«La humildad
no tiene fin»

Con motivo de la próxima canonización de sor Ángela de la Cruz, monseñor Carlos Amigo, arzobispo de Sevilla, ha publicado la Carta pastoral Dios nos ha tomado de su cuenta, un acercamiento a la fundadora de la Compañía de las Hermanas de la Cruz, y de la que ofrecemos algunos párrafos


Juan Pablo II responde a las aclamaciones de la multitud de fieles durante la jornada de la beatificación de sor Ángela en Sevilla
Porque en su vida resplandecieron las virtudes evangélicas, la Iglesia quiere poner a la Beata Ángela de la Cruz como modelo de imitación para todos los fieles. Que veneren la memoria de tan ejemplar mujer e invoquen su nombre con devoción y súplica, para que ella interceda en nuestro favor ante el Señor Jesucristo, el Santo de los Santos. Junto a la bienaventurada Virgen María, la Iglesia manifiesta especial veneración a los que han seguido fielmente a Jesucristo, y los pone como ejemplo para el pueblo cristiano. Son los santos.
En ellos aprendemos el camino que lleva a la unión con Cristo. Pues la identificación con el Señor manifiesta la bondad de Dios Padre que colmó con la gracia del Espíritu a tan fieles seguidores. «Si vemos cosas extraordinarias en los santos –decía la Beata Ángela de la Cruz– todo es de Dios y a Él sólo se le debe glorificar, alabar y bendecir. Porque los santos no toman otra parte en estas cosas que la grande fidelidad con que hacen en todo la voluntad de su amado Señor, y por eso son dignos de alabanza; pero esta alabanza no se les da por lo extraordinario que hay en ellos, porque esto es de Dios, sino porque han sido fieles (…) ¿Y qué más hacen los santos? ¡Ah!, ellos mueren de amor y desean derramar hasta la última gota de su sangre por su dulce Amado; pues bien, yo, a imitación de ellos, quiero morir de amor, quiero derramar mi sangre unida a mi dulce Dueño en el Calvario; quiero ser muy fiel a Dios, quiero hacer en todo la voluntad de Dios. Si como, si bebo, si descanso, si trabajo, si pienso, si me muevo, si respiro, todo con la pureza de intención de que todo sea en Dios, por Dios y para Dios y todo para agradarle» (Papeles de conciencia). Entre estos santos, y así reconocida por la Iglesia, está la Beata Ángela de la Cruz.


Las virtudes de sor Ángela
Sor Ángela deseaba ser fiel con todo su corazón a la voluntad de Dios, pero le parecía que ella no era el instrumento adecuado para realizar la obra que se le pedía. Esa obra no era otra que la misma fundación y cuidado de la Compañía de las Hermanas de la Cruz. La fundadora no se consideraba ni fuerte ni digna, pero ella se mantendría en fidelidad abrazándose a la cruz de Cristo.
Sor Ángela había oído decir a su director espiritual, don José Torres Padilla: «Si quieres ser bueno, sé obediente y humilde; si quieres ser más bueno, sé más obediente y más humilde; si quieres ser buenísimo, sé obedientísimo y humildísimo». Nuestra santa lo diría, en una síntesis admirable, con estas sencillas palabras: «La humildad no tiene fin, es como el mar». Un mar ilimitado de sufrimiento y resignación interior para encontrar siempre el amor del Señor. No se trata de reconocer o limitar la propia valía, sino de proclamar en todo la grandeza de Dios. Como es obvio, sor Ángela no intentó nunca hacer filosofía moral de la Historia; sin embargo, hay entre sus escritos algunas páginas verdadera y atinadamente sorprendentes, sobre el siglo XIX, en las que va haciendo un parangón entre la humildad y la soberbia: «Mis armas son muy contrarias a las tuyas, pero lo verás como te venzo y confundo. Tus armas son la soberbia, el deseo de ser y elevarte sobre los demás, que te conozcan y que te alaben; y, en fin, te parece que eres superior a todos y, si fuera posible, mandarías que te adorasen. Pues yo te hago frente con la humildad; una vida oculta, desconocida y de humillación con el conocimiento de mi nada y siempre nada, que me lleva hasta abrazarme con gusto con los desprecios y ponerme bajo los pies de todos, me hace superior a ti, porque en esta humillación está el principio de toda grandeza; porque Dios premia a los humildes, y los eleva hasta su gloria. Pues mira, mira cuánto subo, mira la ventaja que te llevo, pues llegará el día de mi grandeza y será muy superior a la tuya y parecida a la de los ángeles, y nunca se acabará porque será eterna» (Papeles de conciencia). En este punto del diálogo con el siglo XIX, sor Ángela descubre el secreto de la alegría: «Y en vez de apartar de mí al que padece, como tú haces, porque su presencia ataja el paso a tus deleites, yo lo socorro en lo que puedo, y estoy dispuesta a sacrificar mi vida por aliviar sus penas y, de este modo, hacérselas más llevaderas. Si tú supieras la felicidad que se siente y la alegría de que es bañada el alma de quien así lo practica, dirías que tengo razón en decir que soy más dichosa que tú (Papeles de conciencia).


Que ella nos tome de su cuenta
Son muchas las lecciones que podemos aprender en la escuela de la vida de sor Ángela. Todas ellas de imperecedera actualidad. De una manera particular, quisiera subrayar algunas vivencias y actitudes especialmente significativas de su vida, y que son, en estos momentos, tareas urgentes que realizar en nuestra vida cristiana:
• Dios, lo primero. Necesitamos una fe profunda y viva. Estar atentos a su Palabra, que es Jesucristo. Escuchar al Espíritu que se nos ha dado y vive en nosotros.
• Ese vivir escondidos con Cristo en Dios no aleja de los hombres, particularmente de los más pobres, sino que, al contrario, es fuego que quema las entrañas en deseo de servir.
• Los pobres son el camino que Dios ha trazado en la vida de sor Ángela para encontrarse más cerca de su Señor. Los pobres nos evangelizan.
• La elevada contemplación de misterios tan sublimes se traducía, en la vida de sor Ángela, en virtudes domésticas y cotidianas de sencillez, alegría, ternura, afabilidad, servicio a los demás… Todo lo había aprendido en el corazón de Cristo.
Dios la había tomado de su cuenta. Y ahora, glorificada, le pedimos que sea ella la que también nos tome a nosotros de su cuenta para que, por su intercesión, el Señor nos conceda la gracia de seguir tan buen ejemplo como el que tenemos en la Beata Ángela de la Cruz, y sirvamos con alegría e incansable caridad a nuestros hermanos.