| |
|

|
Barcelona:
I Convención de Cristianos por Europa
Los orígenes no se inventan, se
reconocen
<De
izda. a dcha. monseñor Faustino Sáinz;
don Jordi Pujol; el cardenal de Barcelona, Ricardo María
Carles; y don Alfonso Coronel de Palma
|
Uno de los más preocupantes síntomas
de la amnesia cultural de Europa, de la Europa de
los dos pulmones, es el ejercicio de justificar lo
obvio. El reconocimiento de las raíces cristianas
de Europa no pasa de ser un método de afirmación
de la conciencia colectiva, ahora especialmente urgente
a las puertas de la re-construcción de la siempre
nueva Europa, a partir de su anunciado texto constitucional.
Ya lo dijo Jacques Delors, desde su alta responsabilidad
en la Comisión Europea, hace algún tiempo:
si en los próximos diez años no logramos
dar un alma, un significado, una espiritualidad a
Europa, perderemos a Europa. Si no se logra esta tarea,
Europa seguirá siendo, sólo y nada más,
que la Europa de los mercaderes
José Francisco Serrano
En la mediterránea y cosmopolita Barcelona,
se ha celebrado, durante el pasado fin de semana,
la Convención de Cristianos por Europa. Pese
a los resabios jacobinos del título de este
encuentro, más de centenar y medio de políticos,
empresarios, hombres y mujeres de la cultura y de
la comunicación, se han reunido para elaborar
un texto de referencia a la hora de asentar las bases
de la futura construcción europea. Quiere ser
la respuesta de un nutrido grupo de católicos
a la llamada de Juan Pablo II a la construcción
de una nueva Europa.
Como señaló en el discurso de clausura
el político catalán José Miró
y Ardèvol, organizador de este evento, «la
realidad es que en la sociedad europea hay dos concepciones,
dos formas de entender la vida, que forman sin embargo
un entramado social, una única sociedad política,
para decirlo en términos de Maritain. Hay una
concepción que afirma que no necesita nada
trascendente para orientar la vida, y a su vez hay
otra que reconoce en Dios el inicio, fin y sentido
de la vida. Ambas tienen que ser constatadas como
lo hace con acierto el preámbulo de la Constitución
polaca. De manera específica, por lo tanto,
la dimensión religiosa que de manera mayoritaria,
pero no exclusiva, se expresa en el cristianismo y
sus Iglesias, tiene que ser reconocida en términos
positivos, no únicamente como raíz primigenia
sino como realidad social viva y actuando. La formulación
institucional que ha de acoger a ambas no tiene nada
nuevo, porque es común a la casi totalidad
de normas constitucionales de los Estados de la Unión.
Se trata de la aconfesionalidad de las instituciones,
lo que significa volvemos a recordar una obviedad
que la institución como tal no tiene confesión
religiosa, es neutral, y lo es porque tampoco profesa
el laicismo. Y desde esa neutralidad, desde la aconfesionalidad,
reconoce la realidad religiosa de la sociedad y la
contempla como un hecho positivo.
La nueva Constitución representa una oportunidad
histórica, porque puede significar un marco
europeo que facilite el diálogo y el trabajo
común entre la concepción laica y religiosa
del hombre, como condición necesaria para configurar
una vida europea cualitativamente renovada, dotada
de un estilo de pensar y vivir más adecuado
a la persona, más conforme al grande ideal
de unidad y solidaridad, más próximo
a las necesidades y esperanzas cotidianas de la gente.
Éste y ningún otro es el deseo manifestado
reiteradamente por el Papa».
A la inauguración de esta primera Convención
asistieron el cardenal Ricardo María Carles
arzobispo de Barcelona, el Presidente de la Generalidad
de Cataluña, el señor Pujol; el Nuncio
de Su Santidad en las Comunidades Europeas, monseñor
Faustino Sáinz; y el Presidente de la Asociación
Católica de Propagandistas, don Alfonso Coronel
de Palma, anfitrión del encuentro. Para el
cardenal Carles, «convocar la Convención
de Cristianos por Europa es una iniciativa claramente
oportuna. Necesitamos que los laicos nos den su opinión
porque, en esta sociedad europea plural, se tiene
que oír la palabra cristiana, sobre todo teniendo
en cuenta que existe un cuerpo doctrinal de la Santa
Sede que debe ser conocido. Barcelona tiene el honor
de acoger por primera vez esta Convención,
que se celebra en una tierra de marca, puerta de España
hacia esa Europa que tiene en puertas una notable
ampliación. La fe, cuyo rol debe ser conocer
la cultura, bendice la experiencia de los hombres.
