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Los
agobiados, además, arrastran tras de
sí, o al menos lo intentan, a todos los
prójimos posibles, porque, cuando se
está agobiado, se tiene la sensación
de que todo el universo debería ser partícipe
de su angustia, y como un agujero negro succiona
a quien se le aproxima. Es el caso, por ejemplo,
de Nora. Nora vino desde Argentina con una beca
para realizar su investigación en la
Facultad de Informática de la Universidad
Politécnica de Madrid durante dos años.
Sus compañeros de departamento la quieren,
porque es simpática y no hace problema
con nada, no se altera, siempre puede tomar
un café, hay tiempo. Al cabo de once
meses, su comportamiento ha dado un giro de
180 grados. La crisis económica de su
país reduce el dinero disponible para
la beca y, por tanto, acelera el tiempo para
concluir su trabajo. Ya no es la que era. Nadie
se acuerda del color y la forma de su mesa de
trabajo, que acumula más y más
papeles, todos importantes. La señora
de la limpieza no se atreve a pasar por aquel
rincón. El calendario marca con señalador
fosforito todos los días del mes. No
tiene tiempo para decir hola, porque se aproxima
un angustioso adiós, que equivale a entrega
del proyecto. Ha empezado a hablar sindejarespacioentrepalabras.
No se acuerda si éste era el tercer o
cuarto disquete que compra, porque no hay manera
de encontrar el último, que dejó
ahí donde no se le podía extraviar.
Come de bocata y lleva post-it de colores por
todas partes, le pesan los párpados,
lleva andares erráticos y, con frecuencia,
mantiene la mirada perdida. Reúne todos
los síntomas de la más común
de las tragedias actuales: está agobiada.
El agobio no es sólo exceso de trabajo,
es una reacción de alarma relacionada
íntimamente con la actividad. Agobian
los quehaceres, los años, las penas.
Se imponen actividades o esfuerzos excesivos,
nos sumen preocupaciones graves que nos causan
gran sufrimiento. ¡Qué agobio!
La expresión más desgastada en
nuestro quehacer. ¡Qué agobio!
Nunca antes existieron tantos medios técnicos
para facilitar la vida del hombre; desde los
aviones ultra rápidos hasta los pelapatatas
a pilas... Sin embargo, nunca estuvo el hombre
tan agobiado en la historia de la Humanidad,
nunca estuvo tan cerca de la pérdida
del señorío personal.
El
atajo de lo fácil
No existe un trabajo fácil
para formar un carácter fuerte, que
sepa superar y sobrellevar con serenidad
todas las situaciones, que me mantenga dueño
de mi persona. Existen, sin embargo, recursos
para eliminar los sentimientos desproporcionados
de responsabilidad, con el fin de que no
nos agobien las cosas, trabajos y personas.
Soluciones rápidas y cómodas,
pero que no evitan que el problema siga
estando ahí; al contrario, debilitan
al aumentar la resistencia a las responsabilidades.
Tapan la herida, pero no la curan. Es el
atajo de lo fácil, es la evasión.
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El
psiquiatra don Enrique Rojas explica esta forma
de huir de los acontecimientos, para eliminar
el sufrimiento o la angustia que genera el peso
de la responsabilidad, como una actitud de capricho.
Lo asemeja a la imagen del «niño
mimado, que tanta pena produce al que lo observa.
Al no tener educada la voluntad, se convierte
en una marioneta de las circunstancias, traído
y llevado, y arrastrado por un sinfín
de estímulos, que le llevan de acá
para allá». Y termina su ejemplo
determinando que esa conducta lleva a ser «lo
contrario de un hombre de una pieza».
Y aquí el mismo psiquiatra español
nos da una pista de lo que puede ser una solución
a largo plazo: la educación de la propia
voluntad. Él lo define diciendo que «la
voluntad se educa haciendo lo que yo llamo ejercicios
de gimnasia de fuerza de voluntad» que,
a continuación, explica cómo hacerlos:
«Ahora hago esto sin gana porque es mi
deber, luego me aplico a aquella otra tarea
aunque no me apetezca». De esta forma
sencilla se va constituyendo un carácter
a prueba de agobio.
¿Por qué se agobian las personas?
Una carga de trabajo excesivo, o una situación
personal en una época determinada, puede
hacer sobrepasar los límites personales.
