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Los
censos de Madrid en la primera
mitad del siglo que acaba de
terminar nos dirían mucho
de la vida del Beato Pedro Poveda
en esa ciudad. Son varios los
lugares que habitó. Lugares
significativos para las personas
que, en otros veintinueve países,
treinta con España, conocen
y se inspiran en su vida. Sin
embargo, Poveda, en sus 61 años
de vida, solamente salió
de España para peregrinar
a Lourdes. Residía en
Madrid en 1923, cuando la Institución
Teresiana tenía que ser
presentada al Papa Pío
XI para solicitar su aprobación
como una asociación para
seglares, nueva en su tiempo.
Pero no creyó que debía
ser él, como fundador,
quien viajara a Roma, y confió
esta tarea a las jóvenes
en quienes recaía la
dirección de la Obra.
Se presentaba al Santo Padre
una realidad vivida, incipiente,
a la vez que configurada, con
aprobación civil y aprobación
eclesial diocesana desde 1917.
Sus raíces estaban en
el trabajo del joven sacerdote
Poveda, iniciado en 1902, en
el barrio de las Cuevas, de
Guadix (Granada). Sus comienzos
los sitúa él mismo
en Oviedo en 1911, cuando su
idea toma forma en acciones
concretas.
Caminos
no frecuentados
Las calles de Guadix, 1902-1905,
le vieron recorrer un camino
muy poco frecuentado: el que
conduce al barrio de las Cuevas.
Allí, junto a una población
marginada, experimentó
que la fuerza del Evangelio
tiene que alcanzar y transformar
la realidad humana. Allí
se le hizo patente la fuerza
de la educación como
mediación de transformación
social. Allí experimentó
que el compromiso de la fe conlleva
dolor, anonadamiento, y tuvo
que dejar sus proyectos.
Covadonga le ofrece a Pedro
Poveda una nueva atalaya, desde
la que ver la realidad de España
y de Europa. Sus caminos son
también allí poco
transitados. Caminos amasados
en la doble experiencia de oración
y estudio, de fe y cultura.
Se integran en su vida la soledad
de la montaña de Covadonga
y la controversia ideológica,
el debate y el estudio en torno
a la Universidad de Oviedo.
Fueron siete años de
oración y reflexión,
de diálogos con muchas
gentes. Bajo la mirada de la
Santina, «se oró,
se proyectó, se vió,
por decirlo así, el desarrollo
de la Obra». Allí
planea acciones conjuntas de
los profesionales católicos
en el campo de la educación,
para que, unidos por el mismo
ideal, el del Evangelio, busquen
un nuevo estilo de cultura,
un nuevo humanismo que hunde
sus raíces en la fe.
Publica, elabora proyectos,
como Ensayo de Proyectos Pedagógicos,
y en 1911 inicia acciones de
formación de educadores,
cuyo campo principal de actuación
va a ser la escuela pública,
por medio de Academias y Centros
pedagógicos. Hay que
creer y hablar con una sólida
formación, con un estilo
plenamente humano, porque henchido
de Dios, como amigos fuertes
de Dios, a lo Teresa de Jesús,
a quien da la titularidad.
Su
Obra, en manos de seglares
Pedro Poveda, desde
su análisis de la sociedad,
es consciente de la fuerza evangelizadora
de los seglares. Proyecta con
y para los seglares. Es Josefa
Segovia, Directora de la Institución
Teresiana, a los 32 años,
quien presenta al Santo Padre
la Institución Teresiana
para pedir su aprobación.
La relevancia de la mujer en
ese momento era otra. No había
correo electrónico para
orientar sus pasos y se trataba
de algo nuevo. Ello suponía
presentar una obra con una misión
arriesgada, con diversidad de
vocaciones específicas.
Se solicitaba la forma jurídica
más simple: la de una
Pía Unión, al
modo como se asociaban las gentes
sencillas en pueblos y parroquias,
porque era necesario para actuar
en la sociedad con la flexibilidad
que esta misión requería.
No era tan evidente que, en
etapas históricas todavía
lejanas al Vaticano II, esta
idea buena, en palabras de Poveda,
fuera comprendida fácilmente
en toda su profundidad. Así,
como Pía Unión,
fue aprobada en 1924.
Fueron mujeres, entre las primeras
con educación superior
en España, maestras,
inspectoras, profesoras de Escuelas
Normales, mujeres activas en
el compromiso social, quienes
comprendieron y dieron vida
a esta Institución. Para
Poveda una cosa bastaba : «Nuestra
Obra es un organismo vivo alentado
por un espíritu».
También con los varones
había iniciado Pedro
Poveda acciones y proyectos,
pero su incorporación
como miembros ha llegado históricamente
más tarde.
Desde el año 1921, Pedro
Poveda vive en Madrid y desarrolla
una gran actividad, además
de impulsar la Institución
Teresiana. Vivió en una
pensión de la calle Carretas,
en casa de su tío en
la Carrera de San Jerónimo,
en la Pensión Gayarre
de la Plaza de Oriente, en la
calle Sacramento y, finalmente,
en Alameda 7.
Su vida le fue arrebatada en
las tapias del cementerio de
