Teatro:
Siete novias
para siete hermanos
Sobre todo para cuantos, allá por los años cincuenta, descubrieron la maravilla del cinemascope en la gran pantalla –precisamente con Siete novias para siete hermanos–, pero también para mucha gente más que, a lo largo de este medio siglo largo que ha transcurrido desde entonces, han tenido el gozo de ver esta preciosa e inolvidable película de Stanley Donen, rememorar ahora, gracias a este musical que acaba de ser estrenado sobre el escenario del madrileño Teatro Nuevo Apolo, aquellas canciones y aquellas sensaciones tiene una fuerte, sugestiva e inevitable dosis de añoranza.
Ciertamente, no resulta nada fácil trasladar al teatro ni el colorido ni el ritmo propio del cine, pero mucho menos los espectaculares paisajes, o los sorprendentes efectos especiales, por ejemplo, de la avalancha de nieve que deja bloqueada la casa de los protagonistas durante todo un invierno. Sin embargo, la magia del teatro es poderosa, y, si el recurso a la imaginación del espectador es utilizado de manera inteligente –y hábilmente ayudado, como lo es en este caso con un juego de decorados móviles–, el vigor del argumento de esta historia de brutos románticos, que, con moral un tanto country, resucitan en las montañas de Oregón el romano rapto de las Sabinas, consigue sobreponerse a la escasez de medios. El espectador pone el resto y no sale defraudado, aunque sea de justicia reconocer que el espectáculo, inevitablemente, queda esquematizado.
Así y todo, hay en la representación de este musical algún momento coreográficamente tan logrado y vibrante que uno casi cree estar viendo de nuevo la película; por ejemplo, la escena de la pelea por las chicas. El público del estreno, fácil de contentar –incluso el que, desde las alturas del entresuelo o del gallinero tiene que echarle al asunto más imaginación que vista–, jaleó en alguno de los cuadros la pegadiza y conocida música, y, al caer el telón, aplaudió con fuerza a un meritorio elenco de jóvenes artistas, más cantantes y atletas que actores, dicho sea en honor a la verdad.
Ricard Reguant y Juan Luis Goas han hecho un buen trabajo en la dirección, como María Giménez en la coreografía. En algún momento la música enlatada se nota más de la cuenta, pero el amplio reparto artístico y técnico puede sentirse satisfecho. El espectáculo atrae y divierte, aparte de contar con la ventaja de que a la gente le gusta recordar lo bonito.

Miguel Ángel Velasco






















Cine
Hotel Danubio, clasicismo por los cuatro costados
José Luis Garci, prolífico hombre de cine, produce ahora la película de uno de sus más allegados directores, Antonio iménez-Rico, el cual estrena por segunda vez en lo que va de ño. Todo un récord. Hotel Danubio nos introduce en una inquietante y misteriosa historia llena de suspense. Una noche de temporal, Hugo llega al Hotel Danubio, en la Costa de la Muerte, acompañado de su hijo Carlos y de la novia de éste. Cuando dan un paseo nocturno junto a la costa, Carlos resbala por un precipicio y cae al vacío, siendo fatalmente tragado por un mar tempestuoso. Sin embargo, lo que parece un accidente, puede ser algo de naturaleza perturbadora.
Hotel Danubio es un thriller psicológico contado con el clasicismo más elegante, propio de la Edad de Oro del séptimo arte. La película está organizada con una estructura narrativa compleja, que el director resuelve perfectamente, y con una fluidez que se apodera de la atención del espectador hasta el último plano. Diversos niveles cronológicos, distintos puntos de vista, personas y situaciones que no son lo que parecen... hacen que la película se preste a varias lecturas, lo que la hace especialmente rica.
Hotel Danubio habla de la creación literaria, de la frontera entre realidad y ficción, entre verdad y mentira, y de cómo siempre es posible encontrar una pieza más del puzzle que se creía acabado.
Es digno de mención el reparto, tan atípico como acertado y eficaz. Los protagonistas son Santiago Ramos, impecable y contenido, y una debutante Carmen Miranda, que hace gala de unas dotes interpretativas sumamente maduras. Los secundarios pertenecen en su mayoría a lo mejor de nuestro cine. La fotografía de Pérez Cubero y la dirección artística de Parrondo crean una atmósfera mágica años cincuenta realmente sorprendente. Una película llena de oficio y maestría, que introduce en el panorama actual un torrente del imperecedero y refrescante clasicismo.

Juan Orellana