Cadena de chivos expiatorios



¡Dios está de nuestro lado!, gritan en Nueva York y en Bagdad al unísono. ¿Dios está del lado de cada bando?... Luego Dios no está de ningún lado. ¿Quién es ese dios? Es la loca multitud. Don Ángel Barahona, doctor en Filosofía, describe cómo la masa busca siempre un chivo expiatorio, esta vez en la figura de Sadam Hussein

Las masas se sienten divinizadas, muy cercanas a la divinidad. ¿Por qué? Nos lo explica Girard: las víctimas que ellas producen traen la ansiada paz. Si han conseguido la paz, algo sobrenatural, imposible para los mortales, estas víctimas deben ser divinas, inmortales. Debemos traerlas a la memoria después de sacrificarlas, y que nos sirvan de modelo para encontrar en cada generación el camino de la paz. Empieza la religión pagana: el culto a la violencia y a la muerte.
¿Pero cómo entender la contradicción entre masas que añoran la paz y masas violentas? Son las mismas y están prisioneras de su méconnaissance (saben, pero no quieren reconocer, que el origen de su débil, frágil y violenta paz surge natural y espontáneamente de su propia violencia). Forman parte de un eslabón más del mecanismo que desencadena la ristra de chivos expiatorios, sobre cuyos cadáveres la Humanidad ha basado su subsistencia.
La crisis social y económica de Estados Unidos realiza una catarsis purificadora, hoy con Sadam Hussein, mañana... ¿quién sabe con quién?; ayer, con Afganistán y su Ben Laden. La cohorte de apoyos, la búsqueda de consensos expresa la urgente y mecánica necesidad de la unanimidad colectiva contra la víctima, que, desde el principio del mundo, sirve para mantener el orden social (Abel, Remo). También el problema interno de un Iraq oprimido, masacrado, ha tenido sucesivos chivos expiatorios, según la necesidad y las circunstancias, para la afirmación patriótica y el mantenimiento del orden que sostiene al tirano: Irán, kurdos, Kuwait.
La violencia simétrica de griegos y troyanos, romanos y judíos, occidentales e islámicos, la de siempre, amenaza con destruir ahora el mundo conocido. Hay que encontrar una adúltera, la Gran Ramera, la Gran Babilonia, para evitar el Apocalipsis. ¡Qué paradójica casualidad! Hemos tenido a Cristo, el gran narrador y, a la vez, protagonista de la Historia; luego a Luther King, Ghandi, y un sin número de imitadores, pero nadie parece enterarse.


