Televisión

Mortadelo y Filemón:
Grandeza y miseria
de la galaxia Ibáñez

No es necesario decir que La gran aventura de Mortadelo y Filemón es una creación cinematográfica directamente inspirada por los famosos comics españoles de Francisco Ibáñez, protagonizados por dos agentes secretos, Mortadelo y Filemón, gafes y desastrosos, y que trabajan para la T.I.A. (la Tía), Agencia de Información. Ellos y el Superintendente Vicente, el profesor Bacterio, y más personajes sacados de otros comics del mismo dibujante, como Rompetechos, o los vecinos de la Rue del Percebe, nš 13, son los personajes de esta realización dirigida por los hermanos Fesser (Gomaespuma).
Aunque la película recupera momentos del álbum titulado El sulfato atómico, en realidad se inventa una historia llena de referentes que nunca estuvieron en los libros de Ibáñez, como las alusiones a Franco, al Papa o a la Reina de Inglaterra. En esta ocasión, al profesor Bacterio le han robado el más peligroso de sus inventos, un artefacto que termina en manos de un dictador bajito, paleto y dispuesto a utilizarlo de forma criminal. La película es una enorme gamberrada, muy pegada a los golpes chuscos del comic. Tiene el acierto de representar ciertas acciones del cómic imposibles en la realidad, y el desacierto de ser muy vulgar y gruesa en las bromas. Tiene momentos divertidos, pero a menudo está en el límite del buen gusto. Tampoco se entiende por qué el ladrón de la película canta sin cesar canciones de misa, como Qué alegría cuando me dijeron o Una espiga dorada por el sol... Tampoco se comprende por que el himno de la dictadura de Tirania es otro canto litúrgico tradicional. Por cierto, ¿habrán pagado por los derechos de esas canciones? Las alusiones al Santo Grial (la copa Davis, según Filemón) no creo que sean ofensivas ni malintencionadas, pero carecen de sentido y sensibilidad. La gran aventura de Mortadelo y Filemón, por tanto, no es –como podía pensarse– para niños, por lo grotesco y a menudo grosero de sus gags. Más bien es para jóvenes nostálgicos de Ibáñez que quieran preguntarse si vale la pena gastar seis millones de euros en una película así.

Juan Orellana