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Madre
de los
pobres
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«... y desde entonces
bastó en Sevilla decir
Madre para saber de función
se trataba». Tapiz oficial
de la beatificación
de Sor Ángela de la Cruz
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Sor
Ángela de la Cruz, fundadora
de la Compañía
de las Hermanas de la Cruz,
falleció en Sevilla el
2 de marzo de 1932. Pero la
podéis encontrar viva
en numerosos barrios marginados
de España, Italia y Argentina.
En esos barrios de casas humildes,
sirven a los pobres las hijas
de sor Ángela, a las
que el pueblo llama cariñosamente
Hermanitas de la Cruz. Y digo
sirven, que no es lo mismo servir
que ayudar, o echar una mano,
o dar a un necesitado algo de
lo mucho que nos sobra. Las
hijas han aprendido a servir
mirándose en el espejo
de su Madre. Y ella aprendió
la lección meditando
a los pies del Maestro, que
dijo a sus apóstoles:
«El Hijo del hombre no
ha venido a que le sirvan, sino
a servir»; y más
adelante: «Estoy entre
vosotros como el que sirve».
Cuando estaba a punto de llegar
su hora, confirmó con
hechos las palabras, lavando
los pies a sus discípulos,
invitándoles a seguir
su ejemplo.
Para servir a los pobres hay
que hacerse antes pobre. A sor
Ángela le costó
muy poco. Nació pobre
y permaneció toda su
vida pobre. Sus gestos, su lenguaje,
sus maneras eran idénticos
a los que caracterizaban a los
jornaleros de su tierra. Nació
un 30 de enero de 1846 en las
afueras de Sevilla, donde se
borra el plano de la ciudad
y se abre el horizonte infinito
del campo. Hija de padres honrados,
pero pobres. El padre, Francisco
Guerrero, cardador de lana y,
más tarde, cocinero.
La madre, Josefa González,
costurera. Bautizaron a la niña
el día de la Purificación
de Nuestra Señora y la
llamaron María de los
Ángeles, que se quedó
en Angelita y llegó a
ser sor Ángela. Reparte
su merienda diaria y las propinillas
que le dan las buenas gentes
con los niños pobres
del barrio. Desde los 16 a los
29 años trabaja, mañana
y tarde, en un taller artesanal
de calzado. Le apodaron, con
fundamento y su pizquita de
buen humor, la zapaterita. Y
le gustó el apodo, por
lo que tenía de diminutivo
y porque respondía a
la verdad.
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A los pies de los más pequeños
Sus compañeras de taller dicen
que tenía manos de ángel
para el trabajo. Y un temperamento muy
vivo y muy alegre. Y un toque de natural
sencillez. Y un deseo ardiente de ser
de Dios, total y únicamente de
Dios. A lograrlo le ayudó el
padre José Torres Padilla, sabio
en teologías y en dirección
de almas, pobre como un anacoreta y
espectador fijo ante la ventanilla de
la Providencia. Definió a la
joven zapaterita como «una joven
de condición pobre, muy humilde».
Y la primera medida del director fue
encaminarla hacia los pobres: que visite
a los enfermos, que socorra a las familias
desvalidas. No le faltaron ocasiones,
especialmente durante la epidemia de
cólera que azotó Sevilla
en 1865, lo que lanzó a Angelita
a multiplicar sus horas para socorrer
a las familias angustiadas, hacinadas
en los corrales de vecindad. Con los
enfermos llegó hasta el heroísmo,
lavando y curando heridas profundas
y llagas purulentas. Este contacto con
la realidad le hace volver la vista
a Cristo pobre y a canonizar a la misma
pobreza: «Oh, santa Pobreza, ¡quién
os poseyera para imitar a nuestro Señor!»
Por esa vertiente de imitación,
intenta meter gozosamente en su corazón
a los pequeños para depositarlos
en el corazón de Dios; que de
eso se trata, de aliviar sus penas y
acercarles el mensaje. Es el momento
en que comprende, letra por letra, el
alcance íntimo de las palabras
de Jesús: «El Espíritu
del Señor
me ha enviado
a dar la Buena Noticia a los pobres».
