| |
|
La
mujer que reinó
|
 |
|
En
1454 Isabel es la única hija superviviente
de Juan II, al lado de sus hermanos, Enrique,
que comienza a reinar, y Alfonso, que es un
niño de muy corta edad. Los consejeros
de Enrique IV decidieron marginar a ambos infantes
que permanecieron en Arévalo, al lado
de su madre. Las rentas asignadas no les fueron
pagadas, y así la niña rubicunda
y de ojos azules hubo de acostumbrarse a una
austeridad que no correspondía a su condición.
Ésta se convirtió en uno de los
rasgos decisivos. Siete personas, Gonzalo Chacón,
Gutierre de Cárdenas con sus respectivas
esposas, santa Beatriz de Silva, y los mendicantes
fray Lorenzo y fray Martín de Córdoba,
se encargaron de su educación, que debía
conducirla a un matrimonio dentro de la estirpe
regia. Los dos primeros eran supervivientes
del servicio de don Álvaro de Luna y
le transmitieron el sentimiento de dignidad
que acompaña a la Corona.
|
El
día en que cumplió 16 años,
fray Martín le regaló un libro
que había escrito para ella, El jardín
de las nobles doncellas: un profundo sentido
religioso y una valoración de la castidad
son constantes en la vida de Isabel.
Cuando
fue llevada a la Corte, a finales de 1461,
a fin de que sirviera de rehén tiempo
que señala el paso a la pubertad
ella exige una condición: no ser casada
contra su voluntad, aun aceptando que las
propuestas vinieran del rey. Tomó una
decisión, una vez que, por muerte de
su hermano Alfonso, hubo de ser reconocida
heredera del trono, «para que no quede
la sucesión sin legítimo linaje»,
como suscribió el propio Enrique IV:
casarse con Fernando «y no con ningún
otro». Figuraba su nombre entre los
primeros que se manejaban, aunque ahora el
marqués de Villena, que temía
por sus extensos dominios, arrancados del
patrimonio de los infantes de Aragón,
se opusiera. Y el matrimonio tuvo lugar en
1469 en Valladolid. Es posible que alguna
vez se preguntara Isabel si había acertado
en esta decisión. Conocemos la respuesta.
Poco antes de morir, dijo al secretario Gaspar
de Gricio que el mayor favor que a Dios debía,
entre los que recibiera, era aquel marido,
«el mejor rey de España».
Y es cierto que sin Fernando toda la tarea
de gobierno de esta extraordinaria mujer se
revelaría incompleta.
Libertad
Convencida de su legitimidad de
origen Juana no podía haber nacido
de legítimo matrimonio había
reclamado sus derechos desde la conciencia
del deber, pues ése es un rasgo esencial
de la Monarquía: a los reyes corresponde
ejercer el pesado deber de reinar y de él
han de dar cuentas a Dios. Varias veces, y
en su propio Testamento, recordó a
su marido que ésta era la condición.
Desde este punto de vista se comprende que
estableciera para todos sus súbditos,
bautizados, el principio de la libertad. Lo
hizo extensivo a los indios, porque de ellos
se esperaba que fuesen cristianos. Una ley
promulgada en Guadalupe declaró extinguidas
todas las reliquias de servidumbre que pudieran
sobrevivir en sus reinos. Esta condición
no era extensiva a musulmanes, judíos
ni esclavos mercancía que se
compraba fuera con esta condición
porque no eran súbditos. Resolvió
los primeros problemas mediante decretos de
expulsión, y el tercero con ayuda de
la Iglesia que otorgaba libertad a los esclavos
que se bautizasen e indulgencia plenaria a
los amos que los manumitiesen.
Isabel impuso el derecho de la mujer a reinar.
Los antecedentes lejanos, Urraca, Berenguela,
Petronila, Juana Manuela parecían establecer
que los derechos femeninos debían transmitirse
a un varón, marido o hijo. Ella consiguió
convencer a Fernando de que esta disposición
debía ser modificada en el sentido
de que, a falta de heredero varón,
la mujer pudiese cumplir las funciones regias,
obedeciendo así la voluntad de Dios.
