La reina Isabel,
en primera persona

El historiador don César Vidal, ganador en 1999 del primer Premio Las Luces de Biografía 2002, con la biografía de Abraham Lincoln, acaba de publicar un libro: Yo, Isabel la católica, en el que explica, en primera persona, las dolencias, deseos, preocupaciones y sentimientos de una mujer que fue reina de España y cuyo proceso de beatificación se avanza. Es un sugestivísimo paseo novelado –excelente– por la vida y el alma de la reina Isabel, del que extractamos algunos párrafos:

Seguramente, me sorprendería la muerte –que tan cercana intuyo– si ahora comenzara a recordar una por una las bondades que aquella mujer tuvo para con nosotros. Cuarenta y dos años pasó mi desdichada madre, que entonces era aún joven y bella, sumida en su tristeza, y de ellos veintiuno, hasta su propia muerte, la atendió día a día mi abuela. De manera no menos solícita cuidó de Alfonso y de mí. No puedo, no debo con el tiempo contado, recordar ahora la suma de sus desvelos y quereres que nos manifestó tan pródigamente, pero sí hay uno de los regalos que me dio entonces y que he atesorado desde aquellos días en lo más profundo de mi alma, y que me ha permitido enfrentarme uno tras otro a todos los sinsabores que esta vida, valle de lágrimas en fin, nos depara. Ese regalo fue la fe. Para muchos la fe es meramente credulidad, papanatismo, superstición incluso. Lo que yo aprendí de mi abuela fue bien distinto. La fe es la seguridad cierta de que Dios, que existe y es único, lo ve todo y todo lo provee, de que no desampara a aquel que a Él se acoge, y de que a Él podemos acudir con total confianza en que nos dará no lo que más agrade a nuestros apetitos, sino lo más conveniente. Temía yo entonces que la muerte me llevara después de sufrir la terrible soledad que sólo la orfandad infunde. Lo que descubrí fue muy distinto.
Luengos son los años que Dios me ha concedido y de sobra sé que, como enseñó san Pablo, apóstoles hay que, en realidad, no son sino siervos del propio Satanás. Sin embargo, también se me ha deparado el conocer a gente que, en su humildad y aparente falta de importancia, actúan como verdaderos ángeles.

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Los pobres y necesitados
Enseñó nuestro Señor –y así lo recogen los sagrados evangelios– que ni un pajarillo cae en la red sin que antes lo consienta Dios, nuestro Padre. Eso mismo aprendí yo en aquellos terribles días en que las mieles de los juegos no pocas veces venían acibaradas por las hieles del pesar.
Terribles han sido los últimos meses, de los que más de tres no he podido moverme de este lecho presa de una legión de dolores y malestar. ¡Oh, Dios mío, son demasiadas cosas para soportarlas durante tanto tiempo y, sin embargo, me esfuerzo por sobrellevarlas entregándome a Ti más que nunca! El 12 de octubre pensé que realmente sólo me restaban unas horas para pasar ante Su presencia y dicté testamento.
He dejado bien establecido que no deseo gastos suntuosos para mi entierro. A Fernando, mientras le espero en el otro siglo, le dejo todas mis cosas y joyas para que disponga de ellas como mejor desee. El resto de mis bienes muebles pasará a los necesitados, a los hospitales, a mis criados, si alguno hubiera pobre, y a las iglesias.
Dispuse asimismo que Juana y don Felipe han de reinar en Castilla de acuerdo con sus leyes, fueros y costumbres, y que no deben entregar oficios, obispados, abadías, dignidades, maestrazgos o priorazgos a gentes que no sean naturales de estos mis reinos y vecinos y moradores de ellos. Asimismo, si Juana está loca y su marido no es digno de confianza, dejé establecido que, si no quisieren –o pudieren– entender en la gobernación, se convierta en único regente mi marido hasta que mi nieto, el príncipe Carlos, haya cumplido los veinte años y venga a estos reinos para regirlos y gobernarlos.
Sólo dos cosas más añadí, porque me parecieron indispensables para el bien de la nación. La primera, que no ha de cejar España en conquistar África y pugnar contra los moros. La segunda, que no ceda nunca España la plaza de Gibraltar. Que no la dejen, ni enajenen, ni consientan en dar ni enajenar cosa alguna de ella.

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En las manos de Dios
No fallecí entonces, y comprendí que Dios me daba unos días más para acabar estas notas y para seguir preocupándome de mis súbditos. Una es la legalidad del impuesto de alcabala y la necesidad de que sean las Cortes las que establezcan los tributos, porque sé que un pueblo aplastado por los impuestos no puede avanzar ni desarrollarse, aunque los gobernantes piensen lo contrario. La otra es una disposición a favor de mis indios, en virtud de la cual encargo y ordeno que se ponga toda diligencia para no consentir ni dar lugar a que los naturales y moradores de las Indias y Tierra firme, tanto ganadas como por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que sean bien y justamente tratados. Siento por ellos un amor semejante al de esos padres que en el otoño de la vida se ven recompensados con la llegada de un hijo que ya no esperaban.
Por lo que a mí se refiere, he terminado mi carrera. Podría pensar que todo queda atado y bien atado. Podría pensarlo, pero no lo haré porque todo, absolutamente todo, dista mucho de depender de nuestros deseos y potencias y, en realidad, se halla en las manos de Dios.

César Vidal