Cuesta poco, tras estas experiencias
que se van a prolongar a lo largo de
su larga vida, interpretar su teología
de la pobreza. Consiste, fundamentalmente,
en seguir a Cristo pobre, desde la desnudez
de los que suben a la cruz. Sus virtudes
preferidas y sus compromisos son consecuencia
de este principio básico. En
1873 escribe: «A imitación
de mi padre san Francisco, las virtudes
que deben brillar en mí son la
pobreza, el desprendimiento de todo
lo terreno y la santa humildad»
(Escritos íntimos). Y después
de afirmar que ser pobre significa llorar
con los pobres y sentir sus penas, vuelve
a escribir en 1875: «La primera
pobre, yo
; desearé sentir
los efectos de la pobreza y me alegraré
cuando la sienta, estaré pronta
para dar todo lo que haya en las casas,
teniendo abandono total en Dios y en
su Providencia» (Escritos íntimos).
Esta referencia a la Providencia le
venía por línea directa
del padre Torres, quien solía
repetir en sus conversaciones: «El
bolsillo de esta señora no tiene
fondo».
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En
1875 funda sor Ángela
la Compañía de
la Cruz. Un instituto nuevo,
levantado sobre la pobreza,
«que es el muro de la
religión», bendecido
desde su nacimiento por el pueblo
y aprobado muy pronto por la
Iglesia. Sor Ángela quiere
a sus monjitas y ella
la primera «desprendidas
de todo, hasta de ellas mismas».
Organiza desde el principio
turnos de asistencia a los enfermos,
por el día y por la noche.
El padre Torres, que bendice
las iniciativas de sor Ángela,
añade que van a visitar
enfermos, les llevan alimentos,
medicinas, ropas, incluso cama
y colchón, y dan escuela
a cincuenta niñas de
familias humildes. Sí,
irán socorriendo a enfermos
abandonados a su suerte, a familias
sin techo, a pobres vergonzantes,
a niñas huérfanas,
a mujeres analfabetas. Abrirán
escuelas diurnas para niñas
sin posibilidades, y escuelas
nocturnas para obreras que se
ganan el sustento trabajando
de día. Y hasta el puchero
y la brocha terminarán
haciendo milagros en las manos
jóvenes de las Hermanas
de la Cruz. Porque un pucherito
de caldo caliente, ofrecido
con amor, puede resucitar a
la vida a una anciana desesperada,
y una brocha y un valde de cal,
movidos con garbo, pueden hacer
entrar el sol en un tugurio.
De pucheritos así y de
blanqueos domiciliarios nos
pueden dar lecciones las hijas
de sor Ángela
Van por las calles, recogidas,
en silencio. Un hábito
de bayeta parda y áspera
por vestido. Y por calzado,
alpargatas. Como las mujeres
pobres del pueblo, ni más
ni menos. Impresiona su austeridad
en el vestir, en la comida,
en la capillita, en las tarimas
del dormitorio común.
Pobre la casa, como la de Nazaret.
Con macetas de flores a la entrada,
en los pasillos y en todas las
ventanas. Una casa, transformada
en jardín, y tan limpia
como los chorros del oro. En
1924 dice sor Ángela
a sus hijas, con tres palabras
esenciales, cuál debe
ser la manera de hacer realidad
el carisma recibido: «Pobreza,
limpieza y antigüedad».
Pobreza, entendida sin glosas
ni epiqueyas. Limpieza, que
brille y alegre los ojos y el
alma. Antigüedad, que equivale
a fuentes de agua transparente,
no contaminada por la rutina.
Volver a las fuentes ha recomendado
a los consagrados el Concilio
Vaticano II.
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Sor Ángela en sus primeros
años de la fundación
de la Compañía
de la Cruz, y la Giralda sevillana
adornada como lo fue en tiempos
de Fernando III el Santo,
el día de la beatificación
de Sor Ángela de la Cruz
el 5 de noviembre de 1982
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La idea de sor Ángela echó
raíces en Sevilla. Pero era muy
linda, muy práctica, muy evangélica
aquella idea. Y corrió como reguero
de luz por los caminos de España.
Llovieron vocaciones y llovieron peticiones.