Los psicólogos entienden que esto se
produce por dos tipos diferentes de situaciones:
internas y externas. Las internas se refieren
a herencias genéticas y de carácter,
que inducen al estrés y que se tratan
con el mejor remedio: la precaución;
y en casos graves con medicación. Las
situaciones externas, sin embargo, son más
comunes. Se refieren a esos ámbitos en
los que la actividad desordenada, sin espacios
de silencio, conduce a la persona al agobio,
ya que por sí misma predispone al estrés.
En un amplio estudio realizado por la Sociedad
Andaluza de Medicina Familiar y Comunitaria,
sobre los diferentes trastornos de ansiedad
y de estrés, se explica cómo las
preocupaciones tienen efectos físicos
y mentales.
Padecer
sin perecer
Nos viene a la memoria la imagen
del estudiante que, en época de exámenes,
pierde por completo el apetito, o lo aumenta
en dimensiones alarmantes, como aquellos
a los que les afecta al estómago
y llegan a encontrarse en un estado de enfermedad
física que se deberá tratar
con medicamentos, pero que tiene sus raíces
en una actitud psicológica. El remedio
más efectivo, según la citada
Sociedad médica, para reducir los
efectos del estrés no se basan en
una medicación sedante, sino en aprender
unas técnicas específicas
al caso concreto, como animar al paciente
a practicar diariamente métodos de
relajación con el fin de reducir
los síntomas físicos, o la
actividad deportiva que prepara el cuerpo
para acoger mejor la carga psicológica,
o identificar y superar preocupaciones exageradas:
identificar pensamientos pesimistas o preocupaciones
exageradas (por ejemplo: Mi hija se retrasa
cinco minutos al salir del colegio: puede
haber tenido un accidente). |
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Sin
llegar a casos graves, con frecuencia la solución
es tan sencilla como unas dosis adecuadas de
realismo, orden y determinación. Las
personas se agobian porque hacen una mala estimación
de la tarea que comienzan. Estimación
que significa: prever lo que se va a necesitar
para el trabajo a realizar. Si se hace una mala
estimación, de tiempo o material, puede
esto ser causa de agobio. Puede ser que la estimación
se haya hecho bien, pero se haya hecho mal la
planificación. Se han calculado bien
los materiales, pero se distribuyen mal en el
tiempo. Ocurre muy a menudo en los proyectos
de trabajo en grupo. Se hace la estimación
adecuada, y se empieza con mucho optimismo al
principio, y también con un poco de incredulidad
de que aquello vaya a salir bien alguna vez,
sobre todo si es un trabajo nuevo. La solución
está en marcar unos plazos muy estrictos
para la entrega en partes del trabajo. A veces,
no se nos agota el tiempo, sino el dinero, la
gestión, que también se contempla
en lo planificado para el trabajo, y eso también
genera agobio. A todo esto se debe sumar el
agobio psicológico: falta de confianza
en la propia capacidad. Eres inteligente, vales
para hacer un examen o trabajo de lo que sea,
y te agobias con algo muy pequeño porque
crees que no puedes, tienes falta de confianza
en ti mismo. Falta de credibilidad de lo que
uno puede hacer, un detenerse ante lo desconocido.
Más que cansancio real es miedo a lo
desconocido.
Y lo que se explica desde el orden en el trabajo,
se amplía al orden ambiental, social.
Hoy todo lo estimamos bueno si, además,
es rápido, si nos lleva menos tiempo.
Por ejemplo, Madrid se visita en un día,
dentro de un autocar y con un ser mugiente,
al lado del conductor, que detalla por el micrófono
el arte e historia que tardaron siglos en hacerse.
Por su libertad el hombre puede ser dueño
también de esas circunstancias, como
lo expresaba el filósofo Ortega y Gasset:
«No somos disparados a la existencia como
la bala de un fusil, cuya trayectoria ya está
absolutamente determinada. Es falso decir que
lo que nos determina son las circunstancias.
Al contrario, las circunstancias son el dilema
ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el
que decide es nuestro carácter».
Falta de sentido
Uno de los psicoterapeutas más
famoso del siglo recién acabado ha sido
Víctor E. Frankl, de la Escuela vienesa.
Internado en el campo de concentración
de Theresienstadt durante la segunda guerra
mundial, perfiló su teoría basada
en la búsqueda de un sentido para la
vida del hombre, superando así la interpretación
de las disfunciones emocionales y psíquicas
del individuo como una consecuencia de desajustes
instintivos o subconscientes, como afirmaron
otros psicólogos coetáneos suyos,
como Freud y Adler. Crea de esta forma una tercera
Escuela vienesa de psicoterapia que denominó
Logoterapia, como análisis existencial.
