Una misionera
en el Carmelo

Si hablamos con un misionero que regresa, lo normal es preguntarle por su singladura misional, la geografía que ha recorrido, las costumbres y culturas que ha visto, personas, conversiones, sufrimientos... Teresita no sólo es Patrona de las misiones. Fue también misionera. Tiene su geografía recorrida desde el alma. Amistades y actividades misioneras. Ideales de irradiación...


Teresa compuso dos obras sobre santa Juana de Arco, que fueron representadas en el carmelo. Aquí, caracterizada como Juana en la prisión

Niña o joven de fantasía plástica creativa, Teresa recorre con el alma un espacio misionero sin confines. Luego, ya carmelita, el reducidísimo espacio físico del Carmelo de Lisieux no le achicó ni le angostó ese espacio geográfico del alma. Lejanas regiones misioneras se le fueron materializando en la vida cotidiana.
Hubo un momento en que ella estuvo medio-destinada al Carmelo de Hanoi, en el norte del Vietnam. Teresita contaba ya 23 años. El Carmelo de Hanoi había sido fundado recientemente por la comunidad carmelita de Lisieux. Y vivía muy en precario. Ella acepta, bien consciente en el fondo de que con su alejamiento misionero se intenta que, al menos, una de las cuatro hermanas Martin se aleje de la comunidad de Lisieux. Pero el Vietnam tenía un especial reclamo para ella. Allí había muerto mártir en 1861 el joven y simpático Teófanes Venard. Teresita copió para su uso personal fragmentos de las últimas cartas del mártir a su familia, y anotó: «Esos mismos son mis pensamientos, mi alma se asemeja a la suya». Ser misionera y mártir, todo un ideal. Pero se agravó la enfermedad y ya no viajó a Hanoi.
Más allá del Vietnam, la China. En China está destinado uno de sus hermanos misioneros, Adolfo Roulland. A él, en la China, enviará Teresita numerosas cartas.Y de él se sentirá colaboradora de oficio y vocación. Antes de marchar a China, el padre Roulland la visitó en el Carmelo de Lisieux y le regaló el recordatorio de su ordenación sacerdotal. Ella anotó en ese recordatorio unas palabras que cifran su solidaridad con el misionero que parte: «Aquí en la tierra trabajaremos juntos –era el año 1896 y Teresita, a los 23 de edad, ya estaba enferma de muerte–; en el cielo compartiremos la recompensa».
Otro punto cardinal de su mapa misionero es África. En África trabajará el otro de sus dos hermanos misioneros, el padre Mauricio Bellière. Lo destinarán al Nyassa y, luego de muerta ella, en el Nyassa contrae él una de las terribles enfermedades tropicales, de la que muere a los 33 años de edad. Teresa lo había preparado para la tarea misional con una docena de cartas personales, entre las más densas y hermosas de su epistolario.
Otro punto extremo de su mapa cordial: Canadá. Quizá Canadá no era entonces tierra de misión, pero sí la antesala de la glacial Alaska. En Canadá reside su exdirector y asesor, padre Almiro Pichon, que años más tarde, al deponer en el proceso de Teresita, se autopresenta así: «Soy doctor en Teología. He sido misionero en Canadá durante 21 años». Desde su Carmelo de Lisieux, Teresita enviará a este misionero numerosas misivas –entre 6 y 10 al año–, que no han llegado hasta nosotros.
Con todo, lo más importante no es la geografía misionera de Teresita. Ni siquiera los misioneros, con quienes solidariza y comparte tarea. Sino el ideal misionero encarnado en la propia vida. Siendo una joven de 14 años, su propio papá le regaló una singular biografía de santa Teresa de Ávila. Estaba escrita por una genial monja del Carmelo de Caen, muy cercano al de Lisieux. Para escribir esa obra, la carmelita de Caen se había impuesto a sí misma la obligación previa de aprender a fondo el castellano de la santa abulense. Y, como carmelita que era la autora, explicó extensamente que el ideal religioso de la santa de Ávila había consistido en impregnar de sentido apostólico y misionero «la vida contemplativa de la carmelita». Teresita se entusiasmó con la lectura de ese libro. E hizo bandera personal de ese ideal de la santa fundadora, hasta el punto de proponerse vivir con irradiación misionera todos los avatares de su vida, chicos y grandes. Incluso los detalles más insignificantes de su convivencia con religiosas de talante y cultura distónicos.
Es revelador un pequeño episodio del último año de su vida. Teresita está ya muy enferma. Le han aconsejado que, al menos un rato, pasee por el jardín. Lo hace, pero la sofoca cada paso que da. Una hermana le dice: «Mejor sería que descansase». Y ella: «Es verdad. Pero ¿sabes lo que me da fuerzas? Pues camino por un misionero. Pienso que allá lejos, muy lejos, tal vez alguno de ellos esté agotado en sus correrías apostólicas, y para aminorar sus fatigas ofrezco yo las mías a Dios».
Teresa había extendido su acción apostólica más allá del campo estrictamente misionero. Se interesa apasionadamente por el asesino Pranzini que va a ser guillotinado. Ofrece su última comunión eucarística por el famoso padre Loyson –el preconizado por Unamuno en La agonía del cristianismo–. Lo ofrece todo por su propio padre cuando éste se vuelve loco.Teresita había entendido bien que la esencia de la vida cristiana apunta a la misión. Ella la vivirá desde el corazón de la Iglesia que es el amor. Por todo eso, su gran admirador, el pontífice Pío XI, la proclamó en 1926 «Patrona de todos los misioneros y de las misiones diseminadas por todo el mundo, al par de san Francisco Javier».


Tomás Álvarez, carmelita