Había que andar con prudencia,
pero ¿quién podía
hacer oídos sordos a los gritos
de los pobres? Primero por Andalucía,
después por Extremadura, finalmente
por Castilla. De las manos de sor Ángela
fueron brotando 25 fundaciones. Tenía
envidia a sus hijas cuando salían
de la Casa madre de Sevilla y se iban,
con el hatillo al hombro, a tierras
lejanas, a servir a pobres desconocidos,
a plantar nuevas cruces. «Teneos
por felices en ser las primeras que
plantéis la cruz de Cristo en
ese pueblo
, sin abrigo, sin casa,
sin agua, sin sol, pero contentas»
(Epistolario).
¿Y de los ricos, qué?
Sor Ángela supo, entre sus habilidades,
tender la mano a los ricos para poder
atender más y mejor a los pobres.
Tuvo amigos pudientes, la infanta doña
María Luisa Fernanda de Borbón
entre ellos. Acepta sus regalos, reza
por sus bienhechores, agradece en nombre
de sus pobres. Pero la doctrina se mantiene
imperativa: «La asistencia a los
enfermos ricos se ejecutará,
en casos limitados
, y salvando
siempre el derecho preferente de los
enfermos pobres». Así de
claro. Y con validez jurídica.
Son ellos los primeros y gozan de un
derecho de preferencia. Se comprende
que la amasen como a una madre y que
uniesen su dolor callado al de la Compañía
entera cuando fueron llegando las noticias
de que se apagaba lentamente la candelita
de su vida. Ochenta y seis años
ardiendo. Muchos años, mucha
luz en el mapa de España, mucho
amor en las casas de los pobres. Quedaban
las hijas. Pero Madre no hay más
que una, y la perdían para siempre.
Se fue la Madre, como queda dicho, con
las primeras flores de la primavera.
Día 2 de marzo de 1932. Miércoles,
al amanecer. El pueblo quiso retenerla
unos días. Y, al darle sepultura
el sábado, un obrero se abrió
camino entre la multitud y el clero.
Llevaba en la mano derecha un ramo de
claveles que acababa de comprar con
el dinero de su jornal. Depositó
los claveles sobre el féretro
de sor Ángela, y añadió
en voz alta que deseaba prestar aquel
último homenaje a la que tantas
veces había dado el pan a sus
hijos.
¿Un símbolo? El agradecimiento
de los pobres es siempre un símbolo.
Los claveles y el agradecimiento reverdecieron
en Sevilla la mañana del 5 de
noviembre de 1982, cuando Juan Pablo
II beatificó a sor Ángela.
Y volverán a ser símbolo
ante el pueblo de Dios, dentro de ya
pocos días en Madrid, cuando
el Vicario de Cristo escriba el nombre
de sor Ángela en el Catálogo
de los santos.
Dionisio Cueva
El
escándalo de la
madre Angelita
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El escándalo de
la madre Angelita, o el
de Sevilla. Porque ha
sido allí donde
el Papa ha declarado que
«la venerable sierva
de Dios Ángela
de la Cruz Guerrero González
(se le trabucaron un poco
las ges y las erres),
fundadora de la congregación
de las Hermanas de la
Compañía
de la Cruz, de ahora en
adelante pueda ser llamada
Beata y que se pueda celebrar
su fiesta en los lugares
y del modo establecido
por el Derecho el día
2 de marzo, día
de su tránsito
para el cielo».El
escándalo está
en estas palabras sobrecogedoras:
su tránsito para
el cielo.
Fue el 2 de marzo de 1932.
Como quien dice, hoy.
Toda Sevilla fue a despedirse
de su madre Angelita.
En la pintura que la representa
para la ceremonia de la
beatificación,
se la ve como lo que era:
una humilde monjita, una
mujer del pueblo. Se la
diría avergonzada
del marco suntuoso en
que la han puesto, la
filigrana de plata del
altar, como en vida habría
podido estarlo en un salón
lujoso sin atreverse a
pisar. Poco más
que escribir sabía,
y mal, con faltas. Nacida
pobre, vivió «para
el servicio de Dios en
los pobres, haciéndose
pobre con ellos»,
como pone la lápida
de su sepulcro. Y hay
las florecillas de la
madre Angelita, relatos
de perfecta alegría,
como los del padre Francisco
,
hasta que, repentinamente,
nos paraliza la manifestación
de una fuerza que ya no
tiene explicación
humana.