Su estudio lo recogió de su propia experiencia
en el campo de concentración, en el libro
El hombre en busca de sentido, en el que destacamos
este párrafo que titula La huida hacia
el interior:
«A pesar del primitivismo físico
y mental imperantes a la fuerza, en la vida
del campo de concentración aún
era posible desarrollar una profunda vida espiritual.
No cabe duda de que las personas sensibles,
acostumbradas a una vida intelectual rica, sufrieron
muchísimo (su constitución era
a menudo endeble), pero el daño causado
a su ser íntimo fue menor: eran capaces
de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose
a una vida de riqueza interior y libertad espiritual.
Sólo de esta forma puede uno explicarse
la paradoja aparente de que algunos prisioneros,
a menudo los menos fornidos, parecían
soportar mejor la vida del campo que los de
naturaleza más robusta».
Con frecuencia se puede observar que no es la
persona con mayor capacidad física, incluso
una voluntad de hierro, la que soporta mejor
los trabajos, sino la que posee mayor capacidad
interior, que en determinados casos se traduce
en mayor capacidad de trabajo. Es como si las
personas, y así nos lo demuestra el estudio
del doctor Frankl, pudiéramos desarrollar
un espacio psicológico dentro de uno
mismo donde, en la medida del ejercicio por
ampliarlo, nos cupieran más o menos labores
sin que su peso alterase la integridad física.
El motor que impulsaría entonces a realizar
cualquier actividad de forma serena sería
la existencia misma, el sentido que demos a
la vida.
A Viktor Frankl le gustaba citar a Nietzsche:
«Quien tiene un por qué para vivir,
encontrará casi siempre el cómo».
Si este principio se traslada a los acontecimientos
cotidianos de la vida, lo que se obtiene es
una fuerza mayor para acometerlos. Por ejemplo,
un estudiante que prepara unas oposiciones.
El primer paso que da en esta nueva situación
es marcarse un objetivo. Este paso determinará
su forma de actuar posterior. En la misma medida
en que el sentido de su estudio diario esté
presente, se encontrará en mejor situación
para acometerlo con éxito. Indudablemente,
le faltarán otros dos pasos imprescindibles:
determinarse y llevar a cabo esa elección
para hacerla realidad.
El ajetreo en el que se ve envuelto el hombre
de hoy, el campo de cultivo del consumismo actual,
apoya la realidad progresiva del estrés,
del agobio, y la ampliación de los campos
de la depresión. Por eso se debe considerar
la defensa que supone vivir la propia vida en
un aquí y un ahora concreto, y con un
compromiso individual permanente.
Los cristianos, además de conocer y dar
sentido de una forma más amplia a todo
esto, poseemos confiadamente un hombro sobre
el que llorar y desahogarse, abierto las 24
horas del día: «Venid a mí
los que estáis cansados y agobiados,
que yo os aliviaré». Dice aliviaré,
no que os aprobaré o terminaré
vuestro trabajo, eso corre de nuestra cuenta.
Pero, eso sí, con la certeza de Su presencia.
Consejos
prácticos para disminuir
el agobio:
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- Reducir la cantidad de cambios
en su vida.
- Reducir las obligaciones sociales.
- Reducir la obligaciones en el
trabajo o escuela.
- Postergar cambios en su condición
de vida.
- Saber decir que no con mayor frecuencia.
- Llevar una dieta sana y equilibrada.
- Hacer más ejercicio.
- No utilizar tranquilizantes sin
previa consulta médica.
- Establecer un horario práctico
y ordenado para dormir.
- Confiar más en uno mismo.
- Los masajes antiestrés
también ayudan.
- Realizar técnicas de relajación.
- Saber priorizar los problemas.
- Dividir el problema principal
en sub-problemas, e ir solucionando
las partes del mismo hasta su completo
manejo.
- Aprender estrategias de afrontamiento.
- Nunca eludir los problemas (pues
reforzaría negativamente
la huída, haciendo que uno
tenga sistemas de indefensión,
aumentando la inseguridad y el miedo).
- En definitiva, acudir al especialista
que enseñe a adquirir los
hábitos psicológicos
y de conducta aquí señalados.
Doctor José María
Sémelas Ledesma
Doctor en Medicina, Psiquiatra -
Psicoterapeuta
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No
tengo tiempo
El momento presente, fuente de paz
y de sentido
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Nos hallamos sumidos en una mentalidad
eminentemente pragmática,
dominada por la importancia del
nec-otium, por el utilitarismo.