Lo religioso no debe ser sistemáticamente marginado
porque, si fuera a sí, tendríamos una
enorme carencia moral».
|
Silencio
de lo evidente
El Presidente del Gobierno catalán, el
señor Pujol, pronunció un discurso
centrado en el reconocimiento de la aportación
del cristianismo a la cultura occidental, en
particular a Europa. «La civilización
cristiana dijo no sé si es
más feliz, pero es más eficaz
y más justa que otras. No hay ninguna
civilización capaz de crear y distribuir
tanta riqueza como la cristiana. En el mundo
cristiano, hay más libertad, más
igualdad de la mujer, más respeto por
los derechos humanos. De hecho, muchas otras
civilizaciones a menudo quieren parecerse a
nosotros.
|

Roberto
Formigoni presidente de Lonbardía saluda
a Josep Miró i Ardèvol
|
El
cristianismo ha contribuido decisivamente en dos rupturas
decisivas: la separación entre el poder temporal
y el espiritual, y la del pensamiento religioso con
el científico». En otro momento señaló:
«No nos tenemos que esconder de nuestros valores
cristianos. En Francia, cuando se elaboraba la Carta
de Derechos Fundamentales de la Unión Europea,
algunos políticos de todos los signos se manifestaron
contra la inclusión de referencias al cristianismo,
pero hubo otras personalidades, como Jacques Delors,
Michel Campdessus o el filósofo Paul Ricoeur,
que se mostraron a favor. Es importante que se hable
del hecho religioso en la construcción europea,
por su importancia histórica, su decisiva influencia
y porque hay una cierta tendencia a silenciar esta
evidente realidad».
El Nuncio en las Comunidades Europeas, monseñor
Faustino Sáinz, señaló que «la
importancia de la Convención de Cristianos
por Europa está en su coincidencia en el tiempo
con el proceso de elaboración de la Constitución
europea. No imponemos nuestros dogmas, sino que proponemos
algo con argumentos con los que se identifican la
gran mayoría de europeos. Queremos, eso sí,
una Europa laica pero no laicista. El recuerdo de
las raíces cristianas puede ser un aspecto
más impactante a nivel mediático, pero
lo verdaderamente importante es la relación
de la concepción cristiana con la construcción
de la Europa del presente y del futuro».
No fueron los discursos, pronunciados en asambleas
plenarias, bálsamos de denuncia del laicismo
imperante y de los efectos de la separación
entre fe y vida pública. Más que nada
las palabras de los ponentes eran un examen de conciencia
para los hombres dedicados al trabajo en pos del bien
común. Por ejemplo, la intervención
del Presidente de la región de Lombardía,
Roberto Formigoni, quien dijo que «hay algo
irritante, además de patético, en la
pretensión de dar fundamento cultural y moral
en la Unión Europea ignorando las raíces
cristianas de Europa. Prescindir de la realidad de
los hechos no es de recibo para nada y para nadie.
La matriz cristiana del continente es un hecho cuya
presencia es evidente en los más diversos aspectos
de la cultura europea, desde las lenguas hasta el
paisaje, desde la arquitectura hasta el derecho. Los
orígenes no se inventan; se reconocen. En la
Historia no hay fundamentos de repuesto. Quien pretende
construir prescindiendo de estos fundamentos no es
que construya sobre otras bases, sino que simplemente
va a construir sobre nada. Y es éste el peligro
que hoy afecta a la Unión Europea. No es una
cuestión de fe y de moral, sino una simple
cuestión de sentido común; es un criterio
de validez general. Asimismo, me sorprendería
y me preocuparía que alguien teorizase que
la nación árabe se replantea el Islam
y prescinde de él, o que Estados Unidos serían
más auténticos si eliminasen de su memoria
la cultura de los Padres Peregrinos o la de la Frontera.
También es patético el desequilibrio
entre la mediocridad de los planteamientos y las gigantescas
dimensiones de la influencia cristiana sobre la identidad
europea».
Formigoni, incluso, se atrevió a criticar el
lenguaje y el título que aglutinaba este encuentro:
«Pero déjenme apuntó en
otro momento que les exprese alguna reserva
sobre el nombre de Convención de Cristianos
por Europa. No sólo me parece poco adecuada
la palabra convención, extraída de las
constituciones jacobinas de la Revolución Francesa,
sino también el defecto de la homonimia con
la Convención Europea, lo cual podría
desorientar a la opinión pública. Es
mejor pensar en alguna otra palabra: por ejemplo,
congreso o algo similar».
Más eficacia
Monseñor Noël Treanor, Secretario General
de la COMECE (Conferencia de los obispos de la Unión
Eurpea), recordó que «los obispos polacos
publicaron en primaveraun documento sobre la integración
europea, y los eslovacos en septiembre. El Comité
Central de los Católicos Alemanes (ZdK) está
desarrollando un debate sobre los temas que debe tratar
la Convención. Este año 2002 se reunieron
obispos, políticos, diplomáticos y académicos
en Lille, y luego en Roma, para estudiar los aspectos
legales de la nueva Constitución para Europa.
Los obispos europeos publican cada mes el boletín
Europe Infos en 5 idiomas para informar a la opinión
pública de estos procesos. No sólo los
católicos se mueven: la Conferencia de Iglesias
Europeas, que incluye anglicanos, ortodoxos y protestantes,
también ha llamado a la reflexión sobre
el tema. Los ortodoxos lo están tratando en
sus sínodos. Todo esto evidencia que los cristianos
quieren una Unión Europea más eficaz,
unos tratados más comprensibles y unos valores
europeos más claros que reconozcan la contribución
de las Iglesias a Europa».
