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Las
masas se sienten divinizadas, muy cercanas a la divinidad.
¿Por qué? Nos lo explica Girard: las víctimas
que ellas producen traen la ansiada paz. Si han conseguido
la paz, algo sobrenatural, imposible para los mortales,
estas víctimas deben ser divinas, inmortales.
Debemos traerlas a la memoria después de sacrificarlas,
y que nos sirvan de modelo para encontrar en cada generación
el camino de la paz. Empieza la religión pagana:
el culto a la violencia y a la muerte.
¿Pero cómo entender la contradicción
entre masas que añoran la paz y masas violentas?
Son las mismas y están prisioneras de su méconnaissance
(saben, pero no quieren reconocer, que el origen de
su débil, frágil y violenta paz surge
natural y espontáneamente de su propia violencia).
Forman parte de un eslabón más del mecanismo
que desencadena la ristra de chivos expiatorios, sobre
cuyos cadáveres la Humanidad ha basado su subsistencia.
La crisis social y económica de Estados Unidos
realiza una catarsis purificadora, hoy con Sadam Hussein,
mañana... ¿quién sabe con quién?;
ayer, con Afganistán y su Ben Laden. La cohorte
de apoyos, la búsqueda de consensos expresa la
urgente y mecánica necesidad de la unanimidad
colectiva contra la víctima, que, desde el principio
del mundo, sirve para mantener el orden social (Abel,
Remo). También el problema interno de un Iraq
oprimido, masacrado, ha tenido sucesivos chivos expiatorios,
según la necesidad y las circunstancias, para
la afirmación patriótica y el mantenimiento
del orden que sostiene al tirano: Irán, kurdos,
Kuwait.
La violencia simétrica de griegos y troyanos,
romanos y judíos, occidentales e islámicos,
la de siempre, amenaza con destruir ahora el mundo conocido.
Hay que encontrar una adúltera, la Gran Ramera,
la Gran Babilonia, para evitar el Apocalipsis. ¡Qué
paradójica casualidad! Hemos tenido a Cristo,
el gran narrador y, a la vez, protagonista de la Historia;
luego a Luther King, Ghandi, y un sin número
de imitadores, pero nadie parece enterarse.
La torre de Babel
Iraq es la víctima ideal, la sede
de la torre de Babel. Pero para que la elección
de la víctima sea efectiva y logre traernos la
paz, hace falta la unanimidad colectiva contra la adúltera.
Si el planeta entero la castigase, todos se sentirían
redimidos. Una gran fiesta, un banquete sagrado, y la
ONU, el sacerdote que avala lo sagrado del sacrificio,
el gran anfitrión. Pasando el tiempo, la Humanidad
convertiría a Sadam en un dios, porque su muerte
trajo la paz desconocida...
Pero no, hay quien ha decidido no tirar la piedra. Su
gesto no conlleva un arrastre imitador poderoso. No
es por su conciencia de pecado, pues se han estado acostando
con ella ayer mismo; ni por su conciencia ética
de buena gente, sino porque quieren seguir acostándose
con ella después de la lapidación, porque,
aun muerta, mantiene su negra y singular belleza, aunque
viscosa. Al hacer un gesto contra la unanimidad esperada
neutralizan el valor catártico de la víctima.
Ya no polariza el mal ante la mirada de todos..., y
si hay dudas de quién está del lado del
bien... ¡Horror!: ¡griegos y troyanos!,
¡romanos y judíos! Esta Pascua no tenemos
Cristo, no hay chivos expiatorios. Se cierne la catástrofe
sobre Jerusalén. ¿Cómo acabará
esta orgía dionisíaca que busca una víctima
perfecta, indefensa, a la que le han salido defensores-cómplices?