la Almudena, después
de entregarse libremente: «Soy
sacerdote de Cristo».
Era julio de 1936, tiempo de
violencia, de riesgo de martirio,
y él no aceptó
salir de Madrid y dejar a sus
gentes. Sus restos reposan en
un arcón de madera, en
una sencilla capilla de la Casa
de Espiritualidad Santa María,
de la Institución Teresiana,
en Los Negrales, cerca de Madrid.
Las calles nos hablan
de nuestra vocación laical
Hoy no contamos en
Madrid con las casas donde vivió
y el domicilio más significativo,
en la calle Alameda 7, quedó
destruído. Probablemente
tiene su simbolismo: el de un
intenso vivir de 61 años
siempre al encuentro de las
necesidades de las gentes en
las calles y plazas, en la intemperie
de la Historia.
Porque la vocación laical
es vocación no de espacios
cerrados, de caminos apoyados
en certezas, sino, al contrario,
es vocación de sentir
con, buscar con, es vocación
de frontera, donde los límites
no siempre están seguros.
Es vocación, llamada
y envío, a experimentar
como propios los dolores y las
esperanzas de nuestros contemporáneos,
a caminar en las condiciones
de las gentes, sometidos a las
mismas tentaciones. Y así,
poder decir, con la fuerza del
Evangelio, una palabra decidida
y humilde, nacida en la experiencia
del Resucitado. Con la misión,
recibida de la Iglesia, de abrir
caminos para que la cultura
se impregne del Evangelio, la
dignidad de personas y pueblos
sea reconocida, el nombre de
Jesús se anuncie. Y la
vida cambie. Ésta es
la santidad de la Iglesia vivida
en los fieles laicos.
Como los primeros cristianos
y las primeras comunidades cristianas,
en las que Poveda entronca la
espiritualidad de la Institución
Teresiana, se trata de anunciar
la salvación en todos
los espacios, porque todos lo
son de presencia y acción
del Dios encarnado, sin que
se requieran lugares singulares.
Con un modo de ser y de actuar,
una fe viva y una calidad humana
cuyo secreto está en
henchir de Dios a quienes han
de vivir una vida auténticamente
humana. También como
sujeto social que anuncia, se
compromete y une fuerzas con
otros. Que siente la responsabilidad
de enriquecer la experiencia
y la reflexión eclesial.
Quien escribe estas letras también
transita por las calles de Madrid.
Catedrática de Química
en la Universidad Complutense
de Madrid, y dedicada desde
hace tres años a la Dirección
de esta Asociación internacional.
Mis calles han sido durante
años el aula y el laboratorio
de investigación, los
congresos científicos,
la formación de educadores
y los proyectos de cooperación.
En esta calle del mundo científico,
los desafíos no están
tanto en posturas que miren
la fe como impedimento concreto
para el desarrollo de la ciencia,
como lo fue en los tiempos en
que vivió Poveda. Están
en una fe llamada a aportar
razones de sentido, a iluminar
cuestiones éticas, a
interpelar la responsabilidad
en la investigación y
en las aplicaciones tecnológicas.
Vivir mi vocación laical
en esta realidad cultural es
camino de doble sentido: sazonar
la ciencia con el sabor del
Evangelio y llevar las interpelaciones
y las aportaciones del mundo
científico a la Iglesia
en su reflexión teológica
y pastoral. Es también
oportunidad de compartir las
búsquedas de los jóvenes
universitarios. Porque Poveda,
que en 1914 creó en Madrid
la primera residencia universitaria
femenina de España, hoy
Colegio Mayor Padre Poveda,
creyó en los jóvenes:
«Vosotros podéis
cambiar el mundo, ni más
ni menos».
Poveda
canonizado
en las calles de Madrid
Es mucha la gente que seguimos
hoy transitando por las calles
de Madrid, de tantos Madrid
como hay por el mundo. ¿Basta
esto para dar sabor y alumbrar,
para ser capaces de discrepar,
ofrecer alternativas, y contribuir
a que la Historia avance en
la dirección del Reino?
Es cierto que esto no basta.
No basta cualquier modo de transitar.
Quizás nos sirva a este
propósito una palabra
breve e incisiva, al modo como
se expresaba Pedro Poveda: «Creer
bien y enmudecer no es posible».
Porque su vida fue así,
porque creyó y no enmudeció,
arriesgó, entregó
la vida, abrió caminos
a la vocación laical,
y ofreció una espiritualidad
para nuestro tiempo. Probablemente
por ello, precisamente en estas
calles de Madrid, será
canonizado Pedro Poveda, el
próximo 4 de mayo.
Dra. Loreto Ballester
Directora Institución
Teresiana
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Loreto
Ballester, Directora General
de la Institución Teresiana

El
padre Poveda en el barrio
de las Cuevas de Guadix (Granada)
en 1903

El
sacerdote Pedro Poveda reza
ante el crucifijo

Los
padres del nuevo santo

La
Institución Teresiana
tuvo su origen en Covadonga
en 1911
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