La torre de Babel
Iraq es la víctima ideal, la sede de la torre de Babel. Pero para que la elección de la víctima sea efectiva y logre traernos la paz, hace falta la unanimidad colectiva contra la adúltera. Si el planeta entero la castigase, todos se sentirían redimidos. Una gran fiesta, un banquete sagrado, y la ONU, el sacerdote que avala lo sagrado del sacrificio, el gran anfitrión. Pasando el tiempo, la Humanidad convertiría a Sadam en un dios, porque su muerte trajo la paz desconocida...
Pero no, hay quien ha decidido no tirar la piedra. Su gesto no conlleva un arrastre imitador poderoso. No es por su conciencia de pecado, pues se han estado acostando con ella ayer mismo; ni por su conciencia ética de buena gente, sino porque quieren seguir acostándose con ella después de la lapidación, porque, aun muerta, mantiene su negra y singular belleza, aunque viscosa. Al hacer un gesto contra la unanimidad esperada neutralizan el valor catártico de la víctima. Ya no polariza el mal ante la mirada de todos..., y si hay dudas de quién está del lado del bien... ¡Horror!: ¡griegos y troyanos!, ¡romanos y judíos! Esta Pascua no tenemos Cristo, no hay chivos expiatorios. Se cierne la catástrofe sobre Jerusalén. ¿Cómo acabará esta orgía dionisíaca que busca una víctima perfecta, indefensa, a la que le han salido defensores-cómplices?
Pero sigue haciendo falta un sacrificio. Necesitamos un sacrificio, reclaman todos los sacerdotes. Porque todos creen lo que Sadam Hussein apuntó en un discurso: «El valor añadido a lo que el hombre ama es proporcional al nivel de sacrificio que haga por ello». «Nosotros amamos a Dios» –dijo–, en la medida en la que «nos sacrificamos por ese amor y nos esforzamos por ganar Su satisfacción con nosotros. Los nobles iraquíes han esparcido su sangre buscando el amor de Dios y con la esperanza de ganar Su satisfacción. Gracias a los sacrificios que han sido hechos en nombre de Dios, el pueblo iraquí está ahora más cerca de Él y yendo cada vez más alto en Su amor».
Y lo que dijo Nietzsche acerca de la santidad de la existencia en el 1052 de La Voluntad de Poder es dogma de fe: [la existencia humana es declarada] «suficientemente santa para justificar incluso una monstruosa cantidad de sufrimiento..., el hombre trágico afirma incluso el más cruel sufrimiento..., Dionisos descuartizado es una promesa de vida: renacerá eternamente y retornará de nuevo de la destrucción».
Como en todas las orgías de los dioses paganos, que no conocen otro medio para neutralizar la violencia que amenaza con destruirnos a todos que el descuartizamiento (Dionisos) ritual de las víctimas, si les falta esta víctima, o no es perfecta (unanimidad contra ella), Hobbes aparece en el horizonte: todos contra todos. Ése es el peligro que advierte el árbitro cargado de ética que es la otra masa que no cree en el poder reconciliador de las víctimas: los católicos saben que Cristo anuló para siempre la eficacia de la víctimas. Esa fe en la eficacia de las víctimas que el fascismo, nazismo, comunismo, y nacionalismo han llevado y quieren llevar de nuevo al éxtasis, el cristianismo, que viene de vuelta, sabe que es falsa, hipócrita, mentirosa, y no le presta crédito. Las víctimas que no son inocentes, que no son perfectas, no sirven para la reconciliación, sólo son un semillero de venganza.


El gran teatro
Se pueden seguir añadiendo eslabones a la cadena de chivos expiatorios y observar la hipocresía, no sólo de los actores principales (Bush, Sadam, Blair, Aznar, Chirac), sino también de los secundarios (Zapatero, Llamazares, Putin, Schröder...) y de los extras. Todos se saben actores del Gran Teatro de Operaciones del Mundo, todos conocen el papel que desempeñan en esta obra, y todos sobreactúan, queriendo sobresalir por encima del protagonista en esta gran Pasión de la Historia que nos acerca a la Pascua.
Todos se disfrazan para ocultar quién es Pilato, Caifás, Herodes, el Sanedrín, Pedro y Cristo. El Sanedrín se reúne, y propone desarrollar obras paralelas y simultáneas en diferentes escenarios..., pero ninguno encuentra a Cristo por ningún lado. No hay unanimidad, no hay víctima perfecta. Hay gran agitación, deciden empezar la obra esperando que aparezca en medio de la representación en todas y cada una de las obras. Y aparece por fin, pero en lugar de decir lo que prescribe el guión, dice: «Todo el mundo sabe que esa pobre adúltera lo ha sido por todos vosotros. No os vais a redimir apedreándola, porque todos habéis bebido hasta saciaros de sus ubres negras y abundantes. Sólo cerrando los ojos y tapándoos los oídos podréis apedrearla, ¡hipócritas, sepulcros blanqueados!...; pero cuando terminéis con ella os mataréis los unos a los otros. Ella es tan inocente como la inocencia que pretendéis para vosotros. Hace tiempo dije: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Ahora estoy tentado de pensar que sí sabéis lo que hacéis, y entonces... No tenéis escapatoria, estáis condenados a mataros los unos a los otros».
Acto seguido se abalanzaron sobre él y le expulsaron del escenario, de todos los escenarios. ¿Para qué quieren al guionista, si la obra ya se la saben de memoria y les gusta la tragedia?

Ángel Barahona