María, en la literatura y en el arte
Hija, Madre y
Esposa de Dios

 




El mes de mayo es el mes dedicado a la Virgen, el mes cargado de esperanza y de ilusiones como el árbol cargado de flores que anuncian los próximos frutos. Y una gran ilusión del amor de hijo es conservar como un tesoro las imágenes que representan los momentos más importantes de la vida de su madre. Desde los primeros frescos hallados en las catacumbas, hasta las obras de los maestros de la pintura, escultura y literatura, la Virgen ha sido y es motivo de inspiración. Recogemos en estas páginas espléndidas imágenes y textos de los misterios más significativos de la vida de la Virgen que presenta José A. Martínez Puche en el libro: María en la Literatura y en el arte (Edibesa), en una colección que quiere ser un homenaje a la Virgen María

Queda más que decir? ¿Queda más donde suba aquesta niña bendita, pues es comparada con la lumbra del sol, que es fuente de toda luz? Aún queda más, porque para ser una niña perfecta en el servicio de Dios no sólo es menester que tenga fuerzas para lo cumplir y poner en obra. Poco aprovecha a muchos que sepan los mandamientos de Dios, que son el camino para el cielo, si no los ponen en obra». Así escribía san Juan de Ávila, un enamorado de la Virgen, para describir su natividad. Pero es Fray Luis de Granada quien se extendió, en textos ahora publicados en una obra titulada Vida de María, inédita hasta el momento como tal, paso a paso por los misterios de la Niña de Nazaret: «Dos casas tuvo Dios en este mundo señaladas entre todas las otras. La una fue la humanidad de Jesucristo, en la cual mora la divinidad de Dios corporalmente, y en la otra, las entrañas virginales de Nuestra Señora, en las cuales moró por espacio de nueve meses»
En la mente de todos sus hijos, esta singular madre ha sido la puerta por la que acceder a Dios. Así lo escribió, al término de uno de sus versos, Fray Luis de León: «A Dios de Dios bajáis del cielo al suelo, del hombre al hombre alzáis del suelo al cielo»
«Para un hijo como Dios/ echó Dios todo su resto/ y os crió Virgen a vos/ para madre a tal supuesto» (Juan lópez de Úbeda).

Una madre que arrancó del cielo al mismo Dios, y de la tierra, los corazones más duros, como demuestra este texto inédito, de 1941, de Jean Paul Sartre: «La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que necesitaría dibujar en su mirada es un estupor ansioso, que sólo ha aparecido una vez en un rostro humano. Porque Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Lo ha llevado en su seno durante nueve meses, le dará el pecho y su propia leche llegará a ser la sangre de Dios. En algunos momentos es muy fuerte la tentación de olvidar que él es Dios. Lo estrecha en sus brazos y le dice: ¡Hijito mío! Pero otras veces se queda parada y piensa: Dios está aquí, y queda presa de un horror religioso por aquel Dios mudo... Lo mira y piensa a la vez: Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecho de mí: tiene mis ojos y el dibujo de sus labios es el mío: se parece a mí. Es Dios y se me parece. Ninguna otra mujer ha podido tener de esta manera a su Dios sólo para ella; un Dios niño, que se puede tomar en brazos y cubrir de besos; un Dios cálido que sonríe y respira; un Dios que se puede tocar y ríe. En uno de esos momentos yo pintaría a María, si fuera pintor…»
Como esposa de Dios, son de destacar los versos de Lope de Vega: «Con el sí de madre os muestro,/ que aunque es Dios criador y padre,/ viene a ser hermano nuestro,/ de suerte que el ser su madre/ remite Dios al sí vuestro. / El de esposa pudo aquí/ ser solo, mas si por mí/ Dios quiere encarnar en vos,/ para mí, y aun para Dios,/ pido, Virgen, otro sí»
Fray Diego de Hojeda supo retratar en palabras la corredención de la Virgen: «Sus ojos fija en él la Madre casta:/ su vista en ella pone el Hijo santo:/ esta luz en aquella luz se engasta,/ y éste despierta aquel precioso llanto:/ mírase el uno al otro: amor ¿no basta/ que con el Hijo eterno puedas tanto,/ sin que a la Madre aflijas de manera/ que, sin cruz, de la cruz pendiente muera?»
Como el tallo lleva la flor, la Virgen lleva a Dios. Y la lección más sencilla donde se puede aprender es el rezo del Rosario, como describe Fray Luis de Granada: «Es ahora de saber que el principio de toda nuestra bienaventuranza consiste en el conocimiento de Dios. No es otra cosa la devoción del Rosario, si se platica como conviene, sino meditación de los principales misterios de la vida de nuestro Salvador y de su santísima Madre, los cuales andan juntos, porque en todos ellos entrevino la Virgen nuestra Señora como su Hijo bendito, mayoritariamente en los de su santa niñez».