Según esta moral, se vive
para alcanzar el éxito, en
términos de poder o en términos
de placer, y para eso se trabaja.
El pragmatismo en todas sus manifestaciones
es una mirada febril hacia el mundo,
en la que está ausente el
sentido. Bajo esa mirada, el valor
de las cosas y el del tiempo mismo
se confunden con su precio. Así,
el tiempo es oro y no se puede perder
en algo inútil; ha de invertirse
de forma rentable. No se permite
regalar el tiempo. El tiempo es
para ganarlo. Y ganar tiempo es
hacer buenos negocios, disfrutar
de placeres intensos, producir más,
tener más cosas, vivir deprisa.
Víktor E. Frankl, uno de
los maestros más lúcidos
del siglo XX, escribía: «Se
tiene a menudo la impresión
de que los seres humanos, sin saber
dar a su vida una meta, corren y
se afanan con velocidad cada vez
más acelerada, precisamente
para no caer en la cuenta de que
no van hacia ningún sitio».
Superficialidad...
Una crítica imponente a esta
visión del mundo puede verse
en dos narraciones, infantiles en
apariencia, pero sumamente profundas
y luminosas: Momo, de Michael Ende,
y El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.
Es verdad que han sido y somos muchos
sus lectores. Pero quizás
las hemos leído también
demasiado deprisa: «En tu
tierra, los hombres cultivan cinco
mil rosas en un mismo jardín.
Y no encuentran lo que buscan...
Y, sin embargo, lo que buscan podría
encontrarse en una sola rosa o en
un poco de agua... Pero los ojos
están ciegos. Es necesario
buscar con el corazón»,
observa el joven protagonista de
El Principito.
Pero el tiempo no es oro, es vida.
Es la vida real del ahora, del momento
presente; ese instante de tiempo,
el ahora, es el tesoro que Dios
pone en mis manos para amar, para
hacer las cosas con amor, para darles
un sentido. Para convertirlas en
don.
El instante presente, vivido con
calma, es fuente de paz, de serenidad,
de verdadera eficacia. En el hall
de la sede central de una de las
mayores empresas del mundo, en Boston,
se lee el siguiente rótulo:
«Deténgase y reflexione.
Es una experiencia extraordinaria».
Anticipar el futuro con la imaginación,
desatendiendo las pequeñas
exigencias del ahora, es precipitarse
a perder la paz, salirse de ese
Haz lo que haces, que me lleva a
disfrutar de lo que tengo, de lo
que -aquí y ahora-
me ocupa, a hacerlo con todo el
corazón y poner en ello lo
mejor de mí mismo.
No es bueno revolver en un pasado
sin retorno, ni alborotarse por
un después que me imagino
de un modo y puede ser de otro.
Hay un tiempo para la planificación
y otro para el balance. Pero a la
hora de actuar es preciso centrarse
en el momento presente. A cada día
le basta su afán...
Todo en la vida ha de ser contemplado.
Contemplar es pararse para mirar
con el corazón, para percibir
el sentido que late en el fondo
de los acontecimientos, en el interior
de las personas. Uno de los secretos
de la paz interior, de la vida equilibrada,
consiste en aprender a ver pasar
la vida sin empujarla según
la medida insaciable de mi deseo,
dándome cuenta de lo que
vale y significa el minuto en que
aún la poseo, sin tener prisa
de que ese minuto se acabe para
dar lugar al siguiente. Vivir así
es indispensable también
para vivir la unión con Dios
como contemplativo, en la acción,
en las cosas de cada día.
La vida cristiana no es ajena al
ritmo de la paz interior. Como ha
escrito un gran educador cristiano,
«la santidad no consiste en
acciones extraordinarias. Se levanta
poniendo el ladrillo, intrascendente
en apariencia, de cada segundo vivido
con amor. Es el heroísmo
de la pequeñez que conduce
al heroísmo de la grandeza.
El instante presente es un regalo
de Dios, que me da vida en este
momento preciso, y una presencia
suya, misteriosamente oculta en
la acción que tengo que ejecutar,
en la ocupación que ahora
me absorbe» (Tomás
Morales, S.J.) La vida tiene sus
afanes; nada arregla el veneno de
nuestra intranquilidad, que nos
priva de saborear y de agotar hasta
el fin toda la intensidad y la hondura
del momento que pasa para convertirlo
en don.
Ana Artázcoz Colomo
Piscopedagoga
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