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Don
Enrique Rojas: Los psiquiatras, médicos
de cabecera
Cada
vez hay más gente perdida en
lo fundamental
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«La educación
es la estructura del edificio personal; la cultura
es la decoración», ha escrito recientemente
el prestigioso psiquiatra don Enrique Rojas, bajo
el título La educación del deseo.
«La educación es, ante todo educación
de los deseos, añade; el que
no sabe lo que quiere no puede ser feliz».
Sobre lo que se refiere a la personalidad y a
las carencias del hombre de hoy contesta el doctor
Enrique Rojas
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Doctor
Rojas, ¿a qué atribuye que, de
su libro ¿Quién eres?, hayan salido
ya 15 ediciones?
La personalidad está sobre el tapete,
pues todos necesitamos trabajar con nosotros
mismos para configurarla de forma armónica
y equilibrada.
¿Cómo se forja la personalidad?
La personalidad se ensambla con tres ingredientes:
la herencia, el ambiente y la propia experiencia
de la vida; es decir, el equipaje genético,
la circunstancia de cada uno y su biografía.
En su libro habla de modelos a seguir, sobre
todo en la adolescencia y la juventud, ¿qué
le parece que ahora los ídolos sean los
componentes de Operación Triunfo, o de
Gran Hermano?
Me parece mal, porque en este momento hay ausencia
de modelos de identidad positivos; el modelo
es el punto de referencia para diseñar
una personalidad madura.
Hay quien se vuelve loco por ser famoso. ¿Por
qué hay tanta necesidad de destacar,
de que hablen de uno?
Porque hay un culto excesivo a la personalidad.
El éxito en la vida consiste en haberse
encontrado a sí mismo y tener un proyecto
de vida coherente y realista con tres notas
en su seno: amor, trabajo y cultura.
Nunca se había usado tanto en el lenguaje
coloquial palabras como autoestima, ansiedad,
estrés...
El lenguaje psicológico se ha puesto
de moda y los psiquiatras hemos pasado a ser
en Occidente casi los médicos de cabecera.
¿Y no es el psiquiatra un médico
del alma?
Es el médico de la conducta, y atiende
tanto al cuerpo como a lo psicológico.
El psiquiatra es el médico humanista
por excelencia; por eso el trato al enfermo
es casi sagrado.
¿Qué le ha pasado a la sociedad
para que se hable tanto de depresiones?
La sociedad actual es paradójica, porque
conviven un extraordinario progreso técnico
y científico con una pérdida evidente
de humanismo. Veo cada vez a más gente
perdida en lo fundamental, en lo básico.
¿Se ha perdido el miedo a ir al psiquiatra?
Hace veinte años el psiquiatra era el
médico de los locos; después fue
el de los nervios, y en la actualidad es un
personaje central en la sociedad. Los psiquiatras
bajamos al sótano de la personalidad
para poner orden y concierto, vendemos equilibrio
y calidad de vida psicológica.
La enfermedad mental sigue siendo mal vista;
incluso el loco, al menos en Occidente, es un
proscrito. Sin embargo, se ha popularizado demasiado
la frase Estoy con la depre.
La palabra depresión se ha puesto de
moda, y ha pasado de ser un tema clínico,
a ser un tema coloquial. Se habla de la depresión
política, social o económica,
y la gente joven habla de la depre.
¿De las depresiones se sale cuando el
enfermo quiere, o necesita también de
la ayuda de su familia, de los amigos o del
entorno laboral?
Hay dos tipos de depresiones: exógenas
(reactivas, secundarias a algo) y endógenas,
inmotivadas, bioquímicas. Entre ambas
hay un espectro intermedio de formas depresivas.
La depresión es la enfermedad de la tristeza,
de la melancolía. Hoy se cura el noventa
por ciento de las endógenas.
¿Los antidepresivos crean adicción?
No. Son fármacos que producen una elevación
del estado de ánimo sólo en los
sujetos con una depresión clínica.
No elevan el humor de las personas sanas.
¿Qué importancia tiene
la felicidad en el equilibrio psicológico?
El ser humano debe aspirar a una felicidad razonable,
la absoluta no existe; es una quimera, una utopía.
La felicidad consiste en tener una personalidad
madura y en sentir que hay una buena relación
entre lo que uno quería y lo que ha conseguido.
¿Cuál es la máxima aspiración
del hombre de hoy?
La máxima aspiración es una vida
lograda con armonía, en la cual uno lucha
por hacer de su existencia una pequeña
obra de arte, a pesar de las limitaciones de
dentro y de fuera.
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