Pero sigue haciendo falta un sacrificio. Necesitamos
un sacrificio, reclaman todos los sacerdotes. Porque
todos creen lo que Sadam Hussein apuntó en un
discurso: «El valor añadido a lo que el
hombre ama es proporcional al nivel de sacrificio que
haga por ello». «Nosotros amamos a Dios»
dijo, en la medida en la que «nos
sacrificamos por ese amor y nos esforzamos por ganar
Su satisfacción con nosotros. Los nobles iraquíes
han esparcido su sangre buscando el amor de Dios y con
la esperanza de ganar Su satisfacción. Gracias
a los sacrificios que han sido hechos en nombre de Dios,
el pueblo iraquí está ahora más
cerca de Él y yendo cada vez más alto
en Su amor».
Y lo que dijo Nietzsche acerca de la santidad de la
existencia en el 1052 de La Voluntad de Poder es dogma
de fe: [la existencia humana es declarada] «suficientemente
santa para justificar incluso una monstruosa cantidad
de sufrimiento..., el hombre trágico afirma incluso
el más cruel sufrimiento..., Dionisos descuartizado
es una promesa de vida: renacerá eternamente
y retornará de nuevo de la destrucción».
Como en todas las orgías de los dioses paganos,
que no conocen otro medio para neutralizar la violencia
que amenaza con destruirnos a todos que el descuartizamiento
(Dionisos) ritual de las víctimas, si les falta
esta víctima, o no es perfecta (unanimidad contra
ella), Hobbes aparece en el horizonte: todos contra
todos. Ése es el peligro que advierte el árbitro
cargado de ética que es la otra masa que no cree
en el poder reconciliador de las víctimas: los
católicos saben que Cristo anuló para
siempre la eficacia de la víctimas. Esa fe en
la eficacia de las víctimas que el fascismo,
nazismo, comunismo, y nacionalismo han llevado y quieren
llevar de nuevo al éxtasis, el cristianismo,
que viene de vuelta, sabe que es falsa, hipócrita,
mentirosa, y no le presta crédito. Las víctimas
que no son inocentes, que no son perfectas, no sirven
para la reconciliación, sólo son un semillero
de venganza.
El gran teatro
Se pueden seguir añadiendo eslabones
a la cadena de chivos expiatorios y observar la hipocresía,
no sólo de los actores principales (Bush, Sadam,
Blair, Aznar, Chirac), sino también de los secundarios
(Zapatero, Llamazares, Putin, Schröder...) y de
los extras. Todos se saben actores del Gran Teatro de
Operaciones del Mundo, todos conocen el papel que desempeñan
en esta obra, y todos sobreactúan, queriendo
sobresalir por encima del protagonista en esta gran
Pasión de la Historia que nos acerca a la Pascua.
Todos se disfrazan para ocultar quién es Pilato,
Caifás, Herodes, el Sanedrín, Pedro y
Cristo. El Sanedrín se reúne, y propone
desarrollar obras paralelas y simultáneas en
diferentes escenarios..., pero ninguno encuentra a Cristo
por ningún lado. No hay unanimidad, no hay víctima
perfecta. Hay gran agitación, deciden empezar
la obra esperando que aparezca en medio de la representación
en todas y cada una de las obras. Y aparece por fin,
pero en lugar de decir lo que prescribe el guión,
dice: «Todo el mundo sabe que esa pobre adúltera
lo ha sido por todos vosotros. No os vais a redimir
apedreándola, porque todos habéis bebido
hasta saciaros de sus ubres negras y abundantes. Sólo
cerrando los ojos y tapándoos los oídos
podréis apedrearla, ¡hipócritas,
sepulcros blanqueados!...; pero cuando terminéis
con ella os mataréis los unos a los otros. Ella
es tan inocente como la inocencia que pretendéis
para vosotros. Hace tiempo dije: Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen. Ahora estoy tentado de
pensar que sí sabéis lo que hacéis,
y entonces... No tenéis escapatoria, estáis
condenados a mataros los unos a los otros».
Acto seguido se abalanzaron sobre él y le expulsaron
del escenario, de todos los escenarios. ¿Para
qué quieren al guionista, si la obra ya se la
saben de memoria y les gusta la tragedia?
Ángel Barahona
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