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¿Puede
usted hacer un balance de los 25 años
de pontificado de Juan Pablo II?
La palabra balance viene un poco de las
ciencias económicas; aplicarla
a un juicio retrospectivo de los 25 años
del ministerio de Juan Pablo II como sucesor
de Pedro y pastor de la Iglesia universal
resulta un poco problemático. Se
trata más bien de hablar de horizontes
que ha abierto en la Iglesia, o de acentos
que han dejado huella en la vida de la
Iglesia.
Desde el primer momento fue clave la importancia
que tiene Jesucristo en la vida de la
Iglesia. Juan Pablo II ha subrayado la
necesidad de que toda la Iglesia se centre
en Él y la necesidad que tiene
de darlo a conocer a todo el mundo, de
una forma positiva, abierta, salvadora,
como hizo con aquellas palabras suyas:
«Abrid las puertas a Cristo».
Eso lo ha llevado adelante con su magisterio,
con su vida, con su forma de actuar en
todos los campos de su actividad como
sucesor de Pedro.
Y, con eso, también ha puesto en
movimiento dentro de la Iglesia otra palabra
clave: la nueva evangelización.
Conectando con Pablo VI, conectando, en
el fondo, con el gran objetivo del Vaticano
II, ha querido que la Iglesia dé
respuesta a las grandes cuestiones de
nuestro tiempo, pero yendo más
allá, convirtiendo esas palabras
en una especie de gran clamor para que
la Iglesia vuelva a hablar de Jesucristo,
a evangelizar a fondo.
También ha acentuado mucho lo que
es la Iglesia como gran realidad presente
en el mundo, y ha usado mucho una palabra
que viene del Nuevo Testamento: la comunión.
Ha hablado mucho de comunión, y
eso ha supuesto para la Iglesia una llamada
a considerar lo que verdaderamente la
constituye en su unidad: no es una porque
tenga objetivos pragmáticos determinados
de conquista religiosa en áreas
geográficas de la Humanidad, o
en aspectos de la vida social, sino que
es una porque confiesa la misma fe en
Jesucristo, en la vida venidera, en querer
dar al mundo la realidad y el don de Cristo.
Eso también le ha llevado a crear
nuevas formas y modos de vivir la misión
y, en los nuevos carismas de la Iglesia
ha encontrado un cauce muy apropiado para
su desarrollo.
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¿Siguen
vivos hoy los mismos retos de hace veinticinco
años?
Siguen vivos, con las peculiaridades de
la evolución y del desarrollo histórico
de los países donde el cristianismo
está implantado prácticamente
desde el comienzo de su historia: hay
algunas áreas del mundo, como Iberoamérica,
donde el cristianismo tiene raíces
hondas, y en Asia también hay lugares
donde la Iglesia es muy antigua, pero
hay enormes áreas del mundo donde
no es así. En cualquier caso, hay
nuevas situaciones y nuevos retos. También
ha habido una evolución interna
de nuestras sociedades; la constelación
histórica en la que él es
elegido Sumo Pontífice ha cambiado
de forma espectacular: ha caído
el telón de acero, el muro de Berlín;
el sistema político que giraba
en torno a la Unión Soviética
ha desaparecido, se ha abierto de nuevo
Europa de una forma real hasta los Urales;
ha desaparecido, por tanto, aquella situación
de guerra fría que tanto nos angustió
durante muchas décadas en la segunda
mitad del siglo XX
África
ya tiene por lo menos 40 años,
casi medio siglo, de descolonización;
América del Sur se ha abierto camino
en la búsqueda de los derechos
humanos; nos encontramos con el mundo
del Islam, el fenómeno del terrorismo
internacional, y con una Iglesia que ha
vivido estas tres últimas décadas
bajo el impulso y en el marco del Concilio
Vaticano II, y con tiempo para hacer examen
de conciencia. Todo ello ha encontrado
en Juan Pablo II grandes horizontes de
luz.
Se ha dicho que es un Papa progresista
en lo social y conservador en lo moral
Habría que preguntarse quién
establece esas categorías, porque
si no, es muy difícil entenderse.
