ya, consecuencias irreparables en el ámbito de la cultura.
Ojalá que los informadores, los gestores y los responsables últimos de los medios de comunicación tengan presentes aquellas palabras que, en 1982, con ocasión de su visita a Madrid, Juan Pablo II pronunció como retrato moral del informador responsable: «La búsqueda de la verdad indeclinable exige un esfuerzo constante, exige situarse en el adecuado nivel de conocimiento y de selección crítica. No es fácil, lo sabemos bien. Cada hombre lleva consigo sus propias ideas, sus preferencias y hasta sus prejuicios. Pero el responsable de la comunicación no puede escudarse en lo que suele llamarse la imposible objetividad. Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es la lucha por dar con la verdad, la decisión de proponer la verdad, la praxis de no manipular la verdad, la actitud de ser incorruptibles ante la verdad. Con la sola guía de una recta conciencia ética, y sin claudicaciones por motivos de falso prestigio, de interés personal, político, económico o de grupo».

Raúl Mayoral Benito.

Un viejo profesor, en su afán por enseñar a los alumnos el empleo correcto de los signos de puntuación, contaba la historia de un condenado a muerte que, un día antes de su ejecución, solicitó al rey el indulto. De palacio, partió un emisario con destino a la prisión portando el decisivo correo real con la contestación al ruego de clemencia. Cuando el mensaje llegó a presidio, se suscitó entre los alguaciles y carceleros una enrevesada controversia en orden a interpretar la voluntad regia. La respuesta del rey decía: «Perdón imposible ejecutar condena». Como tan escueta y fría frase no iba acompañada de signos de puntuación, los lectores del mensaje se dividieron en dos bandos: quienes entendían que el reo debía morir al interpretar el escrito del monarca como «Perdón imposible, ejecutar condena»; y los que estimaban que las palabras del rey condonaban la vida del condenado: «Perdón, imposible ejecutar condena». La moraleja de semejante historieta es doble: de un lado, la importancia y razón de ser de los signos de puntuación entre las palabras. De otro, que, en función de la colocación de tales signos en el mensaje, éste puede prestarse a un doble sentido