Declaraciones del cardenal Antonio María Rouco Varela:

Un Papa
que ha abierto
horizontes a la Iglesia

Juan Pablo II, peregrino
en Compostela
El cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y Presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha sido entrevistado recientemente por TVE, con ocasión de los 25 años del pontificado de Juan Pablo II. Ofrecemos a nuestros lectores lo esencial de sus declaraciones

¿Puede usted hacer un balance de los 25 años de pontificado de Juan Pablo II?
La palabra balance viene un poco de las ciencias económicas; aplicarla a un juicio retrospectivo de los 25 años del ministerio de Juan Pablo II como sucesor de Pedro y pastor de la Iglesia universal resulta un poco problemático. Se trata más bien de hablar de horizontes que ha abierto en la Iglesia, o de acentos que han dejado huella en la vida de la Iglesia.
Desde el primer momento fue clave la importancia que tiene Jesucristo en la vida de la Iglesia. Juan Pablo II ha subrayado la necesidad de que toda la Iglesia se centre en Él y la necesidad que tiene de darlo a conocer a todo el mundo, de una forma positiva, abierta, salvadora, como hizo con aquellas palabras suyas: «Abrid las puertas a Cristo». Eso lo ha llevado adelante con su magisterio, con su vida, con su forma de actuar en todos los campos de su actividad como sucesor de Pedro.
Y, con eso, también ha puesto en movimiento dentro de la Iglesia otra palabra clave: la nueva evangelización. Conectando con Pablo VI, conectando, en el fondo, con el gran objetivo del Vaticano II, ha querido que la Iglesia dé respuesta a las grandes cuestiones de nuestro tiempo, pero yendo más allá, convirtiendo esas palabras en una especie de gran clamor para que la Iglesia vuelva a hablar de Jesucristo, a evangelizar a fondo.
También ha acentuado mucho lo que es la Iglesia como gran realidad presente en el mundo, y ha usado mucho una palabra que viene del Nuevo Testamento: la comunión. Ha hablado mucho de comunión, y eso ha supuesto para la Iglesia una llamada a considerar lo que verdaderamente la constituye en su unidad: no es una porque tenga objetivos pragmáticos determinados de conquista religiosa en áreas geográficas de la Humanidad, o en aspectos de la vida social, sino que es una porque confiesa la misma fe en Jesucristo, en la vida venidera, en querer dar al mundo la realidad y el don de Cristo. Eso también le ha llevado a crear nuevas formas y modos de vivir la misión y, en los nuevos carismas de la Iglesia ha encontrado un cauce muy apropiado para su desarrollo.

Existe una nostalgia escondida
en el corazón del hombre
de nuestro tiempo
que se siente
como estimulada
y como tocada,
casi como acogida,
por las respuestas
que da el Papa
¿Siguen vivos hoy los mismos retos de hace veinticinco años?
Siguen vivos, con las peculiaridades de la evolución y del desarrollo histórico de los países donde el cristianismo está implantado prácticamente desde el comienzo de su historia: hay algunas áreas del mundo, como Iberoamérica, donde el cristianismo tiene raíces hondas, y en Asia también hay lugares donde la Iglesia es muy antigua, pero hay enormes áreas del mundo donde no es así. En cualquier caso, hay nuevas situaciones y nuevos retos. También ha habido una evolución interna de nuestras sociedades; la constelación histórica en la que él es elegido Sumo Pontífice ha cambiado de forma espectacular: ha caído el telón de acero, el muro de Berlín; el sistema político que giraba en torno a la Unión Soviética ha desaparecido, se ha abierto de nuevo Europa de una forma real hasta los Urales; ha desaparecido, por tanto, aquella situación de guerra fría que tanto nos angustió durante muchas décadas en la segunda mitad del siglo XX… África ya tiene por lo menos 40 años, casi medio siglo, de descolonización; América del Sur se ha abierto camino en la búsqueda de los derechos humanos; nos encontramos con el mundo del Islam, el fenómeno del terrorismo internacional, y con una Iglesia que ha vivido estas tres últimas décadas bajo el impulso y en el marco del Concilio Vaticano II, y con tiempo para hacer examen de conciencia. Todo ello ha encontrado en Juan Pablo II grandes horizontes de luz.