A esa vida le ha puesto
epílogo el Papa
cincuenta años
después. El mismo
Papa que hace dos días
recordaba a los jóvenes
que las Bienaventuranzas
son también un
programa para aquí,
que nosotros debemos realizar.
Pero igualmente son una
promesa que sólo
puede cumplirse íntegramente
allí. Y he aquí
que un hombre de este
mundo no sólo tiene
la audacia de darnos un
mensaje del otro, es decir,
del misterio, sino que,
más misteriosamente
todavía, se atreve
a afirmar solemnemente,
frente a un mundo que
sólo cree en lo
que ve y toca, que una
persona se encuentra allí.
Viendo cara a cara lo
que aquí sólo
podemos ver como en un
espejo.
Es el escándalo
de un viaje que, sin este
alto en Sevilla, alguien
acaso podría interpretar
como mensaje social, o
cultural, o programa moral
para las familias o bandera
de ideal para la juventud,
y es todo eso, pero es,
y sobre todo, revelación
de la absoluta trascendencia
que da sentido e ilumina
a todo lo demás.
Le producía miedo
Sevilla a Teresa de Jesús:
«La misma clima
de la tierra escribía,
que he oído decir
siempre los demonios tienen
más mano allí
para tentar (...), que
nunca me vi más
pusilánime y cobarde».
La verdad es que la recia
castellana no entendió
a la gente de esa tierra,
que despide al Papa con
palmas y sevillanas. No
te vayas, vida mía/
no te vayas, por favor
Hay que entender a Andalucía.
Repaso un texto de Ortega:
«Todo vibra, flota,
se estremece, aletea
,
todo se vuelve un poco
nube, cendal, vaporosidad,
polvo multicolor y reverberante».
A esta Sevilla de aire
tibio y perfumado de clavel
y jazmines temía
Teresa. Pero en Sevilla
quedó el convento
que fundó. Y hay
un itinerario secreto
de la ciudad que yo me
sé, hecho de sombras
y silencios, de placitas
recoletas, patios de naranjos,
rumores de aguas, susurros
de rezos y rejas afiligranadas
para la clausura. «En
un profundo silencio,
sus paredes blancas»,
escribía sor Ángela
que sería su primer
convento. Y cuatro esteras
para dormir, y cuatro
sillas que no se usaban;
una estampa de la Virgen
y una cruz sin Cristo
para crucificarse en ella.
A la ceremonia de beatificación
ha seguido la antigua
delicia, azul y oro, de
los seises. El Papa ha
hablado también
de las fundaciones de
sor Ángela: «Sus
conventos son pobrecitos,
pero muy limpios».
Blancos son, blanca la
sucesión de obispos
presentes y la figura
del Papa. «Este
hombre relata un
cronista, de complexión
fuerte, campesina, firme
en el suelo, tierra como
tú, está
lleno de empuje alado
y de blancura luminosa».
Blancas son las tocas
de las monjas sobre el
negro de los hábitos.
En última estancia,
el cristianismo es eso
que vimos en Sevilla:
un millar de blancas palomas
que, aleteando, cruzan
ante la imagen de sor
Ángela y se escapan
hacia el cielo.
La madre Angelita estuvo
en Roma una vez. Fue con
motivo de la canonización
de fray Diego de Cádiz.
¡Eran tantos los
peregrinos! ¡Era
tan poca cosa la madre
Angelita! «Su Santidad
no estuvo expresivo conmigo
ni me rechazó escribió,
pues así estoy
en la presencia de Dios:
soy un alma adocenada.
Pero ¿qué
hago? Pues estar conforme
y trabajar todos los días
que me queden de vida».
Ahora el Papa ha venido
a buscarla a Sevilla.
Murió sonriendo
al cielo. Las autoridades
republicanas concedieron
el privilegio de que se
la enterrase en su convento
y el Ayuntamiento de Sevilla
cambió el nombre
de la calle por el de
Sor Ángela de la
Cruz.
José María
García Escudero
(Sevilla, 5 de noviembre
de 1982)
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