Hay una conciencia de progreso que es
muy habitual en la cultura actual, que
dice «Todo lo que es cambio, es
progreso; todo lo que no es cambio, es
retraso». En fin, si con esas categorías
nos pusiéramos a resolver los problemas
de la salud del hombre, la Medicina sería
un desastre.
Yo diría que es abierto en todo,
en el sentido evangélico de la
expresión. Desde el punto de vida
social, lo que ha hecho es continuar iluminando
con la luz del Evangelio la misión
del hombre, que viene de la síntesis
de Revelación y de razón
y que caracteriza la historia del pensamiento
cristiano hasta hoy, aplicándolo
a los derechos humanos, a lo que significa
persona, miseria, explotación,
dignidad del hombre
Lo mismo ha
hecho en otros aspectos de la realidad
matrimonial, la consideración de
hombre desde sus aspectos más íntimos,
y más fundantes, de los cuales
nace la sociedad, sus raíces mismas.
Ha hecho lo mismo, tanto en la
Teología que él cultivó
siendo profesor de Ética en la
Universidad, como después en las
encíclicas que ha escrito, llenas
de esa luz de una de las corrientes más
nuevas y renovadoras del siglo XX: el
personalismo. Por tanto, yo creo que no
es un Papa conservador, aunque vuelvo
a repetir que todo depende de qué
se considere por progresista y por conservador.
A pesar de todo, hoy vivimos una gran
pérdida de valores cristianos y
morales en la sociedad.
Por un lado, parece que hay una gran crisis
de fe, y por otro hay masas de gente tocadas
por la presencia y por la palabra del
Papa. Eso te obliga a preguntarte: ¿es
tan grande la crisis de fe como parece
que es? ¿Es tan ajena a lo que
podrían llamarse las necesidades
más hondas de la persona, tanto
en su vida individual como en su vida
social? A lo mejor existe una nostalgia
escondida en el corazón del hombre
de nuestro tiempo que se siente como estimulada
y como tocada, casi como acogida, por
las respuestas que da el Papa. Yo creo
que esto se ve, sobre todo, en los jóvenes.
Desde siempre, la sintonía, el
feeling que hay entre el Papa y los jóvenes
es de una extraordinaria intensidad.
¿Qué fronteras se encuentra
hoy el cristianismo?
El Papa, hace pocos años, escribió
una encíclica, que se llama Redemptoris
missio, que dice que el cristianismo está
al principio de su historia. Lo dice no
como un recurso literario, sino en sentido
literal, porque es verdad que todavía
existen grandes áreas geográficas
donde la presencia cristiana ha llegado
de forma muy tenue. Pero, además,
hay también, yo creo, el gran reto
de la evangelización de la cultura
de nuestro tiempo. Es un gran reto; por
citar un caso claro, el de la ética,
que significaría la evangelización
del gran proceso de globalización
en que se encuentra el mundo; el gran
reto de la evangelización del matrimonio,
de la familia, de lo más íntimo
del hombre... Los hombres miran mucho
hacia dentro de sí mismos y tienen
como ideal la pura satisfacción
de necesidades inmediatas, y les cuesta
echar una mirada más allá
de la muerte. Hay una serie de nuevos
retos en los cuales efectivamente, como
dice el Papa, «el cristianismo está
en sus comienzos». Yo creo que siempre
será así, hasta el final
de la Historia; quizá no desde
el punto de vista geográfico, porque
es raro encontrar un lugar en el mundo
donde no se sepa nada de Jesucristo, pero
hay esa otra gran tarea permanente de
evangelización para la que hay
que volver a empezar de nuevo.
¿Podría retroceder en el
tiempo 25 años, y contarnos cómo
se enteró del momento en que eligieron
Papa a Karol Wojtyla?
Yo iba de viaje, en el trayecto de Santiago
de Compostela a La Coruña, donde
iba a confirmar a los jóvenes.
Al día siguiente yo me iba a Alemania,
para confirmar también a jóvenes
de las comunidades de emigrantes españoles,
y, cuando oí el nombre, por la
forma en que se pronunciaba, pensé
que se trataba de un obispo de alguna
de las diócesis de África.
Así se lo conté a los sacerdotes,
cuando llegué a la parroquia. Y,
ya cuando terminamos la celebración,
me dijeron que se trataba de un Papa polaco.
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