Se ha dicho que es un Papa progresista en lo social y conservador en lo moral…

Habría que preguntarse quién establece esas categorías, porque si no, es muy difícil entenderse. Hay una conciencia de progreso que es muy habitual en la cultura actual, que dice «Todo lo que es cambio, es progreso; todo lo que no es cambio, es retraso». En fin, si con esas categorías nos pusiéramos a resolver los problemas de la salud del hombre, la Medicina sería un desastre.
Yo diría que es abierto en todo, en el sentido evangélico de la expresión. Desde el punto de vida social, lo que ha hecho es continuar iluminando con la luz del Evangelio la misión del hombre, que viene de la síntesis de Revelación y de razón y que caracteriza la historia del pensamiento cristiano hasta hoy, aplicándolo a los derechos humanos, a lo que significa persona, miseria, explotación, dignidad del hombre… Lo mismo ha hecho en otros aspectos de la realidad matrimonial, la consideración de hombre desde sus aspectos más íntimos, y más fundantes, de los cuales nace la sociedad, sus raíces mismas. Ha hecho lo mismo, tanto en la
Teología que él cultivó siendo profesor de Ética en la Universidad, como después en las encíclicas que ha escrito, llenas de esa luz de una de las corrientes más nuevas y renovadoras del siglo XX: el personalismo. Por tanto, yo creo que no es un Papa conservador, aunque vuelvo a repetir que todo depende de qué se considere por progresista y por conservador.

A pesar de todo, hoy vivimos una gran pérdida de valores cristianos y morales en la sociedad.

Por un lado, parece que hay una gran crisis de fe, y por otro hay masas de gente tocadas por la presencia y por la palabra del Papa. Eso te obliga a preguntarte: ¿es tan grande la crisis de fe como parece que es? ¿Es tan ajena a lo que podrían llamarse las necesidades más hondas de la persona, tanto en su vida individual como en su vida social? A lo mejor existe una nostalgia escondida en el corazón del hombre de nuestro tiempo que se siente como estimulada y como tocada, casi como acogida, por las respuestas que da el Papa. Yo creo que esto se ve, sobre todo, en los jóvenes. Desde siempre, la sintonía, el feeling que hay entre el Papa y los jóvenes es de una extraordinaria intensidad.

¿Qué fronteras se encuentra hoy el cristianismo?

El Papa, hace pocos años, escribió una encíclica, que se llama Redemptoris missio, que dice que el cristianismo está al principio de su historia. Lo dice no como un recurso literario, sino en sentido literal, porque es verdad que todavía existen grandes áreas geográficas donde la presencia cristiana ha llegado de forma muy tenue. Pero, además, hay también, yo creo, el gran reto de la evangelización de la cultura de nuestro tiempo. Es un gran reto; por citar un caso claro, el de la ética, que significaría la evangelización del gran proceso de globalización en que se encuentra el mundo; el gran reto de la evangelización del matrimonio, de la familia, de lo más íntimo del hombre... Los hombres miran mucho hacia dentro de sí mismos y tienen como ideal la pura satisfacción de necesidades inmediatas, y les cuesta echar una mirada más allá de la muerte. Hay una serie de nuevos retos en los cuales efectivamente, como dice el Papa, «el cristianismo está en sus comienzos». Yo creo que siempre será así, hasta el final de la Historia; quizá no desde el punto de vista geográfico, porque es raro encontrar un lugar en el mundo donde no se sepa nada de Jesucristo, pero hay esa otra gran tarea permanente de evangelización para la que hay que volver a empezar de nuevo.

¿Podría retroceder en el tiempo 25 años, y contarnos cómo se enteró del momento en que eligieron Papa a Karol Wojtyla?

Yo iba de viaje, en el trayecto de Santiago de Compostela a La Coruña, donde iba a confirmar a los jóvenes. Al día siguiente yo me iba a Alemania, para confirmar también a jóvenes de las comunidades de emigrantes españoles, y, cuando oí el nombre, por la forma en que se pronunciaba, pensé que se trataba de un obispo de alguna de las diócesis de África. Así se lo conté a los sacerdotes, cuando llegué a la parroquia. Y, ya cuando terminamos la celebración, me dijeron que se trataba de un Papa polaco.