Y Juana fue su sucesora y, pese a la enfermedad
que padecía, nunca quiso ceder sus
derechos ni al marido ni al hijo. Deberes
y derechos que obligaban a la obediencia al
soberano reinante. Por eso Isabel, y luego
Fernando, aunque reclamaron sin vacilar la
sucesión, nunca ejecutaron acto que
significase desobediencia. Y al final, se
salieron con la suya: en las navidades de
1473 a 1474, Enrique IV les recibió
en Segovia, les abrazó y paseó
con ellos por las calles en un gesto que era
más importante que mil documentos.
Un problema de conciencia: ¿qué
hacer con los hijos de Juana, esposa de Enrique
IV? En varias ocasiones Juana insistió
en que la primera, Juana, era hija de su marido,
y reclamó para ella la herencia, algo
que la nobleza, con muchas razones en apariencia
serias, se negó a admitir. Isabel no
dudó: para Juana era necesario buscar
un matrimonio conveniente a su calidad de
hija de la reina, llegando en cierto momento
a ofrecer a su propio hijo y heredero, Juan.
Los otros dos, que eran hijos públicamente
reconocidos como hijos de Pedro de Castilla,
compañero sentimental como ahora
se dice de la reina en sus últimos
años, fueron llevados por Isabel a
la Corte, ocupándose de su mantenimiento
y educación. Y cuando fray Hernando
de Talavera, el santo confesor, se quedó
un día diciendo que podía ser
materia de escándalo, ella replicó
que no podía consentir «que se
le perdiesen». Así era el temple
moral de esta mujer que, en sus últimas
horas de vida, traslada la mente a los espacios
americanos para exigir que se trate a los
indios como verdaderos súbditos. Cosa
que no hacían Colón, ni muchos
de sus colaboradores.
Piedad y justicia
Una vez acordado el principio de que ella
sería reina en el pleno sentido de
la palabra, y no transmisora de derechos,
Isabel entregó a su marido unos poderes
tan ilimitados que, en ausencia de ella, pudiera
ejercer por sí mismo las funciones
reales. Y estando juntos, todo se haría
a nombre de los dos, poniendo delante el nombre
del varón como recomienda la Iglesia.
Y ordenaron a todos los oficiales de la Corte
y cronistas que tuvieran en cuenta esta condición.
El rey y la reina decidían tal cosa.
Del mismo modo dispuso que todos los súbditos
de la Corona de Aragón aún
no se había producido la Unión
de reinos tendrían en Castilla
los mismos derechos que los castellanos. El
refuerzo de los Consejos permitió una
especie de gobierno por delegación,
siendo muy pocos los asuntos que ambos monarcas
tuvieran que decidir personalmente.
Si tuviéramos que resumir en pocas
palabras el perfil humano de Isabel, de acuerdo
con su propia conciencia, tendríamos
que responder: primero mujer, luego reina.
No bebía vino, sino sólo agua,
comía con moderación y vestía,
en cambio, con lujo, como corresponde a sus
funciones. Devolvía al sexo su papel
dentro del matrimonio, pero inculcando en
sus hijas el mismo sentido del amor al esposo
que ella tenía. El matrimonio de la
primogénita Isabel con el príncipe
Alfonso, de Portugal, parece arrancado de
una novela de caballería. No le gustaban
las corridas de toros por la crueldad y peligro
que entrañaban. Y nada hacía
sin consultar con su confesor, Talavera, al
que seguía acudiendo incluso después
de haberle promovido arzobispo de Granada.
Llevaba una fuerte vida de piedad y se hizo
preparar en Guadalupe una celda a la que llamaba
mi paraíso.
Sobre todo una profunda fe católica
que la impulsaba a la práctica de dos
virtudes esenciales: piedad y justicia. Reclamaba
para sí, adelantándose en siglos
a las decisiones de la Iglesia, poder ser
contemplativa en medio del mundo: obligó
a fray Hernando a entregarle una copia de
las instrucciones redactadas para los novicios
de la Orden jerónima. Tal vez podríamos
sintetizar su pensamiento del modo siguiente:
Dios me ha escogido para ser reina y no puedo
librarme de esta condición, pues de
ella debo rendir cuenta; el mismo Dios me
ha elegido para ser cristiana y debo serlo.
Las críticas que hoy se dirigen contra
ella apuntan precisamente a ambos puntos,
ya que en la actualidad se rechazan de una
manera radical.
Luis Suárez Fernández
|
|
|

|
|