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Entrevista
con la escritora Montserrat del Amo
«El
niño lee con el corazón
en la mano»
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Montserrat
del Amo es uno de los clásicos españoles
de literatura infantil y juvenil. Tiene todos
los premios que se puede tener: el Lazarillo,
el Premio Nacional de Literatura, varios Barcos
de vapor
. ¿Que cómo lo hace?
«Sigo siendo capaz de ver el mundo con
ojos de niña, porque no he olvidado mi
infancia», algo que dice les
ha ocurrido a demasiados adultos. Es ley de
vida, pero esta ley no es de obligado cumplimiento:
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R.
B. V.
Cómo surgió su interés
por la literatura infantil?
Hay un momento, la adolescencia, en que se
tiende a despreciar la infancia. A los adolescentes,
cuando me encuentro con ellos, les digo: «No
perdáis al niño que fuisteis,
agarradlo de la mano y que os acompañe
toda la vida». Creo que eso es importante.
¿De verdad olvidamos que fuimos niños?
¿En qué lo nota en la gente?
¡Pues en que dicen que han tenido una
infancia muy feliz, absolutamente feliz! ¡Y
eso no es verdad! Un niño pasa por
muchas dificultades, porque se lo tiene que
inventar todo, y lo tiene que descubrir todo.
Las mamás que dicen: «Mi niño
me lo cuenta todo» están completamente
confundidas. Porque hay un secreto, el secreto
del otro, también en los niños,
con el que debemos de contar y que debemos
respetar: Esta persona no es sólo lo
que yo veo; hay algo más. Yo leí
Celia a los 9 años, cuando se publicaba
en Blanco y Negro. Ahora me preguntan si me
reía con ella. Y digo que no: yo no
me reía con Celia, me consolaba con
Celia, porque a mí me pasaban las mismas
cosas horribles que le pasaban a Celia: que
se le caía una media haciendo una función
en el colegio, que los mayores se reían
de ella, que no entendía el mundo
Un adulto lee el libro y se ríe. Pero
yo, como niña, me sentía muy
compenetrada con ese personaje.
Ahora es usted una adulta que escribe para
los niños. ¿Se ve como el abuelo
que
¡No!
¿
como el maestro que recurre
a los cuentos para
¡No! ¡No! Bien: no hay una literatura
aséptica, objetiva. Por supuesto que
en mis libros se encuentran mis ideas, mis
creencias. Pero no pretendo escribir libros
con moraleja.
¿No hay un mensaje con el que quiere
que se quede su lector?
Respecto a eso, soy muy humilde. Antes
daba por supuesto que los niños o los
adolescentes iban a quedarse con ciertas ideas,
pero el encuentro con ellos me ha demostrado
que esto no es así necesariamente.
El autor no tiene dominio sobre el mensaje
de su obra en el momento en que se publica.
Y con la literatura infantil, menos, porque
el niño lee de una manera enormemente
vivencial. No objetiviza, sino que lee igual
que vive con el corazón en la
mano. A un libro lo primero que debe pedírsele
es que sea bueno. Pongamos por caso El Principito,
de Saint-Exupèry. Un niño lo
lee con mucho gusto, y un adulto lo lee de
otra manera. Pero fundamentalmente es literatura,
está muy bien escrito. ¿De qué
sirve un mal libro con moraleja? Es como un
adulto que ha olvidado su infancia y se dirige
a los niños muy cariñosamente,
muy afectuosamente
¿Y cómo
reacciona el niño? ¡No le hace
ni caso! ¡Pero que los adultos empiecen
a hablar entre ellos de algo que no quieren
que se enteren los niños, y ahí
van a estar ellos, con la oreja pegada! Notan
perfectamente cuando se está hablando
para ellos de una manera ficticia, excesivamente
proteccionista, cosa, por cierto, que está
empezando a ocurrir también con los
ancianos.
Usted suele reivindicar el cuento. Y no sólo
para los niños...
Desde luego. Para los niños, es un
modo excelente de animar a la lectura. Pero
además, en general, es un modo excelente
para fomentar la comunicación, que
es lo que nos falta hoy a menudo. Los iberoamericanos
preguntan: «¿Cómo podéis
entenderos, si no escucháis nunca hasta
el final?» Y es verdad: vamos siempre
muy deprisa, no dejamos terminar nunca al
otro las frases. Con el cuento, el narrador
y el oyente forman una unidad y se establece
después una posibilidad de diálogo
estupenda, mientras que cuatro personas juntas
mirando la televisión son cuatro enemigos,
porque cuando una hable molestará a
las demás. Ocurre que, con la mentalidad
utilitarista, el cuento se ha convertido en
un lujo. Pregunté a unos niños
pequeñísimos si les leían
cuentos. «Ya no dijo uno.
Eso era antes, cuando éramos pequeños».
Y entonces se levanta un niña con la
cara radiante y dice: «A mí,
sí, porque he tenido la hepatitis».
¡Y estaba feliz! Bien, los niños
de estas edades tienen, al menos, a sus profesores
que les cuentan historias. Pero a un niño
de Bachillerato, ¿quién le cuenta
un cuento?
Ha escrito para distintas generaciones de
niños. ¿Nota alguna diferencia
con los niños de hoy?
Pese a lo que diga la gente, yo creo que el
ser humano no cambia tanto por lo circunstancial.
El niño con televisión
o sin televisión esencialmente
tiene que seguir enfrentándose al miedo,
tiene que descubrirlo todo e ir avanzando.
Sí hay modas pedagógicas, que
unas veces dicen que a los niños no
se les debe hablar de la muerte, enfermedad
ni cosas tristes, y a veces todo lo contrario.
Pero yo siempre he procurado mantener mis
ideas y hacer lo que me daba la real gana.
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