Punto de Vista

Conmemoración,
raíces, sectarismo

Entonces habló Helmut Kohl, ciudadano de Europa, creador audaz de la unidad alemana, propulsor infatigable de Uni-Europa. Desde su altura moral, que supera sus dos metros de corpachón germánico, nos recordó que mientras algunos intentan prescindir de Él, Dios está aquí, entre nosotros. Estábamos en Estrasburgo, esa bella ciudad que es un símbolo de la paz de Europa, quizá porque la rodean varios camposantos de soldados alemanes, franceses y de otras naciones que dieron su vida por poseerla. Celebraba sus Bodas de Oro el Grupo que nació, hace cincuenta años, para servir las ideas de la Democracia Cristiana en una Asamblea formada por los seis Estados que habían decidido poner el carbón y el acero al servicio de los europeos, no de los cañones que éstos utilizaron antes para el homicidio recíproco. Ese Grupo, el mayor en aquella Asamblea y en el actual Parlamento europeo, ha crecido mucho (desde 38 hasta 232 diputados) y hoy incluye, también, no sólo a los Partidos Populares, sino a los herederos del gaullismo francés y a los conservadores británicos, difíciles ambos de encajar en el tablero ideológico europeo. Junto a los socialistas y los liberales, son desde entonces la base del triálogo parlamentario europeo donde otros –comunistas, verdes, etc.– encarnan la extravagancia, en el sentido más literal y menos despectivo de la palabra.
Ya otros oradores habían criticado el absurdo histórico de que el cristianismo no sea mencionado en el Preámbulo de la futura Constitución europea, tal como su borrador ha salido de la concordia entre los convencionales que la han preparado. Con muy especial vigor, lo había denunciado el Presidente de la Cámara italiana de los diputados, Pier Ferdinando Casini, en la sólida tradición democristiana de Italia.
Pocos días antes habíamos escuchado, clara y serena, la voz del Santo Padre. La Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, posterior al Sínodo de los Obispos que preparó el año 2000, sigue a Jesucristo vivo en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa. Frente a graves incertidumbres, proclama el Papa la conciencia de la unidad europea y el gran impulso hacia la esperanza que algunos querrían oscurecer. Prueba de esta torcida voluntad que intenta hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo, son –añade Juan Pablo II– los repetidos intentos de presentar la cultura europea prescindiendo de la aportación del cristianismo, que ha marcado su desarrollo histórico y su difusión universal. Y algo sabemos, españoles y portugueses, en eso de la difusión universal…
Lo que el Papa pide es algo muy sencillo y aun elemental: que en la futura Constitución europea figure una referencia al patrimonio religioso, y especialmente cristiano de Europa. Y ello, desde el respeto al carácter plenamente laico de las instituciones europeas. Imposible parece que así no sea, pues lo más necesitado de respeto es la verdad. Y ese patrimonio es tan innegable como la fastuosa catedral de Estrasburgo.
Muchos columnistas han comentado el tema, como es natural. En una tercera de ABC lo hizo, espléndidamente, el académico Alfonso López Quintás, que quiere, sólo, Asumir el pasado cristiano. Lamentándolo, por la admiración que merecen su conducta y su obra, no podemos alabar en cambio el artículo publicado el mismo día, en El País, por Fernando Savater, sobre Nuestras raíces cristianas. Lo más curioso de un texto ligero y aun frívolo para tratar una materia densa y seria es la afirmación, que habría divertido a Oscar Wilde o a Miguel Mihura, de que el amor libre, como el dinero gratis y los alquileres gratis, tienen buenas raíces cristianas. ¿Cree, acaso, este ilustre catedrático de Filosofía que escribe en las página resurrectas de mi amada Codorniz, o de Hermano Lobo?
Acabamos de tener una prueba, menor pero abrumadora, de sectarismo anticristiano. Una admirable y joven cooperante, Ana Isabel Sánchez Torralba, ha muerto de un disparo estúpido en Guinea Ecuatorial. Se supo enseguida que ella y su familia eran seguidoras fervorosas del Camino Neocatecumenal; y las declaraciones de su dolorida madre expresaron la aceptación plena de la voluntad de Dios. En vista de lo cual, el nuevo Rector de la Universidad Complutense y su equipo de gobierno publican unas esquelas en las que se atreven a eliminar la cruz y expresan su dolor…, pero no piden una oración por su alma. Sería difícil hallar un ejemplo más convincente de la voluntad de negar la evidencia, de faltar a la verdad e incluso –si fuera posible– de herir la voluntad de la alumna a la que se rinde tan hipócrita homenaje.

Carlos Robles Piquer


 

Punto de Vista

Educar en libertad

La educación de los hijos es algo que hoy en día cuesta más porque se ha cedido en cosas en las que no había por qué ceder. Por tanto, es ahora en estos tiempos que corren donde se hace imprescindible una virtud capital que, tanto profesores como padres, deben conquistar: la fortaleza.
La educación de los hijos requiere, en primer lugar, tiempo. No podemos conformarnos con mandar al hijo al colegio pensando que es allí donde me lo van a educar. El colegio es una gran ayuda, pero la última palabra reside en los padres y en el entorno de la vida familiar. Para educar a alguien es necesario estar-con-él, de lo contrario resulta imposible, pues el mero hecho de estar con los hijos es el primer paso para que nazca, en esa relación, algo fundamental, a saber, la confianza. De hecho, la confianza no se impone, se inspira. Y sólo puede inspirarse en un ambiente hogareño, familiar, alegre, etc... La confianza es cuestión de tiempo y es el password para entrar en el mundo del otro. Si no tratamos a nuestros hijos, la poca relación que cabe es fría y casi violenta. Ahora bien, para dedicar tiempo a los hijos debemos de ser fuertes y rechazar, en ocasiones, propuestas de trabajo, reuniones extralaborales, salidas con nuestros amigos de trabajo, etc. Por tanto, lo primero es adquirir la virtud de la fortaleza con nosotros mismos, y después, ser fuertes también a la hora de decir que no a las propuestas de nuestros hijos que no les convienen. Susana Tamaro decía, en Donde el corazón te lleve, que para comprender bien a una persona es necesario antes andar durante tres lunas con sus mocasines.
Confiar en nuestros hijos es abrirles posibilidades, y, en última instancia, en esto radica, precisamente, el educar en libertad. Cuando confío en alguien lo que estoy haciendo es exponerme a una alternativa, y en toda alternativa existe un riesgo. El riesgo que se corre es el de que esa posibilidad que se le ha abierto le haga peor persona, y, por ende, peor hijo, o, por el contrario, le haga mejor hijo. En el primer caso, lo que sucede es el origen de la deslealtad. Ante la deslealtad del hijo caben dos posturas: el castigo o la corrección dialogada. El castigo tiene una connotación negativa, ya que puede crear en el educando la idea de que lo que tiene que hacer es no volverlo a hacer, pero no porque le está haciendo peor persona y mal hijo, sino por el daño que le ocasiona el mismo castigo. La corrección dialogada exige el trato, y por lo tanto el tiempo, el conocimiento del hijo, y posteriormente –si se hace bien– se conquista la confianza en los padres.
Fortaleza, tiempo (trato) y confianza son notas importantísimas en la educación, pero no podemos olvidarnos de la paciencia. Y la paciencia es, en cierto modo, una forma de ser fuertes. En efecto, sin paciencia, sin constancia no se puede perseverar en la tarea educativa, y, por lo tanto, se hace incompleta. Tirar la toalla es educar a medias, y esto es peor que no educar.

Alberto Sánchez León