La COMECE recomienda, según su Secretario General,
«en su propuesta del 21 de mayo que, para facilitar
que los ciudadanos se identifiquen con los valores
de la Unión Europea y para reconocer que el
poder público no es absoluto, un futuro Tratado
Constitucional de la Unión Europea debe reconocer
la apertura y otredad última asociada con el
nombre de Dios. Una referencia inclusiva a lo trascendente
proporciona una garantía de la libertad de
la persona humana. El preámbulo de la Constitución
de Polonia se ofrece como un ejemplo interesante:
Aquellos que creen en Dios como la fuente de verdad,
justicia, bien y belleza, así como también
aquellos que no comparten esta fe pero respetan esos
valores universales como surgidos de otra fuente...»
El arzobispo de Tarragona, monseñor Luís
Martínez Sistach, señaló: «El
cristianismo no es sólo una herencia muy preciada
para la Unión Europea; es también una
realidad presente y viva en cada uno de los quince
Estados que son miembros de la Unión y también
de los otros Estados candidatos a incorporarse plenamente.
Esta presencia se puede evaluar numéricamente,
y el porcentaje de los ciudadanos cristianos es muy
elevado. Las religiones cristianas tradicionales representan
el 90,5% de la población de la actual Unión
Europea, de los cuales un 58,4% son católicos,
un 18,4% son protestantes, un 11% son anglicanos y
un 2,7% son grecoortodoxos.
En los países de la Unión Europea podemos
distinguir dos tipos de Estado: el aconfesional, que
es el más común y que incluye Bélgica,
Austria, España, Alemania, Italia, Portugal
y Suecia, y aquellos en que hay un régimen
de religión de Estado, como son Inglaterra,
Dinamarca, Grecia y Finlandia. La confesionalidad
o aconfesionalidad del Estado tiene relación
directa con el principio de libertad religiosa».
Laicismo
Para el arzobispo de Tarragona, «el principio
de la mutua independencia y autonomía de las
Iglesias y la comunidad política no significa
en absoluto la laicidad del Estado, que pretende reducir
la religión a la esfera puramente individual
y privada, desposeyéndola de todo influjo o
relevancia social. Esto es laicismo. El Estado laico
y democrático tiene que promover un sereno
clima social y una legislación adecuada que
permita a cada persona y a cada Iglesia o confesión
religiosa vivir libremente su fe, expresarla en los
ámbitos de la vida pública y disponer
de medios y espacios suficientes por aportar a la
convivencia social las riquezas espirituales, morales
y cívicas. La laicidad significa la actuación
estatal de reconocimiento, garantía y promoción
jurídicas del factor religioso. Hoy en Europa
hay una tendencia creciente a lograr una laicidad
justa y a ir hacia una cooperación con las
Iglesias y confesiones religiosas por razones de servicio
a los ciudadanos. La inclusión de una referencia
a la trascendencia constituye una garantía
para la libertad de la persona humana. Que haya valores
que no son manipulables por nadie es la verdadera
garantía de nuestra libertad y de la grandeza
del ser humano. La fe cristiana ve en esto el misterio
del Creador y el parecido con Dios, conferido por
él al hombre y a la mujer. Puede ser sugerente,
y desearía que fuese imitable, en la preparación
de la Constitución europea, la solución
adoptada en la Constitución polaca, de 2 de
abril de 1997. En el comienzo del preámbulo
de esta Constitución se afirma lo siguiente:
Compartiendo la preocupación por el presente
y el futuro de nuestra patria (...), el pueblo polaco,
todos los ciudadanos de la República, quienes
creen en Dios, fuente de toda verdad, justicia, bien
y belleza, así como quienes no comparten esta
fe y refieren estos valores universales a otros fuentes
Y más adelante dice: Con sentido de responsabilidad
ante Dios o ante la propia conciencia, establecemos
esta Constitución de la República Polaca».
Otros ponentes del encuentro fueron don Marcelino
Oreja, ex-Secretario General del Consejo de Europa;
el Presidente emérito de la Corte Constitucional
Italiana, don Cesare Mirabelli; el Sub-Secretario
del Consejo Pontificio para los Laicos, don Guzmán
Carriquiry; el portavoz adjunto del grupo Parlamentario
de CIU en el Congreso de los Diputados, don Manuel
Silva Sánchez; y los teólogos Luís
Clavel, ex-Rector de la Universidad de la Santa Cruz,
de Roma, y Thomas Williams, Decano de la Facultad
de Teología del Pontificio Ateneo Regina Apostolorum.
El acto de clausura de la primera Convención
de Cristianos por Europa contó con la presencia
del Nuncio de Su Santidad en España, monseñor
Manuel Monteiro de Castro, y con la del Presidente
del Consejo de Estado, don Iñigo Cavero. Al
término de la Convención se aprobó
el Manifiesto de Barcelona, que publicamos en la página
11, en el que no todos los puntos obtuvieron el mismo
consenso y asentimiento por parte de los participantes.
|
|

|
|